
Ahí estaba ella, parada frente a lo que le habían dado como pago. 5 años. 5 años
de su esposo cargando plata bajo ese sol que no perdona, respirando polvo en los
túneles de la mina Santa Elena. Y a cambio le entregaron eso, una carreta
vieja que ya ni las ruedas movía, el monte creciéndole por todos lados como queriendo tragársela, la lona del techo
podrida colgando en girones. Margarita se quedó quieta con una mano en el
vientre hinchado y la otra colgando sin fuerza. La patrona ni siquiera salió a
darle la cara. Mandó a un peón con el recado, que se lleve lo que era de su marido y no vuelva a pisar esta
hacienda. Pero lo que esa mujer no sabía, lo que nadie sabía, es que dentro de esa
carreta abandonada, entre la madera podrida y el olor a humedad, el antiguo
patrón, don Aurelio, el esposo de esa patrona, había escondido algo antes de
partir de este mundo, algo que iba a cambiarle la vida a Margarita para siempre. Cuéntanos aquí abajo en los
comentarios cómo te llamas. Es un gran placer tenerte aquí escuchando nuestras historias.
Dale click al botón de me gusta y vamos con la historia. El viento de Zacatecas
soplaba con ese silvido que parecía un lamento. Margarita Torres tenía 24 años,
pero esa tarde sentía que cargaba el peso de una vida entera sobre los hombros. Hacía apenas tres semanas que
había enterrado a su esposo, Sebastián. Lo habían traído envuelto en una manta sucia con el cuerpo destrozado por un
derrumbe en el túnel. cinco de la mina Santa Elena. Ni siquiera le habían
permitido verlo antes de meterlo en la caja de pino. “Está muy mal”, le dijeron
los hombres que lo cargaban. “Mejor recuérdelo como era.” Margarita recordaba. Recordaba sus manos callosas
acariciándole el vientre cada noche, prometiéndole que pronto tendrían su propia casa, su propio terreno.
Recordaba su risa ronca cuando hablaba de los nombres para el bebé. Recordaba
cómo le besaba la frente antes de salir al amanecer hacia la mina. Y ahora no le quedaba nada de él, solo este hijo que
crecía dentro de ella y una promesa de pago que la patrona acababa de cumplir
de la peor manera posible. Margarita caminó despacio hacia la carreta abandonada. Cada paso le costaba. Los
pies hinchados por el embarazo se hundían en la tierra seca. El sol de la tarde le quemaba la nuca, pero ella no
sentía el calor. No sentía nada, excepto ese vacío helado en el pecho. Se detuvo
frente a la carreta y la observó. Era la misma que Sebastián había usado durante
5 años. la misma donde cargaba los costales de mineral desde los túneles
hasta los patios de beneficio. Margarita reconocía las marcas en la madera, los
arañazos de las rocas, la rueda trasera que siempre crujía, pero ahora estaba
abandonada. Los hierbajos le crecían por debajo, trepando por las ruedas inmóviles. La lona, que alguna vez
protegió la carga del sol, ahora colgaba en tiras, carcomida por el tiempo y las
lluvias. Olía a podredumbre, a olvido, a desprecio. “Esto es lo que valieron 5co
años de su vida, pensó Margarita. Esto es lo que valió él para doña Catalina.”
Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera evitarlo. Rodaban por sus mejillas morenas, dejando surcos en el
polvo que le cubría la cara. Se llevó una mano al vientre, sintiendo una patadita suave del bebé. “Perdóname, mi
amor”, susurró. Tu papá merecía más que esto. Tú mereces más que esto. Pero no
tenía nada más. La casita donde vivían con Sebastián pertenecía a la hacienda.
Mañana mismo tendría que desocuparla. No tenía familia en Zacatecas. Había
llegado desde un pueblo lejano siguiendo a su esposo cuando él consiguió trabajo en la mina. No tenía dinero, no tenía a
dónde ir, solo tenía esta carreta podrida y un hijo por nacer. La mina
Santa Elena era una de las más ricas de la región. Durante décadas había escupido plata de sus entrañas, llenando
las arcas de la familia Montero. Primero de don Aurelio Montero, un hombre recto
que trataba a sus trabajadores con dignidad y después de su muerte hace dos años de su esposa, doña Catalina Vega de
Montero. El cambio había sido inmediato. Don Aurelio pagaba salarios justos,
ofrecía descanso los domingos y tenía un médico disponible para los trabajadores
que se lastimaban en los túneles. Pero doña Catalina, doña Catalina solo veía
números en un libro de cuentas. Para ella, los mineros no eran hombres con familias, eran herramientas que se
usaban hasta romperse. Bajo su mando, los turnos se alargaron, los salarios se
recortaron. El médico fue despedido y los accidentes empezaron a multiplicarse. Sebastián
había aguantado todo, solo un poco más, le decía a Margarita cuando llegaba destruido después de 14 horas bajo
tierra. Ya casi juntamos lo suficiente para irnos, pero ese poco más nunca
llegó. El derrumbe se lo llevó primero y ahora Margarita estaba aquí frente a
esta carreta inmunda, mientras doña Catalina tomaba el té en su cazona de cantera rosa sin importarle que hubiera
destruido una familia más. Margarita se quedó de pie junto a la carreta hasta
que el sol empezó a descender. No sabía qué hacer. No podía llevarse la carreta.
¿A dónde? ¿Para qué? No tenía mula para jalarla. No tenía un lugar donde
guardarla. Estaba a punto de darse la vuelta cuando escuchó pasos detrás de ella. Era un hombre viejo, muy viejo,
con el cabello blanco y la espalda encorbada por décadas de trabajo. Vestía ropa de manta gastada y caminaba
apoyándose en un bastón de mezquite. Margarita lo reconoció de inmediato. Era
don Epifanio el capataz que había trabajado para don Aurelio durante 40 años. Margarita, dijo el anciano con voz
ronca, sabía que vendrías. Ella se limpió las lágrimas con el dorso
de la mano. Don Epifanio, ¿qué hace usted aquí? El viejo se acercó
despacio, observando la carreta con ojos que parecían ver más allá de la madera podrida. Vine a asegurarme de que
recibieras lo que te corresponde. Margarita soltó una risa amarga.
Esto, esta basura, esto fue lo que doña Catalina decidió que valían 5 años de mi esposo. Don
Epifanio negó con la cabeza. Doña Catalina no sabe lo que te dio. Margarita frunció el seño, confundida.
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