La sala de autopsias estaba envuelta en ese frío que no solo se sentía en la piel, sino también en los huesos. Las luces blancas caían sin piedad sobre cada superficie: el acero, los azulejos, los instrumentos perfectamente alineados. Todo parecía limpio, controlado… predecible.

Pero aquella noche no lo era.

Sobre la camilla metálica reposaba un cuerpo que no encajaba con aquel lugar.

Era una monja.

Joven.

Demasiado joven para estar allí.

Su hábito negro aún estaba intacto, ajustado con una pulcritud casi ceremonial. Su rostro, pálido y sereno, no transmitía la violencia de una muerte reciente, sino la quietud engañosa de alguien que simplemente dormía.

Sin embargo, estaba muerta.

Y nadie sabía por qué.

Camilo fue el primero en notar que algo no estaba bien. No fue inmediato. Al principio, solo cumplía con su rutina, intentando ignorar esa incomodidad difícil de explicar que sentía desde que el cuerpo llegó.

Pero entonces lo vio.

Un pequeño desgarro en el hábito.

Nada importante… salvo por lo que dejaba entrever.

Se inclinó un poco más.

Y retrocedió de golpe.

—Pero… ¿qué es esto…? —su voz salió quebrada, casi irreconocible—. ¿Esto es un tatuaje? ¿Qué es eso en el cuerpo de ella, doctor Fonseca?

Dio dos pasos hacia atrás como si algo invisible lo hubiera empujado. Sus ojos no podían apartarse del cuerpo.

Al otro lado de la sala, el doctor Fonseca cerró el armario donde buscaba instrumental y se giró lentamente. Su ceño se frunció, no por miedo, sino por una curiosidad contenida, propia de alguien que había visto demasiado en la vida.

—¿Un tatuaje? —repitió mientras se acercaba—. ¿Qué fue lo que viste, Camilo?

Sus pasos eran tranquilos, medidos, como si cada sonido tuviera que respetar el silencio del lugar.

Camilo no respondió de inmediato. Esperó a que su colega llegara hasta la camilla, como si necesitara que alguien más confirmara que aquello era real.

—Vi… una abertura en el hábito —dijo finalmente, tragando saliva—. Parece… parece que hay algo en su espalda. No estoy seguro… pero… no se ve normal.

Fonseca cruzó los brazos por un instante, observando el cuerpo con la distancia profesional de quien se niega a sacar conclusiones apresuradas.

—Puede que solo sea tu impresión —respondió con calma—. O puede que sí sea un tatuaje. No todo el mundo entra a la vida religiosa desde joven. Hay pasados… marcas… decisiones que uno deja atrás.

Hizo una breve pausa antes de añadir:

—Podría ser solo un recuerdo de otra vida. Nada más.

Pero Camilo no estaba convencido.

Había algo en la forma en que lo había visto. No era un simple dibujo. No era tinta común.

Era… otra cosa.

Respiró hondo, intentando ordenar sus pensamientos, y entonces hizo una pregunta que llevaba rondándole desde el inicio del turno.

—Doctor… en todos estos años… ¿alguna vez hizo una autopsia a una monja?

Fonseca arqueó ligeramente las cejas.

—Para ser honesto… nunca —admitió—. Ni una sola vez. Me sorprendió cuando enviaron el cuerpo aquí.

Sus ojos volvieron a posarse sobre la joven.

—Ya sabes cómo funciona esto. Si hay autopsia, es porque hay sospecha de crimen. Y un crimen en un convento… —negó con la cabeza— suena absurdo.

Camilo apretó los labios.

—Absurdo… o no —dijo en voz baja—, hay algo en ella que no me deja tranquilo.

El silencio volvió a llenar la sala.

Esta vez más pesado.

Más incómodo.

Fonseca finalmente suspiró y se acercó más a la camilla.

—Está bien —dijo—. Veamos qué es lo que tanto te inquieta.

Con movimientos precisos, apartó ligeramente el hábito en la zona donde Camilo había señalado.

Y entonces lo vio.

No era un tatuaje común.

No era un símbolo religioso.

No era un recuerdo del pasado.

Era un mensaje.

Trazado con una precisión inquietante, como si hubiera sido grabado más que dibujado, las líneas oscuras parecían hundirse levemente en la piel, como si no pertenecieran del todo a la superficie.

Fonseca entrecerró los ojos.

Camilo dejó de respirar por un instante.

—¿Qué dice…? —susurró.

Fonseca no respondió de inmediato. Se inclinó más, leyendo en silencio.

Y cuando finalmente habló… su voz ya no era la misma.

—Dice… —murmuró lentamente—: “No hagas la autopsia… espera dos horas”.

El aire pareció enfriarse aún más.

Camilo dio un paso atrás.

—¿Qué…? Eso no tiene sentido… —balbuceó—. ¿Quién… quién escribiría algo así en su propio cuerpo?

Fonseca se enderezó, pero su expresión había cambiado. La seguridad que lo caracterizaba se había resquebrajado apenas lo suficiente como para notarse.

—No lo sé… —admitió—. Pero no me gusta.

Camilo miró el reloj en la pared.

Las agujas avanzaban con una lentitud insoportable.

—¿Y si… esperamos? —preguntó.

Fonseca dudó.

Era absurdo.

Antiprofesional.

Pero algo en su interior… algo que había aprendido a escuchar tras años enfrentándose a lo inexplicable… le decía que no ignorara aquella advertencia.

—Está bien —dijo finalmente—. Esperamos.

Las luces zumbaban suavemente.

El tiempo pasaba.

Un minuto.

Cinco.

Diez.

Nadie hablaba.

Hasta que, de pronto, un ruido rompió el silencio.

Un golpe seco.

Luego otro.

Las puertas de la morgue.

Camilo se giró bruscamente.

—¿Escuchó eso…?

Fonseca no respondió.

Estaba mirando el cuerpo.

Algo no estaba bien.

El aire… había cambiado.

Los golpes se hicieron más fuertes.

Más cercanos.

Y entonces, de repente… todo se quedó en silencio.

Un silencio absoluto.

Antinatural.

Fonseca se acercó a la camilla.

Y sintió cómo el frío le recorría la espalda.

El cuerpo…

ya no estaba.

La sábana estaba intacta.

Como si nunca hubiera habido nada debajo.

Camilo dejó escapar un sonido ahogado.

—No… no puede ser…

El reloj en la pared marcaba exactamente dos horas desde que habían leído el mensaje.

Fonseca miró la camilla vacía.

Luego la puerta.

Luego sus propias manos.

Y por primera vez en muchos años…

sintió miedo.

Un miedo real.

Profundo.

Porque en ese instante comprendió algo que no tenía explicación lógica.

Aquello no era una advertencia para salvar a la monja.

Era una advertencia para salvarlos a ellos.

Y llegaron justo a tiempo.

O quizá…

apenas un segundo antes de que fuera demasiado tarde.