El primer ladrillo no fue el más difícil.

Fue el segundo.

Porque en el primero todavía puedes fingir que estás haciendo algo necesario.

En el segundo… ya sabes lo que estás construyendo.

Ulises no se detuvo.

No pensó.

No miró hacia arriba.

Solo siguió.

Uno.

Luego otro.

El sonido del cemento mezclándose con el agua era espeso.

Pegajoso.

Como si el mismo aire se negara a moverse.

Arriba, la casa seguía en silencio.

Pero no era un silencio vacío.

Era uno que escuchaba.

Uno que guardaba.

Estela no podía abrir los ojos.

No podía mover las manos.

No podía hablar.

Pero no estaba completamente ida.

Había algo.

Un hilo.

Fino.

Sosteniéndola.

No entendía.

No podía ponerle palabras.

Pero sentía.

El peso en el cuerpo no era sueño.

Era… algo más.

Algo que la empujaba hacia abajo.

Hacia un lugar donde ya no había regreso.

Intentó respirar más fuerte.

No pudo.

El aire entraba… pero no respondía.

Como si su cuerpo ya no fuera suyo del todo.

Y entonces…

escuchó.

No con los oídos.

Más adentro.

Un golpe.

Seco.

Rítmico.

No sabía qué era.

Pero lo sintió.

Uno.

Luego otro.

Luego otro más.

Como si alguien estuviera cerrando algo.

Como si alguien estuviera…

terminando algo.

Abajo, Ulises se limpió el sudor con el antebrazo.

El muro ya llegaba a la mitad.

No había espacio para dudas.

Solo para terminar.

—Apúrate —dijo Verónica desde la escalera.

No bajó.

No quiso ver.

—Ya voy.

Su voz sonó más baja de lo que esperaba.

No por cansancio.

Por algo que no quería nombrar.

Verónica cruzó los brazos.

—No quiero que se quede así a medias.

Silencio.

—Nadie la va a buscar —añadió—. No tiene a nadie.

La frase cayó.

Fría.

Como si fuera una justificación.

Como si repetirla la hiciera cierta.

Ulises no respondió.

Solo siguió.

Cemento.

Ladrillo.

Cemento.

Ladrillo.

Arriba…

algo cambió.

No en el cuerpo de Estela.

En su mente.

Una imagen.

Pequeña.

Simple.

Verónica de niña.

Con las manos sucias de tierra.

Riendo.

Pidiéndole ayuda para plantar flores en el patio.

“Mamá, ¿así está bien?”

Y ella corrigiendo.

Suavemente.

Con paciencia.

—Así, mi amor… con cuidado.

La imagen no dolió.

No como debería.

Fue… clara.

Tranquila.

Como algo que ya no estaba atado al presente.

Intentó aferrarse a eso.

No al miedo.

No al peso.

A eso.

A lo que había sido.

Abajo, Ulises colocó otro ladrillo.

La pared ya casi cerraba el espacio.

Quedaba poco.

Muy poco.

—Ya casi —dijo.

No sabía para quién.

Tal vez para él.

Tal vez para terminar de convencerse.

Verónica no respondió.

Pero bajó un escalón.

Solo uno.

Lo suficiente para ver el hueco.

Lo suficiente para confirmar que no había vuelta atrás.

—Hazlo bien —dijo—. Que no se note.

Ulises asintió.

Pero sus manos ya no eran tan firmes.

No por falta de fuerza.

Por el ritmo.

Algo se había desacomodado.

Arriba…

el cuerpo de Estela estaba quieto.

Pero algo dentro de ella…

no se apagaba.

Ese hilo.

Ese pequeño punto de conciencia.

No luchaba.

No gritaba.

Solo… estaba.

Y en ese estar…

algo cambió.

No fue un pensamiento.

No fue una decisión.

Fue más simple.

Una resistencia mínima.

Un no desaparecer del todo.

Abajo, el último espacio quedó frente a Ulises.

Un rectángulo pequeño.

Suficiente para cerrar todo.

Para que no quedara rastro.

Levantó el ladrillo.

Lo sostuvo un segundo.

Dos.

El cemento goteó.

—Ponlo —dijo Verónica.

Su voz no era fuerte.

Pero no dudaba.

Ulises miró el hueco.

Oscuro.

Silencioso.

Y por primera vez…

no vio un espacio.

Vio… una consecuencia.

No a futuro.

Ahora.

En ese instante.

Sus manos temblaron.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

—Ulises.

No gritó.

Pero la presión estaba ahí.

Él inhaló.

Y entonces…

lo colocó.

El ladrillo encajó.

El sonido fue seco.

Final.

El cemento cubrió los bordes.

Rápido.

Eficiente.

Irreversible.

El muro quedó completo.

Liso.

Sin marcas.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Verónica soltó el aire.

Lento.

—Ya está.

No hubo alivio.

Solo… vacío.

Ulises se quedó mirando la pared.

No mucho.

Solo lo necesario para saber que no podía deshacerlo.

Luego apagó la lámpara.

La luz se fue.

El sótano volvió a la oscuridad.

Arriba, la casa seguía igual.

La mesa puesta.

Los platos en su lugar.

La sopa enfriándose.

Como si nada hubiera pasado.

Pero algo sí.

Algo que no hacía ruido.

Que no se veía.

Pero que ya estaba ahí.

Instalado.

Esa noche, Verónica no durmió bien.

No fue culpa.

No exactamente.

Fue… incomodidad.

Como una piedra pequeña dentro del zapato.

No te detiene.

Pero no te deja olvidar que está ahí.

Se levantó.

Caminó a la cocina.

Tomó agua.

Miró la mesa.

Tres platos.

Se quedó quieta.

Un segundo más de lo normal.

Luego apartó uno.

Solo uno.

Lo llevó al fregadero.

No hizo ruido.

No quería.

Regresó a su cuarto.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Pero el sueño no llegó fácil.

Porque el silencio de la casa…

ya no era el mismo.

Abajo…

donde no llegaba la luz…

donde no quedaban voces…

donde todo debía haber terminado…

ese pequeño hilo…

no se rompió.

No creció.

No gritó.

No se movió.

Pero tampoco desapareció.

Se quedó.

Como algo que no entiende cómo seguir…

pero tampoco sabe irse.

Y a veces…

eso es suficiente.

No para salvar.

No todavía.

Pero sí…

para no desaparecer del todo.