Cuando abrí completamente su camisa lo vi.

Una cicatriz larga cruzaba su pecho.

Y otra más pequeña cerca del hombro.

Levanté la mirada.

—¿Qué pasó?

Manuel sonrió con suavidad.

—Un infarto hace tres años… y una cirugía complicada.

Sentí un nudo en la garganta.

—Nunca me lo dijiste.

—No quería preocuparte.

Me quedé en silencio observando aquellas marcas.

El cuerpo de Manuel no era el mismo que recordaba de nuestra juventud.

Pero tampoco el mío lo era.

Mis manos también tenían manchas del tiempo.

Mi piel ya no era firme.

Nuestros cuerpos contaban historias.

Historias de vida.

De pérdidas.

De años que no volvieron.

Y entonces comprendí por qué había sentido esa punzada de tristeza.

No era miedo.

Era el peso de todo lo que habíamos perdido.

Cuarenta años.

Cuarenta años que podríamos haber pasado juntos.

Me acerqué a él.

Toqué con cuidado la cicatriz.

—Pensé que era demasiado tarde para volver a amar —dijo Manuel.

Negué con la cabeza.

—No es tarde.

Lo miré a los ojos.

—Solo llegamos… más sabios.

Manuel tomó mi mano.

Nos acostamos uno al lado del otro.

No había prisa.

No había expectativas absurdas.

Solo dos personas que habían encontrado el camino de regreso después de toda una vida.

Y en ese momento entendí algo muy simple.

El amor verdadero no siempre llega cuando somos jóvenes.

A veces llega cuando ya hemos vivido lo suficiente para entender lo que realmente significa no estar solos.