
La viuda recibió una casa en el árbol de su patrón como pago por años de trabajo.
Y esto fue lo que pasó. 20 años de su vida entregados y como pago le dieron
una vieja casa de madera en medio del bosque para humillarla delante de todo el pueblo. Todos creyeron que remedios
Salcedo había perdido, que esta vez sí la habían quebrado para siempre. Ella
misma lo creyó esa primera noche sola, de rodillas en el piso de tierra,
hablándole a un Dios al que ya no sabía cómo pedirle. Pero hay algo que sus enemigos no sabían, algo que ni ella
misma sabía todavía, escondido en ese lugar que le dieron para destruirla.
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El día que don Absalón Fuentes le entregó a Remedios Salcedo su pago por 20 años de servicio, el cielo sobre
Oaxaca estaba tan quieto y despiadado como él. No hubo truenos, no hubo señal,
solo el sol de las 3 de la tarde cayendo vertical sobre la plaza del pueblo y la voz gruesa del patrón anunciando con esa
sonrisa que nunca llegaba a los ojos que la liquidación estaba lista.
Te doy la casita del bosque Remedios, la que está junto al árbol grande camino a San Marcos.
Es tuya. Ya firmé los papeles. Un murmullo recorrió a los presentes. No
era de admiración, era de lástima. Remedios no dijo nada. Tenía a Tomás
aferrado a su falda verde y a Mateo parado a su lado con esa expresión seria
que los niños ponen cuando entienden más de lo que pueden decir. Ella solo
asintió una vez. recogió los papeles que don Absalón extendió sobre la mesa como
si estuviera haciendo una limosna y se dio la vuelta. No le daría el placer de verla llorar. Eso lo guardó para el
camino. Tardaron casi dos horas en llegar, los tres a pie, con dos bultos
de ropa y una caja de cartón donde remedios cargaba lo único que le quedaba de Fernando, su Biblia desgastada, una
fotografía en blanco y negro y un rosario de madera que él mismo había tallado el año antes de morir. El bosque
los recibió en silencio y entonces Mateo, con sus 8 años encima, levantó la
vista y abrió la boca. Mamá, eso es nuestra casa. Remedios siguió su mirada.
Ahí estaba, construida sobre las raíces enormes de un ahuete milenario con
paredes de madera oscurecida por los años y una puerta de piedra arqueada que alguien en algún momento muy lejano
había labrado con cuidado. Sobre las ramas más gruesas del árbol, una plataforma con barandal de madera, una
pequeña ventana con luz interior, como si la casa estuviera viva. era vieja,
era extraña, era absolutamente distinta a cualquier cosa que Remedios hubiera esperado y sin que pudiera explicar por
qué en ese momento algo dentro de su pecho se aflojó apenas, solo un centímetro, como cuando la tapa de una
olla a presión suelta el primer vapor. “Sí”, dijo en voz baja, “es nuestra
casa.” Esa noche, cuando Mateo y Tomás se quedaron dormidos sobre el colchón viejo
que encontraron en el cuarto de adentro, Remedio se sentó en el suelo de tierra frente a la puerta abierta y miró el
bosque oscuro. Le dolía todo, no el cuerpo. Eso era soportable. Le dolía la
humillación. 20 años. 20 años levantándose antes del amanecer para limpiar la casa de otro hombre, lavar la
ropa de otro hombre, cocinar para los hijos de otro hombre y recibir a cambio una choza en el bosque que ni siquiera
valía lo que ella había gastado en jabón de lavar en una sola década. Le dolía que el pueblo lo hubiera visto, le dolía
que sus hijos también. Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, desde la noche que enterraron a Fernando hacía
ya 7 años, no buscó las palabras correctas para rezar. No hubo Ave Marías ni padre nuestros,
solo ella, sola en el piso de tierra con la voz quebrada. Ya no sé cómo pedirte,
Señor. Ya no sé ni qué pedirte. Solo no me sueltes, no me sueltes, porque yo
sola no puedo. El bosque respondió con viento. Las ramas de la hueguete se
movieron sobre el techo como si respiraran y remedios sin entender por qué se sintió menos sola que hacía un
momento. Fue Tomás quien lo encontró tres días después. El niño de 5 años
había estado jugando entre las raíces del árbol, enormes, retorcidas, algunas
del tamaño de un hombre. cuando su palita de juguete golpeó algo que no era tierra ni piedra. Mamá, algo está aquí
abajo, suena diferente. Remedio se acercó sin apuro, todavía
cargando la escoba con la que barría la entrada. se agachó junto a su hijo, golpeó el suelo con los nudillos donde
él señalaba y escuchó hueco. Debajo de las raíces, el suelo sonaba a hueco.
Tardó un momento en entender lo que eso significaba y cuando lo entendió, el corazón le dio un vuelco que la obligó a
apoyarse en el árbol para no perder el equilibrio. Había algo enterrado ahí.
Llevaba quizás muchos años esperando ser encontrado. Antes de que pudiera hacer
nada más, escuchó pasos sobre las piedras del camino. Levantó la vista. Una pareja de ancianos se acercaba por
la vereda del bosque, caminando despacio, tomados del brazo. El hombre llevaba sombrero de palma y un morral de
cuero. La mujer, un reboso gris y una canasta con tortillas y quelites se
detuvieron frente a la entrada. El anciano la miró con unos ojos que remedios no supo describir. No eran ojos
de lástima, tampoco de curiosidad. Eran ojos que sabían algo. “Buenas tardes,
señora”, dijo con voz tranquila. “Somos vecinos del otro lado del cerro. Nos
enteramos que alguien llegó a vivir en la casa del árbol. Venimos a darle la bienvenida.” Remedios los miró un
segundo. Luego miró la tierra entre las raíces. Luego volvió a mirarlos. Pasen”,
dijo finalmente. “El agua ya está caliente.” Esa noche Remedios no durmió. Tenía los
ojos clavados en el techo de madera y la mente corriendo en círculos que no encontraban salida. Algo estaba
enterrado bajo ese árbol, algo que sonaba como una caja, algo que don Absalón Fuentes, con toda su astucia y
toda su maldad no había encontrado en 20 años, o algo que él creía que ella jamás
encontraría. cerró los ojos. ¿Por qué te dio esta casa remedios? La pregunta
llegó sola desde adentro con la claridad incómoda de las verdades que uno evita
porque duelen menos sin nombre. ¿Por qué de todos los pagos que pudo darle, dinero, tierra, ganado, don Absalón
Fuentes eligió darle precisamente esta casa, la más vieja, la más lejana, la
que estaba en el bosque donde nadie vendría a buscarla, la que estaba construida sobre las raíces del árbol
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