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Sabemos que la imagen de una niña de la calle sacando algo “vivo y oscuro” del ojo de un multimillonario ciego parece imposible.
Ricardo, el padre, sintió que su mente se rompía. Doce años de sufrimiento, millones gastados, y la solución venía de una niña con el rostro sucio.
Pero el horror no había hecho más que empezar.
El Parásito que No Existe
El objeto que Sofía sostenía no era una alimaña cualquiera.
Era del tamaño de una uña, con un caparazón negro que reflejaba la luz de forma iridiscente, como el aceite sobre el agua. Parecía un garrapata, pero su forma era demasiado perfecta, demasiado geométrica.
Se retorcía.
Mateo no podía verlo, pero lo sintió. Sintió un vacío repentino, no en el ojo, sino detrás de su frente, como si le hubieran quitado un tapón emocional que llevaba puesto desde la infancia.
Ricardo, por el contrario, estaba paralizado por el miedo y la incredulidad.
“¡Seguridad! ¡Agarren a esa niña!”, gritó Ricardo, finalmente rompiendo el trance.
Sofía ni siquiera parpadeó. Con una calma que helaba la sangre, abrió la palma de su mano.
El diminuto ser oscuro, que ya parecía estar secándose bajo el sol, emitió un chirrido agudo, casi inaudible.
Entonces, saltó.
No hacia el rostro de Ricardo, sino directamente al suelo de mármol.
“No lo pise”, advirtió Sofía con voz firme. “Si lo aplasta aquí, las esporas se activarán. Estallará.”
Ricardo se detuvo en seco. Los dos guardias de seguridad se quedaron congelados a tres metros.
El pequeño bicho comenzó a moverse con una velocidad antinatural, deslizándose hacia la sombra proyectada por el piano de cola. Buscaba la oscuridad.
“¿Qué diablos es eso, niña?”, jadeó Ricardo, recuperando la voz.
“Es un Nocturno,” explicó Sofía, con sus ojos fijos en el rastro oscuro que dejaba el parásito. “Vive donde la luz ha sido apagada a la fuerza.”
Mateo, el ciego, fue el único que actuó con lógica.
“No es el único”, dijo. Su voz era ronca. “Siento que me arde el otro ojo. Como un fantasma de la luz.”
La verdad impactó a Ricardo como una descarga eléctrica. Si había un parásito en el ojo derecho, ¿eso significaba…?
Sofía corrió. Se arrodilló junto al piano, mirando la base de madera donde el Nocturno se había escondido.
“Hay un nido,” susurró Sofía. “Este no era más que un explorador. Y su trabajo no era robar tu vista, Mateo.”
Ricardo sintió un frío profundo.
“¿Entonces cuál era su trabajo?”
“Proteger lo que no querías ver,” respondió Sofía, señalando el pequeño hueco que llevaba a la pared interior. “Y ahora, ellos lo saben. Vamos a despertarlos a todos.”
Ricardo no lo dudó más. La niña podía ser una bruja o una mensajera del infierno, pero era la única que entendía lo que estaba pasando.
“Quítame el otro, Sofía,” ordenó Mateo, extendiendo la mano, totalmente confiado.
Ricardo no pudo detenerla esta vez. Observó, horrorizado, cómo Sofía repitió el movimiento preciso y espeluznante.
De la cuenca izquierda de Mateo, ella extrajo un Nocturno idéntico. Brillante, oscuro, y más grande.
Este espécimen no saltó. Se quedó quieto en la palma de la niña, como si estuviera esperando una orden.
Pero al momento que Sofía lo sostuvo, la niña gritó. No de miedo, sino de dolor sordo.
“¡Están protegiendo algo!” exclamó, con la voz quebrada. “Algo mucho más grande que el miedo a la luz.”
Entonces, desde las profundidades del hueco detrás del piano, se escuchó un sonido. Un crujido húmedo, multiplicándose. No era uno ni dos. Eran docenas.
Y luego, el olor. Un aroma metálico, rancio, que apestaba a electricidad quemada y humedad profunda.
Ricardo se acercó a la pared. Puso la mano sobre la madera de caoba del piano. Sentía una vibración rítmica, como un corazón latiendo en el muro.
“Están ahí dentro,” dijo Ricardo, con un hilo de voz.
La verdad de lo que había cegado a su hijo durante doce años estaba justo detrás de esa pared.
En ese instante, la luz del jardín se cortó. No fue la electricidad, sino una sombra inmensa que cubrió la casa. Una nube, densa y negra, se había posado sobre la mansión. El día se hizo noche.
Los Nocturnos estaban en casa.
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