Parte 2:
Nadie de los tres alcanzó a decir una palabra más.
El sonido detrás del muro dejó de ser un leve rasguño. Se volvió denso, superpuesto, como una masa viva retorciéndose en la oscuridad. Las vetas de la madera comenzaron a vibrar al mismo ritmo que el corazón acelerado de Alejandro.
Alma retrocedió un paso, pero mantuvo firme la mano que sostenía a la criatura negra.
—No dejes que toque el suelo —susurró—. Está llamando.
Julián bajó lentamente las manos de su rostro. Por primera vez en doce años, sus ojos no estaban vacíos.

Parpadeó.
Una vez.
Luego otra.
La luz —tenue, moribunda, filtrada por aquella sombra imposible— le golpeó las pupilas como una cuchilla. Jadeó, no de dolor, sino de asombro.
—Veo… —murmuró, con la voz rota—. Veo algo…
Alejandro dio un paso hacia él, incrédulo.
—¿Qué dices?
Pero Julián no lo miraba. Sus ojos estaban fijos en el muro.
—No es la casa… —susurró—. Es… eso… siempre estuvo ahí…
Un crujido seco cortó el aire.
La moldura junto al piano se abrió de golpe, como si algo desde dentro hubiera decidido dejar de ocultarse. Una grieta negra se extendió por la pared, latiendo. De ella emergió un olor espeso, metálico, insoportable.
Y entonces, aparecieron.
Primero una.
Luego tres.
Luego decenas.
Criaturas negras, idénticas a la que Alma sostenía, comenzaron a deslizarse fuera de la abertura. Sus cuerpos brillaban como aceite, sus movimientos eran demasiado precisos, demasiado coordinados.
No eran insectos.
No eran animales.
Eran otra cosa.
—Atrás —ordenó Alejandro, aunque su voz ya no tenía autoridad.
Los guardias levantaron sus armas, pero dudaron. Una de las criaturas saltó y aterrizó sobre el mármol con un sonido seco.
Otra siguió.
Luego otra.
Y entonces, todas.
El suelo comenzó a cubrirse de puntos negros en movimiento.
Alma apretó los dientes.
—Llegamos tarde…
La criatura en su mano vibró con violencia, como si respondiera a una señal.
—¿Qué significa eso? —gritó Alejandro.
Alma lo miró. Sus ojos ya no eran solo de una niña.
—Que no lo estaban enfermando… lo estaban sellando.
Un golpe sordo resonó dentro del muro.
Algo mucho más grande se movía detrás.
Las criaturas en el suelo se detuvieron al mismo tiempo.
Silencio absoluto.
Luego, todas giraron.
Hacia Julián.
El muchacho se puso de pie lentamente, como si una fuerza invisible lo sostuviera.
—Recuerdo… —susurró.
Sus pupilas se dilataron.
—Yo lo vi… ese día… cuando tenía siete…
Alejandro sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
—¿Ver qué?
La pared estalló.
No se abrió: explotó hacia afuera en una lluvia de madera y polvo. Desde el interior emergió una masa negra gigantesca, palpitante, formada por cientos —no, miles— de esas criaturas unidas en una sola entidad.
Un ojo.
Gigante.
Vivo.
Observando.
Julián cayó de rodillas, temblando.
—Eso… estaba en el laboratorio… —dijo, jadeando—. Yo entré… sin permiso…
Flash.
Recuerdos rotos inundaron la escena.
Un laboratorio oculto.
Tecnología imposible.
Un proyecto sin nombre.
Alejandro cerró los ojos con fuerza.
—No… —murmuró—. Eso fue cerrado…
Pero no lo fue.
La voz de Julián tembló:
—Querías controlarlo… dijiste que podía ver cosas que nosotros no…
El aire se volvió irrespirable.
Alma gritó:
—¡No es un ojo! ¡Es una puerta!
La masa vibró.
Y respondió.
Un sonido profundo, imposible de ubicar, atravesó la casa como un eco dentro de los huesos. Las criaturas del suelo comenzaron a subir por las paredes, el piano, los cuerpos.
Alejandro cayó de rodillas.
—Yo… intenté salvarte… —dijo, mirando a su hijo—. Cuando te acercaste, te… te infectó… Los médicos dijeron que no había forma… entonces ellos…
—Me cegaron —terminó Julián.
Silencio.
Una verdad pesada.
Final.
Alma dio un paso al frente.
—No lo cegaron —corrigió—. Lo cerraron.
Levantó la mano donde aún sostenía la criatura más grande.
—Pero ahora ya lo abrió.
El ojo gigante latió.
Una vez.
Dos.
Y entonces… miró directamente a Julián.
El muchacho dejó de temblar.
Se levantó.
Sus ojos ya no reflejaban miedo.
Reflejaban… profundidad.
—No quiere destruirnos —dijo, con una calma antinatural—. Quiere pasar.
—¿Pasar a dónde? —susurró Alejandro.
Julián lo miró por primera vez.
Y sonrió.
—A través de mí.
Las criaturas comenzaron a moverse hacia él, pero no como ataque.
Como regreso.
Alma gritó:
—¡Si las dejas, no volverás!
Pero Julián ya había tomado una decisión.
Cerró los ojos.
Y abrió los brazos.
Las criaturas treparon por su cuerpo, entrando por su piel, sus ojos, su boca, disolviéndose en él como tinta en agua.
El ojo gigante vibró violentamente.
Luego… colapsó.
Se deshizo.
Se desintegró en polvo negro que se elevó y desapareció en el aire.
Silencio.
Total.
El jardín volvió a la luz.
El olor desapareció.
La casa quedó intacta… como si nada hubiera ocurrido.
Julián permanecía de pie.
Solo.
Respirando.
Alejandro se acercó, temblando.
—Hijo…
Julián abrió los ojos.
Eran normales.
Humanos.
Pero algo había cambiado.
—Ya no están —dijo.
Alma lo observó fijamente.
—No —respondió—. Ahora eres tú quien los contiene.
Julián asintió lentamente.
Sin miedo.
Sin duda.
Alejandro sintió lágrimas correr por su rostro.
—¿Estás… bien?
Julián lo miró.
Y por primera vez en doce años…
Lo vio.
De verdad.
—Sí, padre —dijo con suavidad—. Ahora sí veo todo.
El viento movió las bugambilias.
La tarde regresó.
Pero en algún lugar, muy profundo, algo seguía despierto.
Y esta vez… tenía ojos.
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