La sangre tenía un olor distinto cuando era humana.

Más dulce. Más frágil.

Greta lo percibió antes de verlo. El rastro metálico flotaba entre los robles húmedos, mezclado con sudor, fiebre… y algo más. No era solo miedo. Era agotamiento. Rendición.

Llevaba tres días sin cazar nada decente. Su estómago rugía con una furia antigua. Con dos metros y medio de altura, avanzaba en silencio imposible, la piel verdosa fundida con el musgo, los largos brazos apartando ramas como si fueran telarañas.

El bosque era suyo. Lo había sido durante cuarenta años.

Desde que abandonó la aldea de ogros en las montañas del norte. Desde que decidió que la fuerza sin compasión no era fuerza, sino cobardía.

El olor se intensificó.

Lo encontró desplomado contra un tronco caído. Joven. Cabello oscuro pegado a la frente por la fiebre. Una pierna rota en ángulo imposible. Una herida profunda en el costado, la camisa endurecida por sangre seca.

Iba a morir.

Sería rápido, pensó Greta. Misericordioso.

Extendió la mano hacia su cuello.

El hombre abrió los ojos.

Grises. Nublados, pero conscientes.

La miró. Vio los colmillos. La piel verde. Las garras.

Greta esperó el grito.

Siempre gritaban.

Pero él no gritó.

—Por favor… —susurró con voz quebrada, levantando una mano temblorosa—. No dejes que me coman los lobos.

Y se desmayó.

Greta quedó inmóvil, la mano suspendida en el aire.

No había suplicado por vivir.

Solo había pedido no morir así.

Algo incómodo se movió en su pecho.

Gruñó, frustrada.

—Estúpida —murmuró… mientras lo levantaba con cuidado.

Pesaba menos que un saco de grano.

Veinte minutos después cruzaba la cortina de agua que ocultaba su cueva. Lo depositó en su propio lecho de pieles. Lo observó largo rato.

Hambre. Sí.

Pero también curiosidad.

Y algo peor.

Responsabilidad.


La herida del costado estaba limpia, aunque profunda. La pierna requirió más trabajo. Cuando la enderezó, el chasquido del hueso resonó en la cueva. Él gimió incluso inconsciente.

Greta entablilló, vendó, aplicó hierbas. Preparó caldo.

Al anochecer la fiebre subió.

Salió bajo la luna a buscar corteza de sauce, musgo plateado y raíz de sangre. Cuando volvió, él estaba despierto.

Esta vez gritó.

—¡Silencio! —rugió Greta.

El eco retumbó en la piedra.

—Si quisiera matarte, ya estarías muerto.

Él la miró con terror… y dolor.

—Tú eres…

—Una ogra. Sí. Muy observador.

Molió las plantas en un cuenco.

—Esto dolerá.

Y dolió.

Pero no gritó de nuevo.

—Fuerte —comentó ella.

—He tenido peor —jadeó él.

—Lo dudo.

Cuando terminó, Greta lo miró con severidad.

—¿Qué te pasó?

Silencio.

Luego:

—Me traicionaron.

Ella resopló.

—Los humanos siempre lo hacen.

—Mi hermano —dijo él—. Por tierras. Por título. Me empujó por un barranco.

Greta lo observó en silencio.

Había visto ese tipo de ambición antes.

—¿Nombre?

—Damián.

Él sostuvo su mirada.

—¿Y tú?

Hacía décadas que nadie se lo preguntaba.

—Greta.

—Gracias por no matarme, Greta.

Ella gruñó.

—Aún estoy decidiendo si fue un error.

Pero algo en su voz ya no era del todo cierto.


Los días se volvieron rutina.

Greta cazaba. Curaba. Gruñía.

Damián hablaba.

Castillos del este. Entrenamientos. Batallas. Libros.

Al principio ella solo respondía con monosílabos.

Después comenzó a escuchar.

Una noche, mientras cortaba carne, él preguntó:

—¿Por qué vives sola?

El cuchillo quedó suspendido.

—Porque prefiero la soledad.

—¿Siempre fue así?

No.

Había dejado su tribu porque estaba cansada de ver a los débiles aplastados. Cansada de oír que compasión era debilidad.

—Pero tú no crees eso —dijo Damián.

—Te salvé por estupidez.

Él sonrió.

—Gracias por tu estupidez.

Greta sintió, para su horror, que las comisuras de su boca se movían.


Tres semanas después, Damián podía caminar con bastón.

—Pronto me iré —anunció una mañana.

Greta avivó el fuego sin mirarlo.

—Bien.

Esa noche no durmió.

Se había acostumbrado a su voz.

A su respiración.

Al sonido de alguien más en la cueva.

Y eso era peligroso.


Caminaron juntos hasta el borde del bosque.

—Hay una aldea al sur —dijo Greta—. Puedes empezar de nuevo.

Damián miró los campos abiertos.

—No quiero irme.

El corazón de Greta dio un vuelco brutal.

—No puedes quedarte.

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Por reglas que ya abandonaste? ¿O por miedo?

La palabra golpeó fuerte.

—No tengo miedo.

—Sí lo tienes. Miedo de confiar. Miedo de que alguien se acerque lo suficiente como para herirte.

Greta lo fulminó con la mirada.

—¿Y tú qué tienes? Sin título, sin hogar. ¿Qué podrías ofrecer?

—Compañía.

Silencio.

—Alguien que te ve… y no le asusta lo que ve.

Cuarenta años de muros crujieron de golpe.

—No sé hacer esto —admitió ella en voz baja.

—Yo tampoco —dijo él, extendiendo la mano—. Pero podemos aprender.

La mano humana parecía frágil dentro de la suya.

Y, sin embargo, fue lo más firme que había sostenido jamás.

—Si roncas demasiado fuerte, te arrojo por la cascada.

Damián rió.

—Trato hecho.


Regresaron a la cueva.

Construyeron otra cama.

Discutieron por la comida, por el orden, por el tamaño del fuego.

Él aprendió a cazar. Ella aprendió a leer letras trazadas en tierra.

Hubo inviernos y primaveras.

Nunca recuperó su título. Nunca buscó venganza.

Pero una noche de nieve suave, junto al fuego, Damián preguntó:

—¿Te arrepientes de haberme dejado quedarme?

Greta pensó con seriedad.

—Eres molesto. Comes demasiado. Y dejas cosas tiradas.

—Eso no responde.

Ella lo miró.

—No me arrepiento.

Damián sonrió.

Afuera, el bosque dormía bajo blanco silencio.

Dentro, junto a la cascada que jamás se congelaba del todo, dos seres que habían conocido la traición y el abandono compartían calor.

No había castillos.

No había coronas.

No había finales gloriosos.

Solo la certeza tranquila de que, al despertar, el otro estaría allí.

Y para dos almas que habían aprendido a sobrevivir solas, eso era más que suficiente.