La familia de su marido la echó con una mala vieja y un caballo. Lo que no sabían es que ese caballo la llevaría exactamente a donde necesitaba estar y lo que la esperaba al final del camino iba a dejarlos a todos sin palabras.
Su nombre era Silvana. Silvana Dueñas de Montiel, viuda a los 24 años, con casi 8 meses de embarazo y una familia política que no había esperado ni que se secara la tierra sobre la tumba de su marido para decirle que ya no era bienvenida. Ernesto Montiel había muerto de un golpe en la cabeza. Cayó del tejado que estaba reparando un martes de octubre. solo, sin que nadie lo viera caer.
Lo encontraron al atardecer. Para cuando llegó el médico del pueblo, ya no había nada que hacer. Silvana no pudo ni gritar cuando se lo dijeron. Solo se quedó parada en la entrada de la casa con las manos sobre el vientre y el mundo girando a su alrededor sin que ella pudiera detenerlo. Tenía 7 meses de embarazo. Ernesto llevaba semanas diciéndole que se cuidara, que descansara. que él se encargaba de todo. Él se encargó de morirse. Los Montiel eran familia de rancho, de esas que tienen tierra y apellido y creen que con eso basta para ser más que los demás.
Don Rosendo, el suegro, era hombre de pocas palabras y menos sentimientos. Doña Amparo, la suegra, era de las que sonríen en la cara y clavan el cuchillo por la espalda. Los cuñados, Héctor y Bulmaro, nunca habían querido bien a Silvana desde el primer día, porque Ernesto la había traído de fuera, de un pueblo chico a 2 horas de distancia, sin pedir permiso a nadie. Tres semanas después del entierro, doña Amparo entró al cuarto donde Silvana dormía, puso una silla junto a la cama y se sentó con esa manera suya, de quien ya decidió todo antes de abrir la boca.
Esta casa va a necesitar el cuarto”, dijo. Héctor se casa en enero. Silvana la miró. Estoy embarazada, doña Amparo. Lo sé. Por eso te digo con tiempo. No hubo más palabras, no hubo explicación, no hubo disculpa, no hubo nada, solo esa voz fría y esa silla arrimada a la cama, como si la conversación ya estuviera terminada antes de empezar. Silvana tardó 4 días en recoger sus cosas. No había mucho. La ropa cabía en la maleta vieja de cartón que había traído cuando se casó.
Algunas fotos de Ernesto, su rosario, una cobija de lana que su madre le había dado de recuerdo. Doña Amparo no salió a despedirla. Don Rosendo tampoco. Bulmaro le alcanzó las riendas del caballo en el patio sin mirarla a los ojos. El alzán era de Ernesto, dijo no más, y se metió a la casa. El caballo se llamaba Lucero. Era alán, de crin oscura, manso pero fuerte, con esa manera tranquila de los animales que han sido bien tratados.
Ernesto lo quería mucho, lo cepillaba todas las mañanas antes de salir al trabajo y le hablaba en voz baja como si el caballo entendiera cada palabra. Silvana le puso la maleta en el lomo, a Tobi en los costales y montó despacio con esa dificultad que da el embarazo de 8 meses hasta quedar sentada con el vientre por delante y las riendas en la mano. Miró la casa de los Montiel una última vez, las paredes de adobe encalado, el portón de madera, las macetas de doña Amparo alineadas en el corredor.
No sintió rabia. sintió algo más pesado que la rabia, algo que no tiene nombre, pero que se asienta en el pecho y no se mueve fácil. Luego jaló suavemente las riendas y Lucero empezó a caminar. El camino que Silvana tomó no era el que iba al pueblo, era el otro, el que subía hacia el norte por la falda del cerro, el que la gente de San Isidro Labrador casi no usaba porque llevaba a un lugar que casi nadie visitaba.
Llevaba a la casa de Nana Concha. Concepción Shitle Ruiz. Así se llamaba la abuela de Ernesto por parte de padre, aunque en el rancho nadie la llamaba por su nombre completo. Para los Montiel era la vieja india, dicho siempre en voz baja, con ese desprecio que no necesita gritos para hacer daño. Don Rosendo era hijo de ella, pero lo había borrado de su historia como quien arranca una página de un libro. Decía que su madre había muerto cuando era niño.
Era mentira. Nana Concha vivía a tres horas de camino hacia el cerro, en una casa pequeña que había construido con sus propias manos décadas atrás, cuando los Montiel la habían apartado de su propio hijo porque avergonzaba al apellido. Ernesto la había conocido de grande por accidente cuando un arriero del cerro le mencionó que había una vieja ruiz viviendo sola en la loma norte. Fue a buscarla por curiosidad y encontró a su abuela. Desde entonces la visitaba en secreto, sin decirle a nadie de la familia, y la había llevado a conocer a Sylvana dos años antes de morir.
Silvana no había olvidado ese encuentro. Nana Concha tenía 70 y tantos años, espalda recta a pesar de todo, cabello blanco trenzado con listones de color, ojos oscuros y vivos que miraban sin rodeos. Hablaba español con el acento suave de quien creció hablando zapoteco y aprendió el otro idioma después. Cuando Ernesto la presentó, Nana Concha la había mirado un momento largo y luego le había tomado las manos sin pedir permiso. “Tú vas a estar bien”, le había dicho.
“Mi nieto eligió bien.” Silvana no sabía por qué se acordaba de eso ahora, pero se acordaba. El camino subía entre mesquites yes con el cerro a la derecha y el valle abierto a la izquierda. El sol de la mañana pegaba de lado, tibio todavía, haciendo brillar el pasto seco. Lucero caminaba sin apuro, pisando firme en el camino de tierra, y Sylvana lo dejaba ir a su ritmo con las manos flojas en las riendas. El vientre pesaba. La maleta golpeaba suave contra el lomo del caballo con cada paso.
Silvana llevaba una mano en las riendas y la otra apoyada sobre el vientre, sintiendo al bebé moverse, ese movimiento que en los últimos días se había vuelto más fuerte, más insistente, como si el bebé también supiera que algo estaba pasando. Llegó a la casa de Nana Concha pasado el mediodía. Era una construcción pequeña de adobe y piedra con techo de teja café y un corredor angosto al frente donde colgaban manojos de hierbas secas, chile ancho, epazote, ramas de romero.
Un perro café dormía en el umbral. En el patio había un huerto ordenado con hileras de quelite, cilantro y jitomate, y más al fondo un árbol de tejocote grande con la sombra bien repartida. Nana Concha estaba sentada en el corredor tejiendo. Cuando escuchó los cascos de lucero, levantó la vista. No se sorprendió, solo dejó el tejido en el regazo y esperó. Silvana desmontó despacio. Le costó más de lo que esperaba con el vientre así de grande y tuvo que apoyarse en el lomo del caballo para no perder el equilibrio.
Cuando tuvo los pies en el suelo, se quedó parada frente al portón con la maleta en la mano, sin saber bien qué decir. Nanaconcha se levantó, cruzó el patio despacio, abrió el portón y la miró. Miró el vientre, miró la maleta, miró los ojos de Silvana que tenían ese rojo de quien ha llorado mucho y ya no le quedan lágrimas. Ya sé, dijo Nana Concha en voz baja. Ya supe lo de Ernesto. Silvana abrió la boca, pero no salió nada.
Entra, dijo la vieja. El caballo va al lado con el mío. Adentro la casa era pequeña, pero ordenada. Una sala con dos sillas de madera y un banco largo. Una cocina con estufa de leña y trastes colgados en la pared. Un cuarto al fondo con la cama bien tendida, todo limpio, todo en su lugar, con ese orden de quien vive solo y cuida lo poco que tiene porque sabe lo que cuesta tenerlo. Nana Concha puso agua a hervir, hizo té de manzanilla con miel, lo sirvió en dos tazas de barro y se sentó frente a Silvana en la silla de enfrente.
¿Te echaron? Preguntó directo sin rodeos. Me dijeron que necesitaban el cuarto, respondió Silvana. Nana Concha asintió despacio, no con sorpresa, con ese gesto de quien ya conoce esa historia, porque la vivió primero. Los Montiel son así desde siempre, dijo. Usan a la gente y luego la sacan como se saca la basura. A mí me hicieron lo mismo. Silvana bebió el té, estaba caliente y dulce, y le asentó en el estómago vacío. No tengo a dónde ir, Nana Concha, dijo.
Mi familia está lejos y no tengo dinero para el camino. Solo tenía a Ernesto. La vieja la miró un momento. Aquí te quedas, dijo. El cuarto es tuyo. El bebé nace aquí si hace falta. No fue una pregunta. No fue una oferta que esperara. agradecimiento fue una declaración como todas las cosas que decía Nana Concha, directa y firme como ella. Silvana sintió que algo se rompía por dentro, pero de esa manera buena en que se rompen las cosas que estaban muy apretadas.
Asintió sin hablar. Los días que siguieron fueron de una calma extraña. La calma de dos mujeres que han perdido mucho y aprendieron a no desperdiciar lo que queda. Silvana se despertaba con la luz del amanecer. cuando el cerro todavía olía a tierra húmeda de la noche y los pájaros empezaban a moverse en el tejocote. Nana Concha ya estaba levantada siempre antes que el sol, atizando la lumbre con esa manera suya de hacer las cosas sin prisa y sin ruido.
El café de olla burbujeaba en la estufa de leña, el olor llenaba la casa pequeña y salía por la puerta entreabierta hasta el corredor. desayunaban juntas sin hablar mucho. No era un silencio incómodo, era el silencio de dos personas que ya no necesitan llenar el aire de palabras para sentirse acompañadas. Después del desayuno, Nana Concha le enseñó a Silvana las hierbas del huerto, cuál servía para qué, cómo se preparaba el té para los dolores del embarazo? ¿Qué hoja se ponía en el vientre cuando el bebé venía mal acomodado?
¿Cómo se hacía el baño de vapor con hierba santa? para aliviar el cansancio de los últimos meses. Hablaba de esas cosas con esa autoridad tranquila de quien aprendió de su propia abuela y de la abuela de su abuela. Un conocimiento que los Montiel nunca habían querido ver porque venía envuelto en lenguas apoteca y manos morenas. Silvana escuchaba todo. Aprendía. Aprendió también a leer el tiempo mirando el cerro, cómo se ponían las nubes cuando iba a llover, qué olor traía el viento del norte.
Aprendió a preparar el nixta mal en la madrugada para que las tortillas quedaran bien. Aprendió a curar la pata de lucero cuando le dolía una delantera usando una cataplasma que Nana Concha hacía con barro y hoja de sábila. Por las tardes, Silvana ayudaba en el huerto. Se ponía en cuclillas con dificultad. el vientre enorme y los pies hinchados y desciervaba despacio con esa terquedad de quien necesita sentir que todavía puede hacer algo útil. Nana Concha la miraba sin decir nada, pero de vez en cuando le acercaba una piedra plana para que se sentara a descansar.
Por las noches se sentaban en el corredor. Nana Concha tejía. Silvana remendaba ropa o simplemente se quedaba con las manos en el vientre mirando el cielo que en el cerro se veía más grande y más lleno de estrellas que en ningún otro lugar que hubiera conocido. Hablaban de Ernesto. Nana Concha lo recordaba de niño antes de que don Rosendo la borrara de su vida. recordaba cómo corría al cerro a buscar lagartijas, cómo le gustaba el tejocote con chile, cómo preguntaba por qué las estrellas no se caían.
Contaba esas cosas en voz baja con una sonrisa que le cambiaba el rostro y Silvana escuchaba y lloraba sin ruido, porque era la única manera que tenía de seguir conociéndolo ahora que ya no estaba. Fue en una de esas noches que Nana Concha dejó el tejido en el regazo y se quedó mirando el campo un tiempo largo sin decir nada. Silvana la miró. Está bien, Nana. La vieja no respondió de inmediato. Parecía estar tomando una decisión que llevaba mucho tiempo postergando.
Ernesto vino a verme, dijo por fin. Tres semanas antes de morir, Silvana se quedó quieta. Vino solo, a escondidas como siempre, pero esa vez estaba diferente. Más callado, me dijo que tenía un presentimiento, que sentía que algo iba a pasar y que quería asegurarse de que tú estuvieras protegida si él ya no estaba. El corazón de Syvana latió distinto. Me dejó algo, continuó Nana Concha. dijo que si él moría antes de que naciera el bebé, yo tenía que dártelo solo a ti.
Nadie más. Se levantó despacio, entró a la casa. Silvana escuchó sus pasos en el cuarto del fondo, el ruido de algo moviéndose, madera arrastrándose. Cuando Nana Concha volvió, traía en las manos una caja de metal, no grande, del tamaño de una caja de zapatos, pintada de negro y cerrada con un candado pequeño. La puso en la mesa entre las dos. La llave, dijo Nana Concha me la dejó también. sacó del bolsillo del delantal una llave pequeña de hierro oscuro atada con un hilo de lana roja.
Silvana miró la caja, miró la llave, las manos le temblaban cuando la tomó. ¿Usted sabe qué hay adentro?, preguntó. No, respondió Nana Concha. Ernesto dijo que era entre él y tú. Silvana introdujo la llave. El candado abrió con un click suave. Levantó la tapa. Adentro había papeles doblados con cuidado, un sobre cerrado con su nombre escrito a mano con la letra de Ernesto y debajo de todo una libreta pequeña de pasta verde. Tomó el sobre primero, lo abrió despacio.
Era una carta, tres páginas llenas de esa letra suya, apretada y derecha, que Silvana conocía de memoria. la leyó en silencio. Nana Concha no preguntó nada, solo esperó con las manos juntas en el regazo. Cuando Silvana terminó de leer, tenía las mejillas mojadas y los labios apretados. Dobló las páginas con cuidado, las guardó en el sobre y lo apretó contra el pecho un momento. ¿Qué dice?, preguntó Nana Concha en voz muy baja. Silvana respiró hondo. Dice que me amaba, respondió, y dice que me dejó la tierra.
Nana Concha frunció el ceño. Qué tierra. Silvana tomó los papeles que estaban debajo del sobre, los desplegó sobre la mesa. Eran documentos, escrituras, hojas con sellos oficiales y firmas. Los fue leyendo despacio con la mano temblando. Ernesto había comprado tierra, no mucha, pero tierra propia a su nombre, pagada en silencio durante 3 años con el dinero que ahorraba del trabajo, sin decirle nada a su familia. 42 hactáreas en la loma norte colindando con el terreno de Nana Concha, tierra buena, con agua de arroyo y monte aprovechable, y estaba a nombre de Silvana.
Él lo había hecho así desde el principio, con un notario de la ciudad, lejos de los ojos de don Rosendo. En la libreta verde estaban los contactos, el nombre del notario, el número de la escritura, el nombre del banco donde había una cuenta con dinero suficiente para construir. Silvana cerró la libreta, miró a Nana Concha. Sabía dijo con la voz rota. sabía que algo podía pasarle y lo preparó todo para que yo no me quedara sin nada.
Nana Concha asintió despacio. En sus ojos oscuros había algo que era orgullo y dolor al mismo tiempo. “Mi nieto era buen hombre”, dijo. “Los Montiel nunca lo merecieron. El bebé nació 22 días después. Fue de madrugada con una tormenta afuera que sacudía el tejado y llenaba el cerro de truenos. Nana Concha fue la partera. Lo había sido antes, muchas veces con mujeres del cerro que no tenían a dónde ir cuando llegaba la hora. Sus manos sabían lo que hacían.
Se movían con esa calma que da el conocimiento verdadero, sin apuro, sin miedo. Silvana no gritó, apretó los dientes y la mano de Nana Concha y empujó cuando la vieja le dijo que empujara. Cuando el bebé llegó al mundo, el trueno más grande de la noche retumbó en el cerro como si el cielo también quisiera anunciarlo. Fue niño. Lo llamaron Ernesto Shochitl Montiel. El primer nombre era del padre. El segundo era de la abuela que lo recibió en el mundo con las manos morenas y el corazón entero.
El tercero era el apellido que la familia había querido borrar y que ahora volvía grabado en una vida nueva. Los meses que siguieron fueron de trabajo y de construcción. Silvana fue al pueblo con las escrituras y la libreta verde. El notario confirmó todo. La tierra era suya con papeles limpios y firma del difunto Ernesto Montiel, registrada antes de su muerte. No había nada que los Montiel pudieran hacer contra eso, aunque quisieran. Y quisieron. Ton Rosendo apareció un día con Héctor y Bulmaro en una camioneta levantando polvo en el camino del cerro.
Bajaron con ese aire de hombres acostumbrados a que las cosas se resuelvan como ellos dicen. Don Rosendoni saludó. Fue directo. Esa tierra era de Ernesto. Dijo parado frente al portón. Y Ernesto era Montiel. Nos pertenece. Silvana estaba en el corredor con el bebé en brazos. No se movió. “La tierra está a mi nombre, don Rosendo,” respondió con la voz tranquila. Desde hace 3 años. Aquí están los papeles si quiere verlos. Él no los miró. Un abogado va a decir otra cosa, amenazó.
“Puede buscar todos los abogados que quiera”, dijo Silvana. “El notario es de la ciudad. Los registros están en orden. Ernesto lo hizo bien. Don Rosendo la miró con esa cara suya de quien no está acostumbrado a que le digan no. Luego miró la casa, el huerto, el cerro. Miró a Nana Concha, que estaba de pie junto a Silvana sin decir nada, con los brazos cruzados y los ojos fijos en él. Fue la primera vez en décadas que don Rosendo vio a su madre.
Algo pasó en su cara, algo que duró solo un segundo y que no era exactamente arrepentimiento, pero se le parecía. Luego se le borró. Esto no se va a quedar así, dijo, y se subió a la camioneta. Pero sí se quedó así. El abogado que mandaron no encontró nada que impugnar. Los documentos eran perfectos. El notario declaró que Ernesto Montiel había firmado en pleno uso de sus facultades y con pleno conocimiento de lo que hacía. La tierra era de Sylvana, el dinero del banco era de Syvana, no había vuelta de hoja.
Seis meses después, con el pequeño Ernesto ya cargando en el reboso y nana Concha a su lado, Silvana comenzó a construir. Fue poco a poco con el dinero que Ernesto había guardado, contratando gente del cerro que necesitaba trabajo y no hacía preguntas de más. Primero, una casa nueva junto a la de Nana Concha, más grande, con cuartos para los dos y un corredor amplio donde el bebé pudiera gatear. Luego un gallinero, luego un pequeño establo para lucero y la mula vieja de Nana Concha.
Luego empezaron a trabajar la tierra. Nana Concha sabía de siembras, sabía que daba bien en esa loma, que pedía el suelo, cómo se leía el tiempo mirando el cielo. Le enseñó a Silvana como le había enseñado todo lo demás, despacio, con paciencia, sin esconder nada. Al año la parcela daba maíz, frijol y quite. Al segundo año, Silvana abrió un pequeño comercio en el pueblo vendiendo hierbas medicinales y remedios que Nana Concha preparaba con ese conocimiento antiguo que los Montiel nunca habían querido ver.
La gente del pueblo compró primero con desconfianza, luego con fidelidad, porque los remedios funcionaban y las dos mujeres del cerro cobraban justo y trataban bien. Fue una tarde de mercado, casi dos años después de que Silvana había salido de la casa de los Montiel con una maleta vieja y un caballo, cuando vio a doña Amparo. La suegra estaba en el mercado comprando jitomate. Se veía diferente, más vieja. más encorbada con esa manera de moverse de quien carga algo pesado que no se ve.
Cuando levantó la vista y vio el puesto de Sylvana, se quedó paralizada. Silvana la miró. No sintió rabia, no sintió satisfacción tampoco, solo sintió esa distancia tranquila de quien ya dejó atrás algo que antes le dolía mucho. Doña Amparo se acercó despacio, miró al pequeño Ernesto que dormía en el reboso. Lo miró un tiempo largo con los ojos húmedos. “Se parece a él”, dijo en voz muy baja. “Sí”, respondió Sylvana. El silencio que siguió fue largo. Doña Amparo abrió la boca una vez, la cerró, la volvió a abrir.
¿Cómo se llama? Ernesto, dijo Silvana. Ernesto Chochitl. Doña Amparo frunció el seño al escuchar el segundo nombre, ese apellido indígena que los Montiel siempre habían rechazado. Pero no dijo nada, solo asintió despacio y se alejó sin comprar nada. Silvana la vio irse. Luego bajó los ojos al bebé dormido y pensó en Ernesto, en la caja de metal, en la carta de tres páginas, en las escrituras escondidas, en todo lo que él había hecho en silencio para que ella no se quedara sola.
Pensó en Nana Concha tejiendo en el corredor, en el huerto ordenado, en lucero pastando en el potrero nuevo, en la vida que habían construido las dos, una viuda de 24 años y una anciana indígena rechazada por su propia sangre en ese cerro que nadie quería y que ahora era todo. y entendió lo que Ernesto había entendido antes de morirse, que a veces el amor más grande no se demuestra quedándose, se demuestra preparando el camino para cuando ya no estés.
y que las dos personas que su familia había descartado, su esposa y su abuela, eran exactamente las que merecían quedarse con todo. Dicen en San Isidro Labrador que la parcela de la Loma Norte es la más bonita del cerro, con su huerto florido y su casa de adobe bien cuidada. Dicen que doña Silvana nunca vendió a Lucero, que el caballo murió viejo y bien querido en su propio potrero. Y dicen que el pequeño Ernesto Shochitl creció hablando español y zapoteco, aprendió de su bisabuela concha los nombres de todas las hierbas del cerro y que cuando
alguien le preguntaba de dónde venía su fuerza, siempre respondía lo mismo, de dos mujeres que nadie quería y que resultaron ser las más importantes del mundo. Don Rosendo nunca volvió a dar explicaciones. Mandó un abogado de la ciudad que llegó con maletín negro y cara de pocos amigos. Revisó los documentos en silencio, los dobló y los guardó. Se fue sin dejar recado. Bulmaro y Héctor tampoco aparecieron. El silencio de los Montiel fue su única respuesta. Y Sylvana aprendió a leer ese silencio como lo que era, la derrota de quien sabe que perdió, pero no puede decirlo en voz alta.
En el pueblo la historia corrió, como corren todas las historias en los pueblos chicos, de boca en boca, con detalles que cambiaban según quien la contara, que la nuera de don Rosendo tenía tierras propias, que Ernesto las había comprado en secreto, que la vieja india del cerro había resultado ser la abuela del difunto, que los Montiel habían echado a una mujer embarazada y ahora ella prosperaba sola en la loma norte. Nadie dijo nada directamente a Silvana, pero cuando iba al mercado, la gente la saludaba diferente con ese respeto callado que se le tiene, a quien aguantó lo que no debía aguantar y siguió de pie.
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