El millonario llegó a casa sin avisar, justo a la hora del almuerzo, y lo que

vio hizo que su mundo se derrumbara. Rodrigo Beltrán no solía volver a casa a

esa hora, pero ese día algo en su cabeza le dijo que sí. Cerró su computadora

portátil a la mitad de una junta aburrida. Se disculpó con su equipo y se

subió a su camioneta sin decirle a nadie a dónde iba. Su chóer se ofreció a

manejar, pero él prefirió ir solo. No había tráfico. El reloj marcaba la 1

con25 cuando entró al fraccionamiento exclusivo donde vivía. Los guardias lo

saludaron con la misma sonrisa ensayada de siempre y él apenas levantó la mano.

Al abrir la puerta principal todo parecía normal. Olía a comida recién

hecha, a tortillas calientes y aguisado con jitomate. Caminó por el pasillo

largo que daba al comedor, aflojándose la corbata. Lo que vio al dar la vuelta

lo dejó parado en seco, como si alguien le hubiera dado un golpe seco en el pecho. En su mesa de comedor, la de

siempre, la que mandó a ser a medida en Guadalajara y que apenas usaba, había

cuatro niñas sentadas. Cuatro idénticas. Las cuatro con trenzas, con moñitos de

colores diferentes y vestidas con ropa sencilla pero limpia. Una de ellas ya

tenía servilleta en el regazo. Otra estaba contando con los dedos las servilletas de tela como si fuera algo

nuevo para ella. Una más jugaba con una cuchara y la cuarta miraba alrededor

claramente con más nervios que las otras. Frente a ellas, Marisol, su

empleada de planta, servía arroz de una olla grande con una cuchara de metal.

Parecía tan concentrada en no derramar nada que no lo escuchó llegar. Rodrigo

parpadeó dos veces, como si al abrir de nuevo los ojos la escena fuera a

desaparecer. Pero ahí estaban cuatro niñas, su mesa, su casa. Marisol se dio

cuenta de su presencia cuando una de las niñas lo señaló con la cuchara. La joven

se volteó con una expresión que pasó de la sorpresa al susto y luego a una

especie de resignación. “Señor Rodrigo, no sabía que iba a venir a esta hora”,

dijo rápido, limpiándose las manos con el mandil que siempre usaba. Yo le puedo

explicar qué es esto. Fue lo único que él logró decir. Su voz salió más fuerte

de lo que esperaba. Las niñas lo miraron al mismo tiempo. Sus ojos eran grandes,

cafés, brillantes. Y aunque ninguna habló, una de ellas se encogió un poco,

como si temiera que la fueran a regañar. Marisol se acercó a él bajando la voz.

Hace unas horas, apenas se había ido usted, llegó una mujer, tocó la puerta.

tenía a las niñas con ella. Me dijo que eran hijas suyas y que tenía que entregárselas. Y después se fue,

desapareció. Rodrigo se le quedó viendo sin entender cómo que desapareció, quién

era, cómo se llamaba. ¿Por qué no llamaste a la policía? Marisol tragó

saliva nerviosa. Me dejó esta hoja, solo eso. Me pidió que las cuidara, que usted

entendería. Rodrigo le arrebató la hoja que ella sacó del bolsillo del mandil.

Era una hoja común doblada en tres. Al abrirla leyó con letras temblorosas. Se

llaman Luna, Abril, Sol y Clara. Son hijas de Rodrigo Beltrán. Necesitan un

hogar. Él es su padre. No tengo más tiempo. Cuídelas. No había firma. No

había más datos. Rodrigo cerró la hoja con fuerza. Sentía un calor extraño en la cara, como si estuviera haciendo el

ridículo. Miró a las niñas otra vez. El parecido era molesto, innegable, pero no

podía ser. No tenía hijas, nunca las había tenido. Era cuidadoso, siempre lo

fue. ¿O eso creía? ¿Y tú les creíste así no más?, preguntó sin levantar la voz,

pero con una rabia contenida. No lo sé, señor”, respondió Marisol mordiéndose el

labio. La señora se veía muy enferma, muy mal. Parecía que no podía más. Me

rogó. Yo no supe qué hacer. Rodrigo respiró hondo. Dio unos pasos hacia la

mesa. Las niñas no se movieron. Tenían alrededor de cinco o 6 años. Estaban

flaquitas con las mejillas hundidas. Una de ellas tenía un raspón en la frente,

otra tenía los tenis rotos. No parecían niñas abandonadas, pero sí se notaba que

venían de una situación difícil. Una de ellas, la de Moñito Verde, le habló sin

mirarlo directamente. “Usted es Rodrigo?” Él no supo qué decir. Asintió

con la cabeza. La niña sonrió como si eso le bastara. “Mi mami dijo que usted

era bueno, que aquí íbamos a estar mejor. Rodrigo sintió que algo en su pecho se rompía un poquito. No entendía

nada, pero tampoco podía moverse. Tenía los brazos colgando como si le pesaran.

Marisol se acercó a él bajando aún más la voz. No he llamado a nadie porque

pensé que usted tenía derecho a decidir primero. Si quiere, las llevo a un dif o

llamo a una patrulla. Pero no creo que hayan venido a hacer daño. Se han

portado bien, comieron poquito y dijeron que tenían miedo. Rodrigo no contestó.

Volvió a mirar la hoja, luego a las niñas, luego a Marisol y después se

frotó la cara con ambas manos. Voy a necesitar saber quién era esa mujer

murmuró más para sí que para ella. Y voy a necesitar que nadie más se entere de

esto todavía. Claro, señor. ¿Les diste de comer? Sí. Comieron sopa y arroz. Iba

a servirles un poco de carne, pero no me dio tiempo. Rodrigo se volvió hacia las

niñas. Se obligó a sonreír, aunque fue más una mueca que otra cosa. ¿Tienen

hambre todavía?, preguntó. Una de ellas levantó la mano. Las otras tres la

imitaron. Marisol regresó a la cocina. Rodrigo se quedó con ellas. Se sentó en

la punta de la mesa como si fuera una junta de negocios y ellas sus socias. Se