
Esa noche todo se había alargado más de lo normal. Eduardo seguía sentado frente
a su escritorio con la camisa ya arrugada y las mangas arremangadas hasta los codos. Tenía los ojos fijos en la
pantalla de la computadora, pero en realidad no estaba leyendo nada, solo
dejaba pasar el tiempo. Afuera ya era de noche y las luces de los otros pisos del
edificio estaban apagadas. Solo quedaban algunas lámparas encendidas en su área,
como si el edificio también supiera que él nunca se iba temprano. Revisó la hora
en su celular y soltó un suspiro. Casi las 11 volvió a mirar el informe que
tenía abierto y trató de convencerse de que todavía le faltaban cosas por revisar, aunque en el fondo ya sabía que
no era cierto. A veces se quedaba en la oficina más por costumbre que por necesidad. Le gustaba el silencio, la
calma de esas horas cuando ya nadie lo interrumpía. Pero esa noche algo era
distinto. Se levantó para estirarse. Caminó hacia la máquina de café del pasillo. Todo estaba en calma. Solo el
zumbido del aire acondicionado y el eco suave de sus pasos sobre el piso pulido.
Tomó un vaso de cartón, lo colocó bajo la boquilla de la máquina y presionó el botón. El sonido del líquido cayendo le
dio un pequeño consuelo. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos un momento,
disfrutando el calor entre las manos. Iba a volver a su oficina cuando escuchó algo. No fue un ruido fuerte, fue apenas
una melodía que flotaba desde algún rincón del edificio. Pensó que lo había imaginado, pero luego se dio cuenta de
que no. Era una voz cantando suave, afinada, con una emoción que no parecía
tener lugar en ese sitio. No reconoció la canción, pero eso no importaba. La
voz tenía algo que le detuvo los pies. se quedó ahí sin moverse escuchando. La
siguió sin pensarlo. Caminó con cautela por el pasillo, como si fuera a descubrir algo prohibido. Las luces
automáticas se iban encendiendo a su paso. La voz seguía sonando, ahora más
clara. Venía del área de mantenimiento, donde guardaban los carritos de limpieza, los trapeadores y los botes de
basura. Nadie debería estar ahí a esas horas. Pero alguien estaba y cantaba
como si no existiera el mundo afuera. Al asomarse con cuidado, la vio. Estaba de
espaldas con el cabello recogido en una coleta baja y una camiseta sin estampado, floja encima de unos pans.
Tenía los audífonos puestos y movía ligeramente la cabeza al ritmo de la canción. En una mano sostenía un trapo
húmedo y en la otra una botella de limpiador. Estaba limpiando un mueble viejo que casi nadie usaba, pero lo
hacía con cuidado, como si fuera importante. Eduardo la reconoció. Era la
señora de limpieza que a veces veía por las mañanas, la que pasaba desapercibida
por todos. Nunca había cruzado palabra con ella. La escuchó cantar otra estrofa
y no supo si era la canción o la forma en que ella la cantaba. Pero algo le apretó el pecho. No era la típica voz
que uno espera encontrar en una oficina vacía a las 11 de la noche. No era una
voz común, era algo distinto, algo que le removía cosas que ni sabía que tenía
guardadas. Se quedó ahí parado, mirándola sin atreverse a decir nada.
Ella se giró de pronto, al parecer sintiendo su presencia, y se quitó uno de los audífonos. Al verlo, se quedó
helada. No parecía asustada. Más bien sorprendida, Eduardo no supo qué decir,
se aclaró la garganta y levantó la mano en un saludo torpe. Ella bajó la mirada
incómoda. Le dijo una disculpa por hacer ruido, que pensaba que ya no había nadie. Su voz normal era mucho más
bajita que la que usaba al cantar. Eduardo solo le dijo que no se preocupara, que había escuchado su canto
y que cantaba muy bonito. Ella se puso roja de inmediato, le agradeció en voz
baja y trató de recoger sus cosas para irse. Eduardo la detuvo con un gesto suave. Le preguntó si podía saber su
nombre. Ella dudó un segundo antes de decir que se llamaba Leticia, pero que
todos le decían Leti. Él asintió, le dijo su nombre, aunque sabía que
probablemente ya lo conocía. Ella solo sonrió con amabilidad, sin añadir nada.
Se hizo un pequeño silencio. Eduardo sentía que debía decir algo más, pero no
sabía qué. No quería sonar entrometido ni forzar la situación. Solo sabía que
esa voz no podía ser ignorada. No era normal que alguien con ese talento estuviera limpiando escritorios mientras
cantaba en secreto. Le preguntó si era cantante. Ella soltó una risita y negó
con la cabeza. Le dijo que no, que solo le gustaba cantar cuando estaba sola,
que a veces ponía música para hacer más llevadera la jornada. Eduardo se quedó
con eso en la mente, le agradeció por la melodía y se despidió, dejándola con una
expresión que no supo descifrar. volvió a su oficina con la taza aún caliente en la mano, pero el café ella no le supo
igual. Cerró la computadora y se sentó un rato más en silencio sin hacer nada.
Esa canción le seguía dando vueltas en la cabeza. No era la melodía en sí, era
la manera en que ella la cantaba, con una mezcla de nostalgia y dulzura que se le quedó pegada como si fuera un
recuerdo antiguo. Esa noche, al salir del edificio, Eduardo se llevó esa voz
en la mente. No sabía por qué le había impresionado tanto. Tal vez porque no esperaba encontrar algo así en medio de
un día común. O tal vez porque llevaba tanto tiempo encerrado en su rutina que
cualquier cosa diferente le parecía especial. Lo único que tenía claro era que no se iba a olvidar de ella tan
fácilmente y eso, aunque no lo supiera, era apenas el inicio. Eduardo llegó a su
oficina al día siguiente, más temprano de lo normal, no porque tuviera algo urgente que hacer, sino porque algo le
daba vueltas en la cabeza desde anoche. Durante el camino al trabajo, mientras manejaba, volvió a recordar esa voz. No
sabía por qué lo había dejado tan inquieto. Había escuchado buena música en su vida. tenía amigos que iban a
conciertos, incluso una exnovia que tomaba clases de canto, pero eso no
tenía nada que ver con lo que pasó anoche. No fue una cuestión técnica, fue
una sensación, algo que lo agarró de sorpresa. Se sentó frente a su escritorio, abrió su laptop y fingió que
trabajaba, pero no podía concentrarse. Leía un correo y se perdía a la mitad.
En su mente aparecía la imagen de Leti, con los audífonos puestos limpiando con
calma, como si cantar fuera su manera de estar en paz. No entendía por qué eso lo
tenía así. No sabía casi nada de ella, solo su nombre, su voz y su forma de
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