Parte 2:

Minh corría sin mirar atrás.

El ruido de la multitud, los gritos, los insultos… todo se desvanecía detrás de él como si pertenecieran a otro mundo. Sus pasos golpeaban el pavimento con desesperación, torpes, acelerados.

—Aguanta… —murmuraba entre dientes—. Solo aguanta un poco más…

Giró en una esquina, casi chocando con una motocicleta. El conductor gritó algo, pero Minh ni siquiera lo escuchó.

Sacó su teléfono con manos temblorosas.


La pantalla mostraba un mensaje abierto:

**“Tenemos menos de una hora. Si no llega a tiempo, no habrá segunda oportunidad.”**

Minh apretó el móvil hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—No voy a fallar… no esta vez…

Dentro de la limusina, el ambiente era completamente distinto.

Silencioso.

Controlado.

Frío.

Linh yacía recostada sobre un asiento de cuero, demasiado grande para su pequeño cuerpo. Su respiración era irregular, casi imperceptible.

Una mujer elegante, de unos cuarenta años, la observaba fijamente.

Sus ojos no eran duros.

Eran… tristes.

—Pulso bajando —dijo uno de los hombres en voz baja.

La mujer asintió.

—Aumenten el oxígeno.

Linh entreabrió los ojos.

—Anh… —susurró de nuevo, más débil que antes—. Tengo miedo…

La mujer se inclinó hacia ella, con una suavidad inesperada.

—No tengas miedo, pequeña… ya casi llegamos…

Pero al decirlo, su voz se quebró apenas.

Minh llegó al hospital jadeando.

Las puertas automáticas se abrieron frente a él como si lo estuvieran esperando.

—¡LLEGÓ! —gritó alguien desde dentro.

Dos enfermeros corrieron hacia él.

—¡Rápido! ¡Por aquí!

Minh apenas podía mantenerse en pie.

—Mi hermana… —intentó decir—. La limusina…

—Ya viene en camino —respondió uno—. Tú eres el donante, ¿verdad?

Minh asintió, sin fuerzas para hablar.

Lo subieron a una camilla.

Las luces del techo pasaban una tras otra sobre su rostro mientras lo empujaban por el pasillo.

Blanco.

Frío.

Infinito.

—¿Estás seguro? —preguntó una voz—. Después de esto… no hay vuelta atrás.

Minh cerró los ojos.

Y por un instante, todo el ruido desapareció.

Solo quedó un recuerdo.

Linh riendo.

Corriendo.

Llamándolo.

—Anh, espérame…

Una lágrima rodó por su sien.

—Siempre te espero… —susurró—. Siempre…

—Estoy listo.

La limusina llegó chirriando frente al hospital.

Las puertas se abrieron de golpe.

—¡Ahora!

Linh fue trasladada a toda prisa.

Su pequeño cuerpo parecía aún más frágil bajo las luces blancas.

La mujer elegante caminaba junto a la camilla, sin apartar la mirada.

—Por favor… —murmuró, apenas audible—. Esta vez… por favor…

Horas después.

El barrio entero de Hoàn Kiếm estaba en silencio.

El sobre con dinero seguía en el suelo, intacto.

Nadie se atrevió a tocarlo.

Las miradas habían cambiado.

La duda… se había convertido en inquietud.

En el hospital, una luz roja seguía encendida sobre la puerta del quirófano.

Tiempo.

Silencio.

Espera.

Hasta que finalmente…

**CLIC.**

La luz se apagó.

La puerta se abrió.

Un médico salió, quitándose la mascarilla.

Todos contuvieron la respiración.

—La cirugía…

Hizo una pausa.

Esa pausa que parece eterna.

—…fue un éxito.

El aire volvió a los pulmones de todos al mismo tiempo.

La mujer elegante se cubrió la boca, rompiendo en llanto.

Pero Minh…

no estaba ahí para escuchar.

Habitación 307.

Linh abrió los ojos lentamente.

La luz de la mañana entraba suave por la ventana.

Por un momento, no entendió dónde estaba.

Ni qué había pasado.

—¿Anh…?

Su voz era apenas un hilo.

Nadie respondió.

La puerta se abrió.

Minh entró.

Pálido.

Débil.

Pero de pie.

Linh lo miró… y sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—¡Anh!

Minh sonrió.

Esa sonrisa cansada, rota… pero llena de amor.

Se acercó despacio y se sentó junto a ella.

—Ya pasó todo… —susurró—. Estás bien.

Linh extendió sus brazos.

Y Minh la abrazó.

Fuerte.

Con cuidado.

Como si ese momento fuera lo único que realmente importaba en el mundo.

—Pensé… que no volvería a verte… —sollozó ella.

Minh cerró los ojos, apoyando su frente contra la de ella.

—Siempre voy a estar contigo…

El monitor cardíaco marcaba un ritmo firme.

Constante.

Vivo.

Fuera de la habitación, la mujer elegante observaba en silencio.

Esta vez, sus lágrimas no eran de dolor.

Eran de alivio.

Porque nadie en ese barrio había entendido la verdad…

Pero eso ya no importaba.

Lo único que importaba…

era ese abrazo.

Y el latido que ahora compartían.

**FIN**