Nadie quiso quedarse al lado de la mujer enferma hasta que un millonario soltero tocó a su puerta. Mariana López tenía 35

años y cada mañana llegaba puntual supermercado donde trabajaba desde hacía

más de 10 años. Vivía en un departamento pequeño con su mamá, doña Rosa, en una

colonia tranquila de la ciudad. Su vida no era complicada, pero tampoco era emocionante. Se levantaba a las 6,

preparaba café, dejaba listo el desayuno para su mamá y salía con su uniforme limpio y bien planchado. Caminaba tres

cuadras hasta la parada del camión y siempre llevaba el cabello recogido en una coleta sencilla. No usaba maquillaje

llamativo, solo un poco de brillo en los labios y nada más. En el supermercado todos la conocían porque era amable con

cada cliente, sin importar si compraban una botella de agua o el carrito lleno para toda la semana. Siempre decía

buenos días mirando a los ojos y siempre despedía a la gente deseándoles que les fuera bien. Algunos clientes ya pedían

pasar a su caja porque sabían que con ella todo era rápido y sin problemas, pero no todos la trataban con el mismo

respeto. En el área de empleados, durante la hora de comida, las cosas eran diferentes. Erika, otra cajera de

su edad, era la que más hablaba. Erika era más llamativa, siempre llevaba uñas

largas y pintadas, hablaba fuerte y le gustaba que la escucharan. Desde hacía

tiempo había tomado la costumbre de hacer comentarios sobre la vida de Mariana frente a los demás, que si

todavía vivía con su mamá, que si nunca la habían visto con un novio, que si ya se le estaba yendo el tren. Algunos

compañeros se reían por quedar bien, otros solo bajaban la mirada. Mariana fingía que no le afectaba. Seguía

comiendo su comida en silencio y revisaba su celular aunque no tuviera mensajes nuevos. Por dentro sentía un

nudo en el estómago cada vez que escuchaba esas palabras, pero nunca respondía. No quería problemas. No

quería que la señalaran más de lo que ya lo hacían. Esa mañana en particular, mientras acomodaba su fondo de caja y

contaba el dinero antes de abrir, escuchó a dos jóvenes de cajas cercanas hablar de ella sin disimulo. Decían que

era increíble que alguien tan tranquila no hubiera encontrado a nadie, que tal vez era demasiado seria, que a los

hombres no les gustaban las mujeres aburridas. Mariana respiró hondo y siguió colocando las monedas en su

lugar. Se repetía que no tenía que demostrarle nada a nadie, que su vida no era una competencia. Aún así, cuando

levantó la vista y vio su reflejo en la pantalla apagada del monitor, por un segundo se preguntó si de verdad había

algo mal en ella. El día avanzó con la rutina de siempre. Señoras preguntando por ofertas, niños pidiendo dulces en la

fila, adultos mayores contando monedas con paciencia. Mariana ayudaba a todos con la misma calma. Cuando una clienta

olvidó su tarjeta, ella guardó su compra y la tranquilizó, diciendo que podía regresar más tarde sin problema. Cuando

un señor se quejó por el precio de un producto, Mariana llamó al supervisor sin levantar la voz. Esa era su forma de

trabajar, sin dramas, sin discusiones. Y aunque muchos alabar a su paciencia, en

el fondo sentía que nadie veía el esfuerzo que hacía para mantenerse firme. Al salir del turno se encontró

con Erikaa en la puerta del supermercado. Erikaa la miró de arriba a abajo y soltó una sonrisa que no era

amable. le dijo que el sábado habría una fiesta en casa de un amigo y que seguramente Mariana no iría porque esas

cosas no eran para ella. Mariana respondió que tenía otros planes, aunque no era cierto. Solo quería irse a casa y

descansar. Mientras caminaba hacia la parada del camión, escuchó las risas a su espalda. Esa risa la acompañó todo el

camino. En casa, doña Rosa notó que su hija estaba más callada de lo normal. Le

preguntó si algo pasaba y Mariana dijo que no. que solo estaba cansada, cenaron

juntas frente al televisor viendo una novela. Doña Rosa habló de una vecina que se había comprometido y comentó que

cada persona tiene su tiempo. Mariana asintió sin decir mucho. No quería preocupar a su mamá con lo que escuchaba

todos los días en el trabajo. Antes de dormir se quedó mirando el techo de su cuarto. Pensó en su vida, en lo que

había hecho hasta ahora. No había viajado mucho, no tenía grandes ahorros,

no tenía pareja, pero tenía trabajo, tenía salud y tenía a su mamá. Aún así,

sentía que le faltaba algo que no sabía cómo nombrar. A la mañana siguiente, volvió al supermercado como siempre. El

gerente anunció que habría cambios en la organización de las cajas porque esperaban más clientes esa semana.

Mariana aceptó el turno de la tarde sin quejarse. Erika comentó en voz alta que, claro, que Mariana no tenía nada más que

hacer, que por eso siempre aceptaba horarios extras. Varias personas rieron otra vez. Mariana sonríó como si no le

importara, se colocó detrás de su caja y comenzó a pasar los productos con la misma dedicación de siempre. Mientras

trabajaba, una niña pequeña le regaló un dibujo que había hecho en la escuela. Era un corazón rojo y decía, “Gracias

por ser buena.” Mariana sintió un calor en el pecho y guardó el papel en su bolsa. Ese pequeño gesto le recordó que

su forma de ser sí tenía valor, aunque otros no lo vieran. Sin embargo, apenas

terminó el turno, volvió a escuchar un comentario sobre su soltería. Esa vez fue más directo. Uno de los empacadores

le preguntó si no se sentía sola en las noches. Mariana respondió con calma que no estaba sola, que tenía a su familia y

amigos. Pero cuando llegó a su cuarto esa noche, el silencio se sintió más pesado que de costumbre. Así pasaban los

días para Mariana: trabajo, casa, comentarios que dolían, pequeños

momentos que le daban fuerza. Ella seguía creyendo que su historia no estaba completa, que algo tenía que

cambiar en algún momento. No sabía cuándo ni cómo, pero dentro de ella había una voz que le decía que no todo

estaba escrito. Mientras tanto, seguía levantándose temprano, poniéndose el

uniforme y sonriendo a cada cliente como si cada día fuera una nueva oportunidad,

aunque todavía no supiera para qué. El miércoles llegó más pesado que otros días. Desde que Mariana puso un pie en

el supermercado, sintió esas miradas que ya conocía. No era imaginación suya, era

esa mezcla de curiosidad y burla que algunos compañeros no sabían disimular. Se acomodó el gafete con su nombre y

respiró profundo antes de sentarse en la caja número cuatro. Apenas habían pasado 20 minutos cuando Erikaa apareció con su

café en la mano, caminando despacio como si estuviera en pasarela. se apoyó en la caja de Mariana y le preguntó en voz

alta si ya tenía planes para el fin de semana o si otra vez se iba a quedar viendo películas con su mamá. Dos

cajeras soltaron una risa corta. Mariana respondió que aún no sabía, que dependía

del turno que le asignaran. Erika hizo un gesto exagerado y dijo que claro que cuando una no tiene novio siempre está

disponible. Mariana siguió pasando los productos sin mirarla. En la hora de comida las cosas empeoraron. El comedor

de empleados era pequeño, con mesas de plástico y un microondas que siempre estaba ocupado. Mariana se sentó en la

esquina con su recipiente de arroz y pollo. No habían pasado ni 5 minutos cuando Erika y dos más se sentaron

frente a ella. Sin preguntarle nada, empezaron a hablar del primo de una de ellas que se iba a casar. Comentaron el

vestido, el salón, el anillo. De pronto, Erika miró directo a Mariana y dijo que