
Cuando Luciana cayó en ese pasillo, su mundo se detuvo, pero las manos que
atraparon a su bebé pertenecían al hombre más poderoso de la ciudad, y ese
segundo cambiaría sus vidas para siempre. El sol apenas comenzaba a
asomarse entre los edificios grises del barrio cuando Luciana abrió los ojos con
un sobresalto. El llanto de Mateo resonaba en la pequeña habitación como
un recordatorio doloroso de la realidad que enfrentaba cada mañana. se levantó
rápidamente, ignorando el cansancio que pesaba sobre sus hombros como una carga
invisible, y caminó hacia la cuna improvisada que había armado con cajas de madera y mantas donadas. “Ya voy, mi
amor, ya voy!”, susurró con voz quebrada mientras levantaba al pequeño entre sus
brazos. Mateo tenía hambre como siempre a esa hora y ella sabía que el último
biberón de leche en polvo estaba llegando a su fin. La habitación donde
vivían era apenas suficiente para llamarla hogar. Las paredes mostraban
manchas de humedad que parecían mapas de países imaginarios. Y el colchón en el
suelo era todo lo que quedaba de los muebles que alguna vez compartió con su esposo. Pero eso había sido antes, antes
del accidente, antes de que su mundo se derrumbara como un castillo de naipes
bajo la lluvia. Luciana preparó el biberón con las últimas cucharadas de leche en polvo, estirando la mezcla con
más agua de lo recomendado. Sabía que no era lo ideal, pero era todo lo que tenía
hasta que consiguiera algo de dinero. Mientras Mateo bebía con desesperación,
ella revisó el monedero gastado que guardaba bajo el colchón. Contó las
monedas una, dos, tres veces, como si el número pudiera cambiar mágicamente. No
cambió. Tenemos que salir, mi cielo. Le dijo a Mateo con una sonrisa forzada que
no alcanzaba sus ojos. Mamá va a conseguir trabajo hoy, ya lo verás. se
vistió con la ropa más presentable que tenía, aunque las costuras comenzaban a ceder y la tela mostraba señales de
demasiados lavados a mano. Colocó a Mateo en el cargador de tela que había
aprendido a hacer con tutoriales gratuitos, asegurándolo contra su pecho,
donde podía sentir los latidos de su corazón. Ese pequeño ser era su razón
para levantarse cada mañana, su motivo para seguir luchando cuando todo parecía
perdido. La calle estaba comenzando a llenarse de vida cuando salió del
edificio deteriorado donde rentaba esa habitación diminuta. Vendedores ambulantes preparaban sus puestos, el
aroma del café mezclándose con el humo de los autobuses y el sonido de la
ciudad despertando. Luciana caminó con determinación, aunque sus zapatos
gastados le causaban ampollas que había aprendido a ignorar. Su primera parada
fue en una pequeña panadería donde había visto un anuncio de empleo días atrás.
El dueño la miró de arriba a abajo cuando entró, su mirada deteniéndose en Mateo con evidente desaprobación.
“No contratamos madres con bebés”, dijo sin siquiera preguntarle su nombre. Los
niños son una distracción. Luciana sintió el golpe de esas palabras como un
puñetazo en el estómago, pero mantuvo la compostura. Entiendo, gracias por su
tiempo. Visitó seis lugares más esa mañana. Una tienda de ropa, un
restaurante, una oficina, una farmacia. En cada lugar la respuesta era la misma.
Demasiado joven, sin experiencia reciente. El bebé sería un problema. Las
excusas variaban, pero el rechazo era constante como una melodía cruel que se
repetía sin cesar. Para el mediodía, Luciana sentía que sus piernas apenas
podían sostenerla. Mateo había comenzado a inquietarse y ella sabía que pronto
necesitaría comer de nuevo. El estómago de ella misma rugía con un hambre que
había aprendido a silenciar, pero el de su hijo no podía esperar. Fue entonces
cuando vio el supermercado. El mercado central San Rafael era uno de esos
establecimientos grandes que normalmente evitaba porque los precios estaban fuera
de su alcance. Pero ese día un cartel en la entrada anunciaba ofertas especiales
y Luciana pensó que tal vez, solo tal vez podría comprar algo de comida con
las pocas monedas que le quedaban. Entró con cautela, sintiendo inmediatamente la
diferencia de temperatura. El aire acondicionado era un lujo que había
olvidado que existía. Los pasillos brillaban bajo luces fluorescentes y los
estantes rebosaban de productos que parecían pertenecer a otro mundo, un
mundo al que ella no tenía acceso. Caminó lentamente, calculando
mentalmente el precio de cada artículo. Una lata de fórmula para bebé costaba
más de lo que tenía para toda la semana. Un paquete de pañales era un sueño
imposible. Incluso las ofertas estaban fuera de su alcance. Mientras avanzaba
por el pasillo de frutas y verduras, Luciana notó que algunas personas la
miraban con curiosidad, otras con lástima, apenas disimulada. podía sentir
sus ojos sobre ella, juzgando su ropa gastada, su cabello que no había tenido
tiempo de arreglar adecuadamente, el bebé que llevaba en el pecho como un estandarte de su situación desesperada.
Fue en ese momento cuando escuchó una voz detrás de ella. Disculpe, señora.
Luciana se volteó para encontrarse con un hombre de traje impecable. Su expresión era seria, casi severa, y ella
sintió un escalofrío de aprensión recorriendo su espalda. “Sí”, respondió
con voz apenas audible. “Soy Ernesto Campos, gerente de este establecimiento”, dijo el hombre con un
tono que dejaba claro que consideraba su presencia como algo que debía explicarse. “He notado que lleva
bastante tiempo caminando por los pasillos sin comprar nada. Luciana sintió que el calor subía a sus
mejillas. Yo estaba mirando las ofertas. Entiendo, respondió Ernesto con una
sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Pero este es un establecimiento comercial, no
un refugio para personas sin recursos. Si no va a comprar algo, le pediría que
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