
Amparo, me han dicho que a tu Tomás lo fusilaron en Málaga. Fue hace 4 días.
Lo siento mucho, hija. Una viuda, una niña de 5 años y un
árbol. En 1938, Amparo Reyes se enteró de que habían
fusilado a su marido. Se lo dijeron en la cola del Pan, en la Plaza del Socorro de Ronda. Esa misma tarde el alcalde le
incautó la casa, el taller, todo. Así que caminó hasta un alcornoque
centenario en el camino de Benaohan y empezó a construir una casa dentro del
tronco. Con sus propias manos todo el pueblo se rió. La llamaron la loca del
árbol. Pero cuando raspó la corteza del fondo de esa cavidad, encontró algo
escondido, algo que podía destruir al hombre más poderoso de ronda.
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dónde nos escuchas. Amparo llevaba casi 2 horas en la cola
cuando dejó de sentir los pies. Fuen Santa dormía contra su cadera izquierda con esa capacidad que tienen
los niños de 5 años de quedarse dormidos en cualquier sitio si la madre está
cerca. El abrigo que llevaba era de Tomás, demasiado ancho en los hombros,
demasiado corto en las mangas, pero guardaba un resto de su olor entre el de lana y eso bastaba para no
cambiarlo por nada. La cola del pan en la plaza del socorro
avanzaba con la lentitud de siempre en febrero, cuando la leña está húmeda y el
panadero tiene las manos tiesas. Amparo conocía a cada persona de esa
cola. A remedios, la del estanco, que siempre se ponía delante, aunque llegara
después, a la vieja patro, que murmuraba el rosario mientras esperaba como si el
pan fuera un milagro, que había que rezar. a Genaro, el carnicero del
mercado de abastos, que estaba tres puestos detrás de ella y que en algún momento se puso a su lado y le tocó el
codo con dos dedos, como se toca a alguien para despertarlo.
Amparo dijo, y algo en la manera en que pronunció su nombre, le dijo a ella todo
antes de que él dijera nada. Genaro era un hombre grande, de manos
enormes y voz de barril, que cortaba costillas de cerdo con una precisión que
parecía delicada y que trataba a todo el mundo con la misma franqueza brusca. No
era cruel, simplemente no sabía medir las palabras del mismo modo que sabía
medir la carne. Me han dicho que a tu Tomás lo fusilaron en Málaga hace 4
días. Lo siento mucho, hija. Lo dijo así, de pie, entre la cola y el olor a
pan quemado, con la misma entonación con que minutos antes le había comentado a
alguien que las carreteras estaban cortadas por Antequera. Amparo no soltó a Fuenanta, no cayó, no
gritó, se quedó mirando la cara de Genaro buscando algo que le indicara que se había equivocado, que era otro Tomás,
que había un error. Pero Genaro la miraba con esa mezcla de lástima y alivio que tienen quienes dan una mala
noticia y ya se quitaron el peso de encima. ¿Quién te lo dijo?, preguntó Amparo y su
propia voz le sonó lejana, como si viniera de otra mujer parada en otra plaza. El primo de Fermín, que trabaja
en la estación de tren, llegó ayer en el correo de Málaga. Amparo asintió
despacio, cogió el pan negro que le tendían desde el mostrador, lo apretó contra el pecho y dio media vuelta sin
despedirse. Caminó por la calle Virgen de la Paz, sin ver a nadie, aunque la
gente la veía a ella. En ronda las noticias viajan más rápido que los pies y es posible que algunos ya
supieran lo de Tomás antes de que ella misma lo supiera. Fuen Santa se despertó
a mitad de camino, levantó la cabeza del hombro de su madre y dijo, “Tengo hambre
con esa naturalidad absoluta que tienen los niños para recordarte que el mundo sigue funcionando, aunque a ti se te
haya partido.” Amparo partió un trozo de pan y se lo puso en la mano sin
detenerse. Cuando llegó a la calle, la bola, lo vio antes de entenderlo. Un
papel pegado sobre la puerta de madera, un sello con tinta morada y el membrete
del ayuntamiento, incautación de bienes vinculados a elemento subversivo. La
firma era de Sebastián Montilla. Amparo conocía esa firma porque la había
visto en el bando que cerró la escuela rural donde Tomás daba clase el mismo
mes que lo detuvieron, la misma letra apretada, la misma rúbrica. El hijo del
terrateniente al que Tomás le cometió la ofensa imperdonable de enseñar a leer a
sus jornaleros, convertido ahora en alcalde, porque en la España de 1938
el poder se heredaba igual que las tierras. Amparo leyó el documento entero de pie
frente a su propia puerta con fuen santa masticando pan a su lado. La casa, el
taller, el horno donde su madre y su abuela cosieron barro antes que ella,
todo incautado. Se quedó un momento mirando el sello y pensó en su madre
amasando arcilla en ese taller con las manos manchadas hasta los codos cantando
bajito coplas que nunca terminaba. pensó en su abuela, que le enseñó a tornear
poniendo sus manos pequeñas sobre las de ella, para que sintiera la presión exacta que necesita el barro para
obedecer sin romperse. Tres generaciones de mujeres, reyes,
habían trabajado detrás de esa puerta, cazuelas, lebrillos, las tinajas que
medio pueblo usaba para guardar aceite. Y ahora un papel con tinta morada decía
que nada de eso les pertenecía. Fuen santa tiró del abrigo. Mamá, ¿por
qué no entramos? Amparo la miró. Tenía los ojos de Tomás, oscuros, demasiado
serios, para una niña de 5 años. Porque hoy vamos a dar un paseo largo”, le
dijo. Y la voz le salió entera, sin una sola grieta. Porque hay un tipo de
fuerza que solo aparece cuando tienes delante a alguien que no puede verte derrumbar. Rodeó la casa por el callejón
que daba al patio trasero donde Tomás tendía las camisas los domingos. La ventana del taller estaba sin cerrojo,
porque nunca había hecho falta en un pueblo donde todo el mundo se conocía. Entró, dejó a Fuen Santa sentada en el
banco de trabajo y se movió rápido. No había tiempo para decidir qué valía más
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