El millonario fue a buscar a su madre a la plaza y vio algo inesperado. Una extraña estaba cubriéndola con su único abrigo. La mujer temblaba de frío, pero no dudó en ayudar. Él se detuvo, observó todo desde lejos y algo despertó en él. Y lo que hizo después cambió la vida de esa mujer para siempre. Doña Carmen tenía la costumbre de ir a la placita temprano después del desayuno. Era una placita pequeña, medio olvidada. a tres cuadras del condominio donde vivía en Polanco. Tenía unas bancas de madera desgastada, algunos árboles antiguos y unos juegos oxidados que ya nadie usaba. A ella le gustaba ese lugar justamente por eso era tranquilo, daba para pensar y doña Carmen necesitaba pensar. Pensaba en cómo el tiempo pasaba demasiado rápido. Pensaba en cómo Santiago, su hijo, había sido tan apegado a ella cuando era pequeño. No soltaba la falda de ella ni para ir al baño solo. A la hora de dormir, entonces era toda una novela. Mamá, quédate aquí hasta que me duerma. Mamá, cuéntame esa historia otra vez. Mamá, ¿puedo dormir en tu cama hoy? Y ella lo dejaba, siempre lo dejaba. Ahora, Santiago tenía 42 años, una oficina en Santa Fe, juntas que duraban todo el día y una agenda que no cabía en ella. Doña Carmen sabía que a los hijos uno los cría para el mundo, ¿verdad? Para que vuelen, para que construyan su propia vida. Pero eso no hacía la nostalgia menor, no hacía el silencio de la casa menos pesado. Esa mañana, antes de salir, dejó una nota en la cocina. Voy a la placita, vuelvo al rato. Sabía que Santiago pasaría por el departamento alrededor del mediodía, como hacía algunos días cuando tenía juntas cerca de la zona. Él encontraría la nota. Tal vez iría a buscarla o tal vez no. Dependía de qué tan ocupado estuviera. Ella miró al cielo antes de salir. Estaba gris cargado. El viento frío cortaba el rostro. El pronóstico del tiempo había avisado en la televisión. Masa de aire polar, temperatura bajando a 12 ºC por la tarde. Doña Carmen había escuchado, hasta había pensado en llevar el reboso grueso, aquel de lana que la comadre Esperanza le había dado en la Navidad pasada, pero no lo llevó, terca siempre lo fue. Hacía calor dentro del departamento y pensó que con el suéter de tejido sería suficiente. Se equivocó, se sentó en la banca de siempre, la que quedaba debajo del agueguete. puso la bolsa en el regazo y se quedó mirando el movimiento. No había mucho. Una señora paseando con un perro, un muchacho corriendo con audífonos, dos niños jugando a las traes mientras la mamá veía el celular. Doña Carmen sonríó. Recordó cuando llevaba a Santiago a jugar en plazas así. Él corría hasta cansarse, volvía sudado, el cabello pegado a la frente pidiendo agua. Después se sentaba en su regazo respirando profundo y se quedaba ahí quietito hasta recuperar el aliento. Ella extrañaba eso, el peso de él en su regazo, el olor a niño sudado, la forma como él la miraba, como si ella fuera la persona más importante del mundo. Ahora, cuando Santiago la miraba, era siempre de reojo, siempre con prisa, siempre con la cabeza en otro lado. El frío aumentó. Doña Carmen jaló el suéter de tejido más cerca del cuerpo, pero no sirvió de mucho. El viento pasaba entre los hilos y helaba la piel. Miró el reloj. 11 de la mañana, todavía temprano. Santiago no llegaría al departamento hasta el mediodía, si es que llegaba. Las horas pasaron despacio. Doña Carmen no tenía prisa, no tenía a dónde ir. La casa estaba arreglada, la comida lista y guardada en el refrigerador. Toda la mañana era de ella. podía quedarse ahí el tiempo que quisiera, mirando la gente pasar, pensando en la vida, recordando mediodía. El frío estaba insoportable. Doña Carmen empezó a arrepentirse de no haber llevado el reboso. Las manos estaban heladas, los pies dormidos dentro de los zapatos bajos. Cruzó los brazos e intentó calentarse, pero no sirvió. Miró alrededor pensando en volver a casa, pero algo la detuvo ahí. Terquedad o tal vez esperanza. Tal vez Santiago había visto la nota, tal vez vendría. Una de la tarde. Doña Carmen estaba temblando. El cielo se había oscurecido por completo y algunas gotas de llovisna empezaron a caer. Abrió la bolsa buscando el paraguas, pero recordó que lo había dejado en casa. Claro. Suspiró. Definitivamente debería volver, pero sus piernas estaban entumecidas por el frío. Necesitaba unos minutos más antes de caminar. Santiago terminó la junta a la 1 de la tarde. Había sido larga, tediosa, llena de números que ya conocía y proyecciones que ya había revisado tres veces. Salió de la sala de juntas con la corbata aflojada y el cansancio pesándole en los hombros. Su asistente lo interceptó en el pasillo. Señor Herrera, el cliente de Monterrey llamó. Dice que es urgente. Santiago asintió sin muchas ganas. Después le marcó. Tengo que pasar por el departamento de mi mamá. Va a volver a la oficina. No sé, tal vez. Bajó al estacionamiento, subió al BMW negro y arrancó el motor. El tráfico estaba moderado. Llegaría al departamento en 20 minutos. Mientras manejaba, pensó en su madre, en cómo últimamente la veía más callada, más distante. O tal vez era él quien estaba distante. No sabía bien. Solo sabía que algo se había perdido entre ellos. algo que antes existía y ahora ya no. Llegó al edificio, estacionó y subió en el elevador, abrió la puerta del departamento con su llave. Mamá, llamó. Silencio. Frunció el ceño, caminó hacia la cocina y vio la nota sobre la mesa. Voy a la placita. Vuelvo al rato. Santiago miró el reloj. 1:40. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Miró por la ventana. Estaba llovisneando. Hacía un frío terrible. y su madre había salido con ese suéter delgado que siempre usaba. Sintió una punzada de irritación mezclada con preocupación. Tomó las llaves del carro y salió del departamento. Manejó las tres cuadras hasta la placita. Conocía el lugar. Su madre iba ahí desde que se habían mudado a Polanco. Siempre la misma banca, siempre el mismo árbol. Estacionó en la esquina, apagó el motor y miró hacia la placita y la vio. Ahí estaba, sentada en la banca. sola, con los brazos cruzados sobre el pecho, temblando visiblemente. Santiago sintió algo apretarse en su pecho. Iba a bajar del carro, pero entonces vio algo que lo detuvo. Una muchacha venía caminando por el sendero de la placita, joven, unos veintitantos años, cabello castaño recogido en una cola de caballo sencilla, suéter de lana gris, jeans, tenis gastados y un abrigo beige medio desteñido que parecía haber visto mejores días. La muchacha caminaba con paso rápido, como si tuviera prisa, pero entonces vio a doña Carmen en la banca y se detuvo. Santiago observó desde el carro. La muchacha se acercó a su madre. Dijeron algo. Santiago no podía escuchar desde donde estaba, pero vio el gesto. Vio como la muchacha, sin dudar, sin pensarlo dos veces, empezó a quitarse su propio abrigo. Vio como su madre protestaba, levantando la mano negando con la cabeza. Pero la muchacha no hizo caso, se quitó el abrigo completamente y lo puso sobre los hombros de doña Carmen con cuidado, acomodando las mangas, asegurándose de que la cubriera bien. Santiago se quedó inmóvil, mirando, procesando. La muchacha solo traía ahora el suéter de lana y estaba temblando, pero sonreía. Después se sentó al lado de su madre en la banca, como si fuera lo más natural del mundo, como si acabara de hacer la cosa más simple y obvia. Santiago sintió algo extraño en el pecho. No sabía que era. Tal vez vergüenza, tal vez asombro, tal vez solo una punzada de algo que había olvidado sentir. ¿Quién hace eso? ¿Quién se quita su propio abrigo para dárselo a una desconocida? En Ciudad de México eso no pasaba. La gente pasaba de largo, la gente veía al otro lado, la gente tenía prisa, pero esa muchacha no. Esa muchacha se había detenido, se había importado, había dado lo poco que tenía sin esperar nada a cambio. Las dos mujeres conversaban en la banca. Santiago no sabía de qué, pero veía como su madre sonreía. Una sonrisa genuina de esas que hacía tiempo no le veía. Y la muchacha también sonreía con calidez, con esa naturalidad que no se puede fingir. Se quedó ahí en el carro observando. No supo cuánto tiempo pasó, tal vez 5 minutos, tal vez 10. Solo observaba pensando en lo que acababa de ver, pensando en la última vez que él había hecho algo así, algo simple, algo genuino, algo sin esperar nada a cambio. No se acordaba. Finalmente, la muchacha se levantó. Doña Carmen intentó devolverle el abrigo, pero la muchacha negó con la cabeza. Sonrió, se despidió con la mano y empezó a caminar hacia la calle. Santiago vio como ella se alejaba abrazándose a sí misma, temblando bajo la llovisna fina, y algo en él se movió, algo que había estado dormido durante mucho tiempo. Abrió la puerta del carro y bajó. Cerró la puerta y cruzó la calle en dirección a la placita. Caminaba rápido, con paso firme. Doña Carmen lo vio venir y sonrió. Hijo, no esperaba verte. Hola, mamá. Santiago llegó a la banca, miró el abrigo beige sobre los hombros de ella, miró hacia donde la muchacha había desaparecido entre los árboles. Después miró a su madre. ¿Estás bien? Estoy bien, solo un poco de frío. ¿De quién es ese abrigo? Doña Carmen miró el abrigo sobre sus hombros. De una muchacha que pasó por aquí. ¿Me lo prestó? ¿La conoces? No, es una desconocida. Santiago frunció el ceño. Una desconocida te prestó su abrigo. Sí, vio que tenía frío y bueno, me lo dio así sin más. Doña Carmen lo miró con esa mirada que siempre usaba cuando sabía que él estaba pensando en algo. ¿Viste? Santiago dudó. Sí, vi. Ella sonrió. Es una buena muchacha, muy amable. Santiago no respondió, solo miró hacia donde la muchacha había desaparecido. Vámonos, mamá. Vamos a la casa. te va a dar una pulmonía aquí. La ayudó a levantarse, tomó la bolsa y puso la mano en su espalda, guiándola hacia el carro. Doña Carmen se aferró al abrigo Beige envolviéndose en él. Entraron al carro. Santiago prendió la calefacción al máximo y arrancó. se quedó en silencio por un rato, pero su cabeza no estaba en silencio. Estaba pensando, pensando en lo que había visto, pensando en esa muchacha que se había quitado su propio abrigo, pensando en cómo hacía mucho tiempo que él no hacía nada así. “Mamá”, dijo finalmente. “Sí, hijo, ¿cómo se llama?” “¿Quién?” “La muchacha del abrigo.” Doña Carmen lo miró sorprendida. “Renata.” Se llama Renata. ¿Y qué más te dijo? que vive cerca en la calle Horacio, que es maestra escuela pública cerca de Tacuba. Santiago asintió guardando la información. ¿Por qué preguntas?, dijo doña Carmen. No sé, solo curiosidad. Siguieron manejando en silencio hasta llegar al condominio. Santiago estacionó el carro, apagó el motor y se quedó quieto. Doña Carmen esperó. Mamá, sí. ¿Por qué haces esto? ¿Hacer qué, hijo? Sales sin abrigo. Te quedas horas en el frío sabiendo que puede hacerte daño. Doña Carmen miró por la ventana. No sé, hijo. Supongo que a veces uno necesita salir, aunque sea una placita, aunque sea sola. Santiago sintió la garganta apretarse. Tú no tienes que estar sola. Te tengo a ti, pero tú estás ocupado. Y está bien. Así tiene que ser. No, no está bien. Santiago apretó el volante. Voy a intentar venir más seguido, mamá. De verdad, voy a intentar. Doña Carmen puso la mano en el brazo de él. Ya haces suficiente, hijo. No hago suficiente. Esa muchacha, él se detuvo. Esa muchacha ni siquiera te conoce y te dio su abrigo. Y yo, que soy tu hijo, te dejé sola en el frío durante horas. Doña Carmen apretó su brazo. No te culpes. Yo decidí salir, pero yo pude haber ido antes. Pude haber estado más atento. Pude haber Él suspiró. No importa. Ya pasó. Ella sonrió con ternura. Lo que importa es que ahora estás aquí. Santiago asintió, pero la incomodidad seguía ahí. La imagen de esa muchacha quitándose el abrigo no se le iba de la cabeza. Doña Carmen bajó del carro. Santiago esperó a que ella entrara al elevador antes de arrancar otra vez, pero no fue a la oficina. Fue de vuelta a la placita. No sabía por qué. Solo sabía que necesitaba volver. Estacionó en el mismo lugar, bajó del carro y caminó hasta la banca donde había estado su madre. Se sentó ahí en el mismo lugar. El frío seguía, la llovisna seguía y él se quedó ahí pensando, pensando en su madre esperando durante horas, pensando en esa muchacha que se había importado, pensando en todo lo que había dejado de hacer, en todo lo que había dejado de sentir, en todo lo que había dejado de ser. Y se dio cuenta de algo. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que él no vivía, solo existía. Iba de la casa a la oficina, de la oficina a la casa. juntas, contratos, clientes, números. Pero, ¿cuándo había sido la última vez que se había detenido? ¿Cuándo había sido la última vez que había hecho algo solo porque sí? ¿Cuándo había sido la última vez que había sentido algo real? No se acordaba. Se quedó ahí media hora más. Después se levantó y volvió al carro. manejó a casa sintiendo algo extraño, algo incómodo, como si algo dentro de él hubiera despertado y ahora no pudiera volver a dormirse. Llegó a su departamento, se quitó el saco y se tiró en el sofá. Prendió la televisión, pero no la vio. Solo pensaba en su madre, en Renata, en ese abrigo beige que olía a jabón barato y en cómo un gesto tan simple había despertado algo en él que creía perdido para siempre. A la mañana siguiente, Santiago se despertó más temprano de lo normal, no por la alarma, simplemente abrió los ojos y ya no pudo volver a dormir. Se quedó ahí mirando el techo, pensando en la placita, en su madre, en Renata, en ese abrigo Beage, en el gesto que había presenciado desde el carro. No podía quitárselo de la cabeza. La forma como ella no había dudado, la forma como se había quitado su propio abrigo, temblando, sin esperar nada a cambio. En Ciudad de México eso no pasaba. La gente no hacía eso, pero ella sí. Se levantó, fue a la cocina y preparó café. Se sentó en la barra con la taza en la mano mirando por la ventana. La ciudad estaba despertando, el cielo seguía gris, el frío no había cedido. Tomó el celular y marcó el número de su madre. Ella contestó al tercer timbrazo. Bueno, buenos días, mamá. Buenos días, hijo. ¿Ya desayunaste? Todavía no. ¿Y tú? Acabo de hacer café. ¿Cómo amaneciste? Bien. ¿Y tú? También bien. Hubo un silencio. Santiago no sabía cómo decir lo que quería decir. Mamá, sí, tengo que devolver el abrigo. Doña Carmen tardó en responder. Ah, sí, tienes razón. ¿Sabes dónde vive la muchacha? Me dijo que en la calle Horacio, pero no sé el número. Y si vamos a la placita, tal vez la encontramos ahí. ¿Cuándo quieres ir? Hoy. Ahora. Tengo juntas, hijo. ¿Puedo cancelarlas? Doña Carmen se quedó callada. Santiago podía imaginar su cara de sorpresa. ¿Vas a cancelar tus juntas? Sí. Por un abrigo. No es solo por el abrigo, mamá. Es Él. Se detuvo. Es lo correcto. Está bien, hijo. Te espero. Colgó. se quedó mirando el celular por un momento. No sabía por qué había tomado esa decisión. Solo sabía que necesitaba hacerlo. Necesitaba encontrar a esa muchacha. Necesitaba verla otra vez. Necesitaba entender qué era lo que había sentido ayer cuando la vio dando ese abrigo. Se bañó, se vistió y salió del departamento. Llamó a su asistente desde el carro. Buenos días, señor Herrera. Buenos días. Cancela todas las juntas de hoy. Todas. Todas. Pero ya colgó antes de que ella pudiera protestar. Manejó hasta el departamento de su madre. A las 10 en punto estaba tocando el timbre. Ella abrió la puerta con el abrigo beige doblado en los brazos. Ya estás aquí. Ya estoy aquí. Entraron al elevador juntos. Santiago notó que su madre traía puesto el reboso grueso. Esta vez también notaba que ella lo estaba mirando de reojo, como si estuviera tratando de entender qué estaba pasando. No preguntó, solo observaba. Llegaron al carro. Santiago abrió la puerta para ella, esperó a que se acomodara y dio la vuelta. Subió, arrancó el motor y manejó en dirección a la placita. El trayecto fue silencioso. Doña Carmen miraba por la ventana. Santiago mantenía los ojos en el camino. Pero algo en el ambiente era diferente. No era tenso, no era incómodo, era solo diferente. Llegaron a la placita. Santiago estacionó en el mismo lugar de ayer. Bajaron del carro juntos. Doña Carmen caminó hacia la banca de siempre. Santiago la siguió. Se sentaron lado a lado. Ella con el abrigo en el regazo. Él con las manos en los bolsillos. No había mucha gente. Un señor barriendo las hojas. Una mamá empujando una carriola, dos muchachas platicando en una banca del otro lado. Doña Carmen miró alrededor. No la veo. Tal vez no viene a esta hora. O tal vez no viene todos los días. Santiago asintió. Se quedaron ahí esperando. Pasaron 10 minutos, después 20. Santiago empezó a sentirse inquieto. Tenía ese impulso de sacar el celular, revisar correos, responder mensajes, pero no lo hizo. Solo se quedó ahí sentado al lado de su madre mirando la placita. Y entonces doña Carmen habló. ¿Sabes? Yo solía traerte aquí cuando eras chiquito. ¿En serio? Sí. Había una placita parecida cerca de donde vivíamos en Coyoacán. Te encantaba. Corrías de un lado para otro, no parabas. Santiago sonrió un poco. No me acuerdo. Eras muy chiquito, tal vez tres o cu años. Doña Carmen miró el agueguete. Siempre querías trepar los árboles y yo siempre te decía que no, pero tú lo intentabas de todas formas. Santiago volteó a verla. ¿Y qué hacías? Me quedaba ahí abajo con los brazos abiertos esperando a que te cayeras. Él soltó una risa corta. Me caía siempre, pero yo te agarraba. Se quedaron callados otra vez. Santiago sintió algo en el pecho. No sabía qué era. Tal vez culpa, tal vez gratitud, tal vez solo una mezcla de todo. Perdón, mamá. ¿Por qué, hijo? Por no sé, por no estar más. Doña Carmen puso la mano sobre la de él. Tú estás a tu manera, pero no es suficiente. Es lo que puedes dar y eso está bien. No está bien. Santiago sacudió la cabeza. Tú te quedaste ahí abajo esperando agarrarme cada vez que me caía y yo yo ni siquiera te llamo para preguntarte cómo estás. Doña Carmen apretó su mano. La vida es así, hijo. Los hijos crecen. Se van, construyen su propio camino. Eso es lo que tiene que pasar. Pero yo no quiero que te sientas sola. No me siento sola. Sí te sientes. Doña Carmen no respondió, solo miró hacia el frente, los ojos un poco húmedos. Santiago suspiró. Voy a intentar cambiar eso. Ya veremos, hijo. No, de verdad, voy a intentar. Ella sonrió de esa manera suave que siempre usaba cuando no quería discutir. Está bien. En ese momento, una voz familiar se escuchó detrás de ellos. Doña Carmen. Ambos voltearon. Renata estaba parada ahí con el mismo suéter de lana gris de ayer y un pantalón de mezclilla. Traía una bolsa del súper en la mano. Se veía sorprendida. Renata dijo doña Carmen levantándose de la banca con una sonrisa. Qué bueno que te encontramos. La muchacha se acercó. Buenos días. ¿Cómo está? Bien, mi niña. Vine a devolverte tu abrigo. Doña Carmen le extendió el abrigo doblado. Renata lo tomó. Pero no dejó de mirar a Santiago, quien también se había levantado. Santiago la observaba. Ahora de cerca podía ver mejor sus facciones. Los ojos cafés, claros, honestos, el rostro sin maquillaje, la sonrisa genuina. Era la misma muchacha que había visto ayer, pero verla de cerca era diferente. Él es mi hijo, Santiago. Santiago. Ella es Renata. Santiago extendió la mano. Mucho gusto. Renata la estrechó. un poco cohibida. Igualmente, gracias por cuidar a mi mamá ayer. No fue nada. Sí, fue. Santiago la miró directo a los ojos. Te vi. Renata parpadeó confundida. ¿Qué? Ayer cuando le diste tu abrigo a mi mamá, yo estaba en el carro. Lo vi todo. Renata se sonrojó un poco. Oh, no sabía que no importa. Solo quiero que sepas que no mucha gente haría lo que tú hiciste. Renata se encogió de hombros incómoda con el elogio. De verdad, no fue nada. Hacía frío. Doña Carmen no tenía abrigo. Era lo normal. Lo normal sería pasar de largo. Renata no respondió, solo sonrió un poco y miró a doña Carmen. Ya desayunaron. Todavía no, dijo doña Carmen. ¿Y tú? Tampoco iba al súper a comprar algo para comer en la casa, pero ella miró la bolsa en su mano. No me provocó cocinar. Doña Carmen y Santiago intercambiaron una mirada. Después doña Carmen dijo, “¿Por qué no vienes a desayunar con nosotros? Hay una panadería aquí en la esquina. Hacen unos molletes bien buenos.” Renata dudó. No quiero molestar. No molestas, ¿verdad, Santiago? Santiago asintió. Para nada. Sería un placer. Renata miró a los dos. Después a la bolsa en su mano, después de vuelta a ellos. Está bien, me encantaría. Los tres caminaron juntos hacia la panadería. Quedaba a media cuadra de la placita. Era un lugar pequeño, con mesas de madera y olor a pan recién hecho. Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Doña Carmen pidió molletes y café de olla. Santiago pidió lo mismo. Renata pidió un pan dulce y un chocolate caliente. Mientras esperaban, doña Carmen empezó a platicar con Renata. Le preguntó de su trabajo, de los niños, de cómo había llegado a Ciudad de México. Renata contestaba con naturalidad, sin presumir, sin exagerar. Solo contaba. Santiago escuchaba. No participaba mucho en la conversación, pero observaba. Observaba la forma como Renata hablaba con su madre. La forma como la escuchaba, la forma como sonreía cuando doña Carmen contaba alguna anécdota. No era forzado, no era cortés por compromiso, era genuino. Y eso lo hizo sentir algo extraño, algo que no había sentido en mucho tiempo. Llegó el desayuno, comieron en un ambiente cómodo, con pláticas sueltas y risas ocasionales. Doña Carmen estaba radiante. Santiago no la había visto así en meses, tal vez años. Renata terminó su chocolate y miró el reloj. Tengo que irme. Tengo clase a las 11. Doña Carmen asintió. Claro, mi niña. Gracias por acompañarnos. Gracias a ustedes por invitarme. Santiago se levantó. Yo pago. Renata protestó. No, no. Yo pago lo mío. Ya está pagado. Santiago ya había ido a la caja. Renata lo miró sorprendida. Después miró a doña Carmen. Su hijo es muy amable. Doña Carmen sonrió. A veces los tres salieron de la panadería juntos. Afuera Renata se despidió. Fue un gusto verlos. Doña Carmen la abrazó. El gusto es nuestro, hija. Santiago extendió la mano otra vez. Gracias por todo. Renata la estrechó. No hay nada que agradecer. Hubo un silencio breve. Después Santiago dijo, “¿Vienes seguido a la placita?” Renata asintió. Casi todos los días paso por ahí y camino al trabajo. Santiago asintió también. Tal vez nos veamos otra vez entonces. Tal vez. Renata sonríó, se despidió con la mano y se fue caminando por la calle. Santiago y doña Carmen se quedaron ahí viéndola alejarse. Después doña Carmen dijo, “Me cae bien. A mí también, de verdad.” Sí. ¿Por qué? Doña Carmen lo miró con esa mirada que siempre usaba cuando sabía algo que él todavía no. Porque hace mucho que no te veía así. Así como presente. Santiago no respondió, solo miró hacia la calle donde Renata ya había desaparecido entre la gente y supo que su madre tenía razón. Por primera vez en mucho tiempo había estado presente, de verdad presente, y se sentía bien. Santiago llevó a su madre de vuelta al condominio. El camino fue tranquilo, pero diferente al de la ida. Doña Carmen tarareaba una canción bajito. Santiago la miraba de reojo cada tanto, sorprendido. Hacía mucho que no la escuchaba tararear nada. Llegaron al edificio, estacionó el carro y apagó el motor, pero ninguno de los dos se movió. Se quedaron ahí en silencio, mirando hacia el frente. Mamá. Sí. ¿Estás bien? Estoy bien, hijo. Mejor que bien. ¿Por qué lo preguntas? No sé. Te noto diferente. Doña Carmen sonríó. Es que hace mucho que no desayunaba con alguien que no fueras tú y tú casi nunca desayunas conmigo. Tienes razón. Santiago bajó la mirada. Perdón, no te disculpes. Solo digo que fue lindo. Renata es una buena muchacha. Sí, lo es. Doña Carmen lo miró de manera curiosa. ¿Te gustó? ¿Qué? La pregunta tomó a Santiago desprevenido. Sí, me gustó. ¿Qué, Renata? Santiago sintió el rostro calentarse un poco. No sé de qué hablas, mamá. Claro que sabes. Doña Carmen sonrió con picardía. Te vi observándola en la panadería. No la estaba observando. Sí la estabas observando. Y no es malo. Es una muchacha bonita, trabajadora, amable. Mamá, ¿qué? Ya déjalo. Santiago abrió la puerta del carro. Te acompaño hasta arriba. Doña Carmen soltó una risita, pero no insistió. Subieron juntos en el elevador. Cuando llegaron al departamento, ella abrió la puerta y se volteó hacia él. ¿Vas a volver a la oficina? Sí, tengo pendientes. Está bien, no trabajes tanto. Voy a intentar. Doña Carmen le dio un beso en la mejilla. Gracias por hoy, hijo. De nada, mamá. Ella entró al departamento y cerró la puerta. Santiago se quedó ahí parado por un momento, después bajó al carro y manejó de vuelta a la oficina, pero su cabeza no estaba en el trabajo, estaba en la panadería. En la forma como Renata había sonreído cuando doña Carmen contó una historia, en la forma como había escuchado, de verdad escuchado, sin interrumpir, en la forma como había aceptado el desayuno, sin hacerse rogar, pero sin dar por sentado. Llegó a la oficina pasadas las 12. Su asistente lo recibió con una pila de documentos y una lista de llamadas perdidas. “Señor Herrera, el cliente de Monterrey llamó tres veces. Dice que es urgente.” Santiago asintió. Ahorita le marco. ¿Algo más? La junta de mañana fue confirmada. 9 de la mañana. Está bien. Entró a su oficina, cerró la puerta y se sentó en el escritorio. Miró la pila de documentos, después la computadora, después el teléfono. No hizo nada, solo se quedó ahí pensando. Pensó en Renata, en cómo ella vivía sola, trabajaba en una escuela pública, rentaba un departamento chiquito y aún así había sido capaz de dar su abrigo a una desconocida sin pensarlo dos veces. pensó en él, en su oficina en Santa Fe, su departamento en Polanco, su carro alemán, en todo lo que tenía y en lo poco quedaba. Tomó el celular y buscó en internet escuela pública Tacuba. Salieron varios resultados. Eligió el primero, marcó el número. Una voz de mujer contestó. Escuela primaria Benito Juárez. Buenos días. Buenos días. Disculpe, quisiera hablar con la maestra Renata. Renata, ¿qué? Santiago se detuvo. No sabía su apellido. Este, no sé su apellido, pero da clases de quinto. Aquí hay dos maestras que dan quinto. Renata González o Renata Salazar. Santiago dudó. No lo sé. La mujer suspiró. ¿Para qué la busca? Es personal. Mire, joven, no puedo andar pasando llamadas así nada más. Si no sabe el apellido ni el motivo, está bien. Perdón por molestar. Colgó. se quedó mirando el celular, sintiéndose un poco ridículo. ¿Qué estaba haciendo? Llamando a una escuela para hablar con una muchacha que había conocido hace unas horas, dejó el celular en el escritorio y trató de concentrarse en el trabajo, pero no pudo. A las 3 de la tarde guardó todo y salió de la oficina. Su asistente lo miró sorprendida. Ya se va, señor Herrera. Sí. Si alguien llama, dile que mañana regreso las llamadas. Pero ya salió del edificio, subió al carro y manejó sin rumbo fijo, solo manejaba. Pasó por Reforma, después por Chapultepec, después terminó en Polanco otra vez. Sin pensarlo se encontró manejando hacia la placita. Estacionó en la esquina y bajó del carro. Caminó hasta la banca donde se había sentado con su madre en la mañana. Se sentó ahí mirando alrededor. No había nadie conocido, solo la misma rutina de siempre. gente pasando, perros, niños. Se quedó ahí como media hora sin hacer nada, solo pensando, pensando en lo que doña Carmen había dicho. Presente. ¿Cuándo había sido la última vez que estuvo realmente presente? No con el cuerpo ahí, pero la cabeza en otro lado, sino de verdad presente con su madre, con alguien. No se acordaba. Escuchó pasos detrás de él. Volteó. Renata venía caminando por el camino de la placita con una mochila al hombro y los audífonos puestos. No lo había visto. Santiago se quedó quieto sin saber si debía decir algo o quedarse callado, pero entonces ella levantó la vista y lo vio. Se detuvo. Se quitó los audífonos. Santiago. Hola. Renata se acercó sorprendida. ¿Qué haces aquí? No sé, solo pasaba por aquí. Ella sonrió un poco. ¿Pasabas por aquí? Sí. Más o menos. Renata se sentó en la banca a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos. Tu mamá está bien. Sí, está bien. Qué bueno. Se quedaron callados por un momento. Santiago no sabía qué decir. No era bueno para estas cosas, para charlas casuales, para conversaciones sin agenda. Renata rompió el silencio. Tu mamá es muy linda. Sí, lo es. Se nota que te quiere mucho. Santiago asintió. Yo también la quiero, aunque no lo parezca. Renata lo miró. Claro que lo parece. ¿Tú crees? Sí. Se nota en la forma como la miras, en la forma como te preocupas. Santiago no respondió, solo miró hacia el frente. Renata siguió. A veces uno no sabe cómo demostrar las cosas, pero eso no significa que no las sienta. Él volteó a verla. ¿Tú cómo sabes eso? Renata se encogió de hombros. Porque yo también soy así. En serio. Sí. No soy buena para decir lo que siento. Prefiero hacer cosas como prestarle tu abrigo a una desconocida. Renata sonríó. ¿Cómo es eso? Santiago sonrió también. Fue un gesto muy bonito. Renata se sonrojó un poco. Ya basta. Me vas a hacer sentir incómoda. Perdón. No, está bien. Es que no estoy acostumbrada a que me digan cosas así. ¿Por qué no? No sé. La gente no suele fijarse en esas cosas. Yo me fijé. Renata lo miró. Sus ojos eran cafés, claros, honestos. Santiago sintió algo en el pecho. No sabía qué era, pero le gustó. Gracias, dijo ella, bajito. De nada. Se quedaron ahí sentados en silencio viendo la placita. No era incómodo, no era forzado, era solo estar ahí. Después de un rato, Renata miró el reloj. Tengo que irme. Tengo que corregir exámenes. Claro. Santiago se levantó. Cuando ella se levantó, Renata se puso la mochila al hombro y lo miró. ¿Vas a volver mañana a la placita? Sí, no sé, tal vez. Ella sonríó. Si vienes, nos vemos. Sí, nos vemos. Renata se despidió con la mano y empezó a caminar. Santiago la vio alejarse, después gritó, “¡Renata!” Ella se volteó. “Sí.” “¿Cuál es tu apellido?” Ella soltó una risa. “¿Por qué quieres saber? Por si algún día necesito buscarte.” Renata negó con la cabeza. divertida. Salazar, Renata Salazar. Santiago sonrió. Mucho gusto, Renata Salazar. Mucho gusto, Santiago. Ella se detuvo. No sé tu apellido, Herrera. Santiago Herrera. Mucho gusto, Santiago Herrera. Ella se despidió otra vez y siguió caminando. Santiago se quedó ahí viéndola hasta que desapareció en la esquina. Después volvió al carro, subió y se quedó sentado ahí por un rato. Tomó el celular y le mandó mensaje a su madre. Mamá, ¿cenamos juntos mañana? La respuesta llegó casi de inmediato. Claro, hijo. ¿A qué se debe el milagro? A nada. Solo quiero cenar contigo. Doña Carmen mandó un emoji de corazón. Santiago sonrió, guardó el celular y arrancó el motor. Manejó a casa sintiendo algo raro, algo que hacía tiempo no sentía. No sabía cómo llamarlo, pero se sentía bien, se sentía ligero, se sentía presente. Los días siguieron pasando y algo cambió en la rutina de Santiago. Empezó a salir de la oficina más temprano, empezó a ir a la placita con más frecuencia y empezó a encontrarse con Renata más seguido. No era planeado, o al menos eso se decían el uno al otro, pero ambos sabían que sí lo era. Santiago llegaba a la placita alrededor de las 5 de la tarde. Renata pasaba por ahí camino a casa después del trabajo. Se encontraban en la banca de siempre, conversaban un rato, después cada quien seguía su camino. A veces hablaban de cosas simples, del clima, de la ciudad, de los niños, de la escuela. Otras veces hablaban de cosas más profundas, de sus vidas, de sus miedos, de lo que habían perdido y lo que todavía buscaban. Santiago descubrió que Renata había llegado a Ciudad de México porque sus papás habían muerto en un accidente cuando ella tenía 23 años. No tenía hermanos, no tenía familia, solo ella, Renata, descubrió que Santiago había construido su empresa desde cero después de que su papá muriera dejándolo sin nada, que había trabajado día y noche para darle a su madre la vida que ella merecía, que había olvidado vivir en el proceso. No se juzgaban, no se daban consejos no pedidos, solo escuchaban y eso era suficiente. Una tarde Santiago llegó a la placita y Renata ya estaba ahí. Venía llorando, no mucho, solo un poco, pero se notaba. Él se sentó a su lado sin decir nada. Ella se limpió los ojos con el dorso de la mano y soltó una risa amarga. Perdón, no es nada. No tienes que disculparte. Es que ella se detuvo como si no supiera si debía seguir. Hoy fue el cumpleaños de mi mamá. Santiago no dijo nada, solo puso la mano sobre la de ella. Renata miró la mano de él, después lo miró a los ojos. Hace 5co años que murió y todavía me duele como el primer día. Lo sé. Tú también perdiste a alguien, a mi papá hace 15 años y todavía pienso en él todos los días. Renata apretó la mano de él. Lo siento, yo también. Se quedaron así por un rato, sin hablar, solo estar ahí. Después Renata se limpió los ojos otra vez y sonró. Gracias. ¿Por qué? por no decirme que todo va a estar bien o que el tiempo lo cura todo. O todas esas frases que la gente dice cuando no sabe qué decir. Santiago sonrió un poco. Es que yo tampoco sé qué decir, pero sé escuchar. Eso es suficiente. Esa noche Santiago fue a cenar con su madre como había prometido. Doña Carmen preparó Poole, el favorito de él. Comieron en la mesa de la cocina platicando de todo y de nada. A la mitad de la cena, doña Carmen dijo, “¿Sigues yendo a la placita?” Santiago levantó la vista del plato. A veces, a veces o todos los días. Él sonrió casi todos los días. Doña Carmen asintió como si ya lo supiera. “¿Y Renata, ¿qué con ella? ¿La sigues viendo? Sí, nos encontramos de vez en cuando.” Doña Carmen tomó un trago de agua mirándolo por encima del vaso de vez en cuando o todos los días. “Mamá, ¿qué?” Solo pregunto. Santiago suspiró. Sí, la veo casi todos los días. ¿Y qué te gusta? Santiago dejó la cuchara en el plato. No sé. Claro que sabes. No es tan simple. ¿Por qué no? Porque él se detuvo. Porque no sé si esto es buena idea. ¿Qué cosa? Acercarme a alguien. Doña Carmen frunció el seño. ¿Por qué no sería buena idea? Porque no tengo tiempo. Porque mi vida es un desastre. Porque no sé si puedo darle a alguien lo que merece. Doña Carmen puso la mano sobre la de él. Hijo, mírame. Santiago levantó la vista. Tú te mereces ser feliz. ¿Sabes? No todo es trabajo, no todo es responsabilidad. A veces hay que permitirse sentir, permitirse vivir. Yo vivo, no, tú existes. Que no es lo mismo. Las palabras se quedaron flotando en el aire. Santiago no respondió, solo miró su plato pensando, doña Carmen siguió. Renata es una buena muchacha, se nota que le importas. Y tú, tú no has dejado de hablar de ella desde que la conociste. No hablo de ella tanto, Santiago. Cada vez que vienes a verme mencionas algo que ella dijo, algo que ella hizo, algo que te hizo pensar. Él se quedó callado. Doña Carmen tenía razón. Está bien tener miedo, hijo, pero no dejes que el miedo te impida vivir. Santiago asintió despacio. Terminaron de cenar en silencio. Después Santiago ayudó a lavar los platos, abrazó a su madre y se fue a casa. Pero las palabras de ella se quedaron con él. Tú existes. Que no es lo mismo. Dos días después, Santiago llegó a la placita como siempre. Renata ya estaba ahí sentada en la banca con un libro en las manos. Él se sentó a su lado. ¿Qué lees? Ella levantó el libro para que él viera la portada. Pedro Páramo, ¿te gusta? Me encanta. Es la tercera vez que lo leo. ¿Por qué lo lees tantas veces? Porque cada vez encuentro algo nuevo, algo que no había visto antes. Santiago sonrió. ¿Como qué? Como ella pensó por un momento, como que a veces uno sigue buscando cosas que ya no existen, lugares, personas, versiones de uno mismo y se queda atrapado ahí en ese lugar que ya no es. Él la miró. ¿Tú te sientes así a veces? ¿Y cómo haces para no quedarte atrapada? Renata cerró el libro y lo puso en su regazo. No sé si lo logro, pero intento recordarme que la vida sigue, que hay cosas nuevas por descubrir, personas nuevas por conocer. Santiago sintió algo en el pecho. Renata, ¿sí quieres ir a caminar ahorita? Sí. Ella sonrió. Está bien. Se levantaron de la banca y empezaron a caminar sin rumbo fijo. Pasaron por las calles de Polanco viendo los edificios, las tiendas, la gente. Hablaron de todo, de la infancia de cada uno, de sus trabajos, de sus sueños. Santiago descubrió que Renata quería escribir un libro algún día. Renata descubrió que Santiago había querido ser arquitecto, pero había terminado en los negocios por necesidad. Caminaron por más de una hora. Cuando llegaron de vuelta a la placita, ya estaba oscureciendo. Renata miró el reloj. Tengo que irme. Ya es tarde. Claro. Santiago no quería que se fuera, pero no sabía cómo decirlo. Renata. Sí, podemos hacer esto otra vez. Caminar. Sí. Ella sonrió. Me gustaría. A mí también. Renata dio un paso hacia él. Santiago sintió el corazón latir más rápido. Ella se quedó ahí cerca mirándolo. Gracias. ¿Por qué? por estos días, por escucharme, por estar aquí. Santiago tragó saliva. Yo debería darte las gracias a ti. ¿Por qué? Por recordarme que todavía puedo sentir. Renata sonríó. Los dos nos estamos ayudando. Entonces, supongo que sí. Se quedaron así por un momento. Ninguno queriendo moverse. Después, Renata dio un paso atrás. Nos vemos mañana. Nos vemos mañana. Ella se despidió con la mano y empezó a caminar hacia su casa. Santiago se quedó ahí viéndola alejarse, sintiendo algo que hacía años no sentía, algo cálido, algo real, algo que le daba miedo, pero que al mismo tiempo no quería soltar. Esa noche, acostado en su cama, pensó en Renata, en su sonrisa, en sus ojos, en la forma como hablaba de las cosas que le importaban. pensó en lo que su madre había dicho. Tú existes, que no es lo mismo. Y se dio cuenta de que ella tenía razón. Había pasado tanto tiempo existiendo que había olvidado cómo se sentía vivir. Pero ahora con Renata estaba empezando a recordar. Tomó el celular y le mandó mensaje. Gracias por la caminata de hoy. La respuesta llegó casi de inmediato. Gracias a ti. Mañana repetimos. Mañana repetimos. Santiago sonrió, guardó el celular y cerró los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo durmió tranquilo. Las semanas siguieron pasando y lo que había comenzado como encuentros casuales en la placita se convirtió en algo más. Santiago y Renata empezaron a verse no solo en las tardes, a veces desayunaban juntos en la panadería de la esquina. Otras veces caminaban sin rumbo después del trabajo y poco a poco, sin darse cuenta, se volvieron parte de la rutina del otro. Doña Carmen estaba feliz. Lo notaba en los ojos de su hijo, en la forma como hablaba, en la forma como sonreía. Y Renata la visitaba seguido. A veces iban juntas a la placita, otras veces solo se sentaban en la sala del departamento a platicar mientras tomaban té. Doña Carmen sentía que había ganado no solo una amiga, sino algo parecido a una hija. Una tarde de viernes, Santiago recogió a Renata después de la escuela. Ella subió al carro con la mochila llena de cuadernos y cara de cansada. “Día pesado”, preguntó él. “Día pesado”, confirmó ella, dejándose caer en el asiento. Los niños estaban imposibles hoy. Santiago sonrió. ¿Quieres ir a algún lado? ¿A dónde? No sé. A donde tú quieras. Renata pensó por un momento. Podemos ir a la placita. Siempre vamos a la placita. Lo sé, pero me gusta. A mí también. Santiago manejó hacia la placita. Estacionó en el lugar de siempre y caminaron juntos hasta la banca. Se sentaron lado a lado mirando el atardecer. El cielo estaba naranja con nubes rosas. Hacía frío todavía, pero ya no tanto como antes. Renata se acurrucó en su suéter y suspiró. ¿En qué piensas?, preguntó Santiago en que hace dos meses no te conocía y ahora no imagino mi vida sin ti. Santiago sintió el corazón dar un vuelco. Yo tampoco. Renata volteó a verlo. De verdad, de verdad. Ella sonrió, pero había algo en sus ojos. Algo como miedo. ¿Qué pasa?, preguntó él. Es que ella dudó. A veces tengo miedo de que esto no sea real, de que un día despierte y todo haya sido un sueño. Santiago tomó la mano de ella. No es un sueño. Estoy aquí. Estoy contigo y no planeo irme a ningún lado. Renata apretó su mano. Prométemelo. Te lo prometo. Se quedaron así mirándose sin decir nada. Después Santiago se acercó despacio y la besó. Fue un beso cuidadoso, lleno de todo lo que no habían dicho con palabras. Renata cerró los ojos y correspondió el beso, sintiendo como algo dentro de ella se acomodaba en su lugar, algo que había estado roto desde hacía mucho tiempo. Cuando se separaron, ella tenía los ojos húmedos. “Te quiero”, dijo bajito. Santiago sonrió. Yo también te quiero. Pasaron el resto de la tarde ahí, abrazados en la banca, viendo el cielo oscurecerse. No necesitaban decir nada más, ya todo estaba dicho. Esa noche Santiago fue a casa de su madre. Doña Carmen abrió la puerta y lo recibió con una sonrisa. Hijo, ¿qué haces aquí tan tarde? Necesitaba hablar contigo. Ella lo dejó pasar. Se sentaron en la sala. Doña Carmen esperó. Mamá, empezó Santiago, quiero que Renata venga a cenar mañana aquí contigo y conmigo. Doña Carmen sonríó. Claro, hijo, me encantaría, pero hay algo más, ¿verdad? Santiago asintió. Sí, quiero. Él se detuvo buscando las palabras correctas. Quiero pedirle que sea mi novia de manera formal frente a ti. Doña Carmen sintió los ojos llenarse de lágrimas. Hijo, estoy tan feliz por ti. ¿Crees que sea buena idea? ¿Tú qué crees? Creo que sí. Creo que ella es Él sonríó. Creo que ella es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Entonces sí es buena idea. Santiago abrazó a su madre. Gracias, mamá. ¿Por qué, hijo? Por no rendirte conmigo, por seguir esperándome, por recordarme que merezco ser feliz. Doña Carmen apretó el abrazo. Tú siempre mereciste ser feliz. Solo necesitabas recordarlo. Al día siguiente, Santiago pasó toda la tarde preparándose, compró flores, pasó por la panadería y pidió que prepararan pan dulce fresco. Le pidió a su madre que cocinara el mole que tanto le gustaba a Renata. A las 7 de la noche tocó el timbre del departamento de Renata. Ella abrió la puerta con un vestido sencillo, color azul marino y el cabello suelto. Estaba nerviosa. Se notaba. ¿Lista? preguntó Santiago. Lista. Llegaron al departamento de doña Carmen. Ella lo recibió con un abrazo para cada uno. La mesa estaba puesta. Había velas, había flores, había mole, arroz, frijoles y tortillas hechas a mano. Renata miró todo con los ojos brillantes. Doña Carmen, esto es hermoso. Es una ocasión especial, mi niña. Cenaron los tres juntos, platicaron, rieron. Doña Carmen contó historias de cuando Santiago era chiquito. Santiago se sonrojó, pero dejó que su madre siguiera. Renata escuchaba con atención, feliz de conocer esa parte de él. Después de la cena, doña Carmen se levantó. Voy a preparar café. Ustedes quédense aquí. Se fue a la cocina dejándolos solos. Santiago tomó la mano de Renata. Ella lo miró confundida. ¿Qué pasa, Renata? Dime. Estos dos meses han sido los mejores de mi vida. Renata sonrió. Los míos también. Y yo sé que todo empezó de una forma rara. En una placita con un abrigo prestado. Ella soltó una risa suave. Fue la mejor forma. Santiago apretó su mano. Yo pasé tanto tiempo existiendo que olvidé cómo se sentía vivir. Pero tú, tú me recordaste, me recordaste que la vida no es solo trabajo, no es solo responsabilidad, es también sentir, es también estar presente, es también amar. Renata sintió las lágrimas empezar a caer. Santiago siguió. No sé qué va a pasar mañana. No sé si voy a ser el mejor novio del mundo. Probablemente voy a meter la pata 1 veces, pero lo que sí sé es que quiero intentarlo contigo. Solo contigo. Renata, ¿quieres ser mi novia? Ella no pudo hablar, solo asintió llorando, sonriendo. Sí, sí, quiero. Santiago se levantó y la abrazó. Ella hundió el rostro en su pecho y lloró, pero no de tristeza. sino de felicidad, de alivio, de haber encontrado algo que pensó que nunca tendría. Doña Carmen volvió de la cocina con el café, vio a los dos abrazados y sonró. No dijo nada, solo puso las tazas en la mesa y se sentó limpiándose los ojos con una servilleta. Después de un rato, Renata se separó de Santiago y miró a doña Carmen. Gracias. ¿Por qué, mi niña? Por todo, por abrirme las puertas de su casa, por tratarme como familia. Por ella se detuvo emocionada por dejarme ser parte de esto. Doña Carmen se levantó y abrazó a Renata. Tú ya eres parte de esto, hija. Desde el primer día, las dos lloraron juntas. Santiago las observaba sintiendo algo cálido en el pecho, algo que hacía mucho no sentía, plenitud. Esa noche Santiago llevó a Renata a su casa. Caminaron despacio, tomados de la mano, sin prisa. Llegaron al edificio de ella. Renata se volteó hacia él. Gracias por hoy. Gracias a ti por decir que sí. Ella sonrió. ¿Cómo iba a decir que no? No sé. Tal vez pensaste que era muy pronto. Renata negó con la cabeza. No es pronto. Es justo a tiempo. Lo besó despacio, con calma, con todo el amor que había estado guardando. Después se separó. Nos vemos mañana. Nos vemos mañana. Ella entró al edificio. Santiago se quedó ahí hasta que la vio subir por las escaleras y desaparecer. Después caminó de vuelta a su carro sonriendo. Manejó a casa pensando en todo lo que había pasado, en cómo su vida había cambiado en dos meses, en cómo aquella tarde en la placita, cuando vio desde su carro a una muchacha desconocida dando su abrigo, todo había comenzado a transformarse. Llegó a su departamento, entró y se tiró en el sofá. tomó el celular y le mandó mensaje a Renata. “Te amo.” La respuesta llegó casi de inmediato. “Yo también te amo.” Santiago sonró, guardó el celular y cerró los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo no pensó en el trabajo, no pensó en las juntas, no pensó en nada más que en ella, en su madre, en lo afortunado que era, en cómo a veces la vida te sorprende cuando menos te lo esperas, en cómo a veces en medio del frío alguien aparece y te cubre con su abrigo, no el de tela, sino el del alma. Y ese calor, ese calor verdadero, ese es el que te cambia la vida para siempre. Los meses que siguieron fueron diferentes a todo lo que Santiago había conocido. Ya no era solo ir a la oficina, cerrar contratos y volver a casa. Ahora había algo más. Había desayunos en la panadería con Renata antes de que ella fuera a la escuela. Había tardes en la placita conversando de todo y de nada. Había cenas en casa de su madre donde los tres reían hasta que les dolía el estómago. Había mensajes a media mañana, había llamadas por la noche, había besos robados. Había manos entrelazadas, había vida, de verdad vida. Y Santiago no recordaba la última vez que se había sentido así, ligero, presente, vivo. Una tarde, Santiago pasó a recoger a Renata después de la escuela. Ella subió al carro con una sonrisa enorme. ¿Qué pasó?, preguntó él. Nada, solo que hoy uno de mis alumnos me dijo que yo parezco más feliz últimamente. Santiago sonríó. ¿Y qué le dijiste? que tiene razón. ¿Y por qué estás más feliz? Renata lo miró. Tú sabes por qué. Santiago le tomó la mano. Yo también estoy más feliz. Se ve, se nota mucho, mucho. Hasta mis socios me lo han dicho. Renata se rió. ¿Y qué les dijiste? ¿Que conocía a alguien? ¿Y qué dijeron? Que era hora. Santiago arrancó el motor. ¿A dónde quieres ir? ¿A dónde sea? Mientras esté contigo. Manejaron sin rumbo por un rato. Pasaron por Chapultepec, después por Reforma. Después terminaron en Coyoacán. Santiago estacionó cerca del centro. Bajaron y caminaron por las calles empedradas, viendo las casas antiguas, las tiendas de artesanías, la gente. “Me encanta este lugar”, dijo Renata. “A mí también. Aquí crecí.” En serio. “Sí. Vivíamos cerca de aquí, mi mamá y mi papá. Antes de que él muriera, Renata apretó su mano. ¿Lo extrañas? Todos los días. Pero ya no duele como antes. Ahora es diferente. Es como una presencia, como un recuerdo cálido. ¿Crees que estaría orgulloso de ti, Santiago? Pensó por un momento. Creo que sí. Creo que le gustaría la persona en la que me convertí, o mejor dicho, “En la que me estoy convirtiendo.” Renata sonrió. A mí me gusta esa persona, me alegro porque esa persona te ama. Renata se detuvo en medio de la calle, lo miró. Yo también te amo. Se besaron ahí en medio de Coyoacán, sin importarles la gente que pasaba. Cuando se separaron, Santiago dijo, “Tengo hambre. Yo también.” Quesadillas. “Qadillas.” Fueron a un puesto callejero. Pidieron quesadillas de flor de calabaza y de hit la coche. Se sentaron en una banca a comerlas. Renata se manchó la cara con salsa. Santiago se rió y le limpió con una servilleta. Eres un desastre. Lo sé, pero soy tu desastre, mi desastre favorito. Terminaron de comer y siguieron caminando. Llegaron a una plaza pequeña. Había un jardín en el centro, bancas alrededor, árboles antiguos. Santiago se detuvo. Se quedó mirando. ¿Qué pasa?, preguntó Renata. Nada, solo esta plaza. Se parece a la de Polanco, a nuestra placita. Renata miró alrededor. Tienes razón. Santiago la miró. Fue ahí donde todo empezó. Lo sé. Yo estaba en mi carro. Te vi dándole tu abrigo a mi mamá y algo cambió en mí. Renata se sentó en una banca. Santiago se sentó a su lado. A veces me pregunto qué hubiera pasado si yo no hubiera ido a la placita ese día, dijo ella. No lo sé, pero me alegro de que fuiste. Yo también. Se quedaron en silencio por un rato, viendo la plaza, viendo la vida pasar. Después, Renata dijo, “¿Sabes qué es lo que más me gusta de nosotros? ¿Qué? Que todo es fácil. No tengo que fingir. No tengo que ser alguien que no soy. Contigo puedo ser yo.” Santiago asintió. Yo siento lo mismo. Contigo no tengo que demostrar nada. No tengo que ser el empresario exitoso. Puedo ser solo yo, solo Santiago. Y eso me gusta. A mí también me gusta ese Santiago. Él sonríó. Ese Santiago solo existe contigo. Renata recostó la cabeza en su hombro. Entonces voy a quedármelo. Para siempre. Para siempre. El sol empezó a bajar. El cielo se puso naranja. Santiago miró su reloj. Deberíamos irnos. Mi mamá nos invitó a cenar hoy. Sí. Dice que tiene una sorpresa. ¿Qué sorpresa? No sé. No me quiso decir. Renata se levantó. Entonces vamos, no quiero que espere. Manejaron de vuelta a Polanco, llegaron al departamento de doña Carmen, tocaron el timbre. Ella abrió la puerta con una sonrisa enorme. Hijos, pasen. Entraron. La mesa estaba puesta. Había comida que olía deliciosa. Había velas. Había flores. “Mamá, ¿qué es todo esto?”, preguntó Santiago. La sorpresa. Siéntense. Se sentaron. Doña Carmen sirvió la comida. Posole, el favorito de Santiago. También había tostadas, lechuga, rábanos, limones. Comieron en silencio por un rato. Después, doña Carmen habló. Tengo algo que decirles. Los dos la miraron. Dime, mamá. He estado pensando mucho estos meses en todo lo que ha pasado, en cómo las cosas han cambiado. Y me di cuenta de algo. ¿De qué? Preguntó Renata. Me di cuenta de que no he sido tan feliz en años. Doña Carmen sonríó. Ustedes dos me devolvieron algo que había perdido. ¿Qué cosa?, preguntó Santiago. La ilusión, la alegría, la sensación de tener una familia completa. Renata sintió los ojos humedecerse. Doña Carmen siguió. Santiago, tú eras un buen hijo, siempre lo fuiste, pero estabas perdido. Trabajabas tanto que te olvidaste de vivir. Y yo me sentía sola, muy sola. Pero desde que Renata llegó, todo cambió. Tú cambiaste. Santiago bajó la mirada. Lo sé, mamá, y te pido perdón por Doña Carmen levantó la mano. No quiero disculpas. Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti, de la persona que eres ahora, del hombre que te has convertido. Santiago sintió la garganta apretarse. Doña Carmen miró a Renata. Y tú, mi niña, tú llegaste sin nada, sin familia, sola y nos diste todo. Nos diste tu corazón, tu bondad, tu amor. Renata no pudo contener las lágrimas. Doña Carmen se levantó y las abrazó a las dos. Ustedes son mi familia, mi verdadera familia. Y quiero que sepan que los amo los tres juntos. Los tres lloraron, se abrazaron y en ese momento supieron que esto era lo que importaba. No el dinero, no el éxito, no las cosas materiales, esto, este amor, esta conexión, esta familia. Después de un rato, doña Carmen se separó, limpió sus lágrimas, sonríó. Ahora hay postre. ¿Qué hay?, preguntó Santiago. Flan, tu favorito. Comieron el flan, platicaron más, rieron. Y cuando terminaron, Santiago ayudó a lavar los platos mientras Renata y doña Carmen se quedaban en la sala platicando. Santiago las observaba desde la cocina, las dos mujeres más importantes de su vida, conversando, riendo, siendo familia, y supo que esto era todo lo que necesitaba. Cuando terminó, se sentó con ellas. Doña Carmen bostezó. Estoy cansada. Creo que me voy a dormir. Tan temprano. Preguntó Santiago mirando el reloj. Eran apenas las 9. Es que últimamente me canso más rápido. Doña Carmen se levantó, pero estoy feliz, muy feliz. Besó a los dos, los abrazó y se fue a su recámara. Santiago y Renata se quedaron en la sala en silencio. Después Santiago habló. Vamos a la placita. Ahorita sí, quiero ir. Renata sonrió. Está bien. Salieron del departamento, caminaron las tres cuadras, llegaron a la placita. Estaba vacía, solo algunas luces iluminando los senderos. Caminaron hasta la banca, la banca donde todo había comenzado. Se sentaron. Santiago miró alrededor. Aquí fue donde te vi por primera vez. Lo sé. Estaba dándole mi abrigo a tu mamá y yo estaba en mi carro observando, preguntándome quién era esa muchacha. Renata sonrió. Y ahora, ahora lo sé. Eres la persona que me enseñó a vivir de nuevo. Renata lo besó suavemente con ternura. Cuando se separaron, Santiago dijo, “Gracias.” ¿Por qué? Por ese día, por detenerte, por importarte, por dar tu abrigo a una desconocida, porque ese gesto cambió mi vida. Renata tomó su mano. Cambió mi vida también. ¿Cómo? Porque me dio una familia, te dio a ti, te dio a doña Carmen, me dio un hogar. Se quedaron así, sentados en la banca, bajo las estrellas, en la placita donde todo había comenzado, y supieron con absoluta certeza que esto era solo el principio, el principio de algo hermoso, de algo real, de algo para siempre. Porque a veces en medio del frío alguien decide detenerse, alguien decide importarse, alguien decide dar. Y ese gesto simple, ese gesto genuino cambia todo para siempre.