
En el invierno de 181, la compañía Hullera de Mieres le dio 15
días a consuelo a Rans para desocupar la casa donde había criado a sus cuatro hijos. Su marido había muerto en la mina
y la regla era clara: “Muerto el minero, fuera la familia.” Consuelo salió con
una olla de hierro, una manta y las manos que su padre le había enseñado a
usar. Subió el monte, encontró una grieta en la roca y dijo algo que nadie
esperaba. Aquí la aldea entera se rió. Quédense hasta el final para ver quién
rió último. El aviso llegó un martes por la mañana doblado en cuatro con el sello
de la compañía jullera de Mieres en la esquina superior. Lo trajo un muchacho
de no más de 14 años que llamó a la puerta con dos golpes rápidos y lo
entregó sin mirar a los ojos, como si ya supiera lo que contenía y prefiriera no
estar presente cuando fuera leído. Consuelo a Ranz lo abrió en el umbral
con Inés cargada en la cadera y el olor del caldo de la mañana todavía en la ropa. Leyó despacio una sola vez y lo
dobló de vuelta con una calma que ella misma no esperaba de sus propias manos.
15 días. Eso era todo lo que la compañía concedía a la familia de un minero
muerto para desocupar la vivienda asignada. Ramón llevaba tres semanas
enterrado en el cementerio de Mieres, al lado de la iglesia de Santo Tomás, y ya
había un papel con fecha límite donde debería haber todavía duelo. Consuelo
puso el aviso sobre la mesa, fue a darle el desayuno a Inés y no dijo nada a los
niños hasta la noche, cuando los cuatro estaban sentados alrededor del fogón y
ella encontró las palabras justas, que no eran muchas, porque no había forma de
hacer aquello más fácil de lo que era. Marcos, que tenía 9 años y ya cargaba
con una seriedad que no le correspondía, preguntó a dónde iban a ir. Consuelo le
dijo la verdad, que todavía no lo sabía, pero que lo iba a saber. Él asintió como
si eso fuera suficiente, aunque los dos sabían que no lo era. Elena, de 7 años
no preguntó nada. se quedó mirando el fuego con los brazos cruzados sobre las rodillas y eso fue más difícil de
aguantar que cualquier pregunta. Tomás, de cinco, preguntó si podían llevarse al
gato que se llamaba Rubio, y dormía debajo de la cama grande. Consuelo dijo
que sí, aunque sabía que probablemente no. En los días siguientes tocó seis
puertas en Villanueva. La del cuñado de Ramón, la de dos vecinas con cuartos
disponibles, la del hombre que arrendaba la casa vieja al final de la calle del Molino. En ninguna encontró lo que
necesitaba, que no era caridad, sino una posibilidad real. El cuñado le ofreció
un cuarto para ella sola, sin los niños, como si eso fuera una solución. Las
vecinas pusieron precios que ella no podía pagar. El arrendador le dijo que
sin un hombre que firmara el contrato no había trato y lo dijo sin mala
intención, que era casi peor. En la mañana delto día, Consuelo dobló la
manta de lana que había sido de su padre. envolvió dentro de ella la olla de hierro, los documentos guardados en
una caja de madera, el pan que quedaba y el queso curado que había comprado el
jueves en el mercado de Mieres. Vistió a los cuatro niños con todo lo que podían
llevar puesto y salió antes de que la aldea despertara del todo. No dejó una
nota ni cerró la puerta con llave porque la llave no era suya.
Subió la encosta hacia el norte, hacia donde los castaños y los robles empezaban a cerrar el camino y las casas
quedaban atrás. Conocía ese monte desde niña. Lo había subido con su padre
incontables veces mientras él buscaba piedra buena para trabajar y sabía
exactamente dónde el terreno era firme y dónde era trampa. Marcos cargaba a Inés
cuando la pequeña se cansaba. Elena no se quejó ni una sola vez. Tomás preguntó
tres veces si faltaba mucho y las tres veces Consuelo dijo que no, aunque la
tercera ya no era del todo verdad. La grieta en la roca estaba donde ella
recordaba, un poco más arriba del segundo recodo del barranco, en el punto
donde los robles crecían tan juntos que el suelo debajo de ellos estaba seco,
incluso después de tr días de lluvia. La abertura tenía altura suficiente para un
adulto de pie, fondo de 4 m y una pared trasera de roca maciza, sin una sola
fisura visible. El suelo era irregular y olía a tierra y a humedad antigua, y no
había nada dentro, excepto piedras sueltas y hojas secas arrastradas por el viento de algún otoño anterior. Consuelo
dejó el bulto en el suelo, se apoyó con una mano en la roca y se quedó mirando el espacio por un momento que no supo
calcular después. Marcos estaba detrás de ella con Inés en brazos y no dijo nada, solo esperó. Entonces, Consuelo se
volvió hacia los cuatro hijos, miró el lugar una vez más y dijo, “Aquí, no como
una pregunta ni como una disculpa, como quien clava una estaca.” La noticia
llegó a la aldea antes del mediodía, como llegaban todas las noticias en Villanueva, por alguien que había visto
a alguien que había hablado con alguien. En el bar de Secundino, que estaba en la plaza frente a la fuente, los hombres
que tomaban el vino de las 11 se rieron con ganas. Silverio Camba, que era
carretero y tenía opinión sobre todo, dijo que la viuda del Ramón había
perdido el juicio con el luto y que a ver cuántos días aguantaba ahí arriba
con cuatro criaturas. Alguien propuso apostar. Nadie propuso
subir a ayudar. Doña Petra Calderón, la mujer del alcaide, lo comentó en el
mercado con esa voz suya que sonaba a preocupación, pero tenía el tono exacto del escándalo. Dijo que había niños de
por medio y que alguien tendría que hacer algo, aunque ella tampoco especificó qué, ni se ofreció a hacerlo.
El padre Celestino fue el único que subió de verdad dos días después, con
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