Al salvar a un mototaxista de un acantilado, la mujer multimillonaria se sorprende al descubrir que él es un heredero multimillonario que está siendo perseguido por su madrastra.

Oscuridad en el Puerto de la Sierra

El Puerto de las Palomas serpentea como una cinta de seda gris sobre los escarpados acantilados de la Sierra de Grazalema. La niebla vespertina cubre la carretera y el viento trae el aroma del mar desde lejos a través de las pronunciadas curvas.

Alejandro Varela, de 27 años, agarra el manillar de su vieja motocicleta. Es repartidor para una aplicación de transporte en Sevilla. Su chaqueta azul está descolorida por el sol y el viento. En su hombro derecho luce una extraña y larga cicatriz: lo único que lo conecta con un pasado que ni él mismo comprende.

Alejandro creció en un orfanato a las afueras de la ciudad. Sin padres, sin antecedentes penales. Lo único que le queda de su infancia son pesadillas: una mansión en llamas, el llanto de una mujer y las luces rojas de un coche de lujo que se adentra en la noche.

Esta noche, recibe una orden de entrega urgente para la cima del puerto. El remitente era un hombre con sombrero bajo y gafas de sol a pesar de la oscuridad.

“Solo entrégalo donde corresponde. Te daré una generosa propina.”

Alejandro no sospechaba nada.

Pero cuando su coche entró en un tramo desierto de la carretera, dos grandes motocicletas aparecieron repentinamente detrás de él.

Se acercaron.

Los hombres de negro no tenían matrícula.

Uno de ellos se bajó la máscara. Bajo su barbilla había una cicatriz en forma de cruz.

Alejandro se quedó paralizado.

Esa cara…

Era el hombre de su pesadilla de la infancia.

El asesino se burló.

“Bastardo… deberías haber muerto hace veinte años.”

Una cuchilla brilló.

La sangre brotó del hombro de Alejandro.

La motocicleta perdió el control y se estrelló contra la barandilla de hierro.

En un instante aterrador, fue arrojado al abismo.

Milagro en el acantilado

Pero el destino aún no había terminado.

El cuerpo de Alejandro quedó atrapado en un arbusto espinoso que crecía en el acantilado.

Quedó suspendido en el aire. La sangre goteaba en el oscuro abismo.

Sobre el borde del acantilado, un sedán negro se detuvo.

Una mujer salió.

Elegante. Fría.

Isabella Castillo.

La segunda esposa del multimillonario Don Rafael Castillo, magnate del mayor grupo inmobiliario del sur de España.

Miró hacia el abismo.

Sonriendo.

“Por fin… te has ido”.

La Chica del Cielo

A unos cientos de metros de distancia, sobre un alto afloramiento rocoso, un dron volaba.

La piloto era Sofía Morales, de 25 años, una emprendedora en tecnología ambiental que supervisaba un proyecto de reforestación en el Parque Natural de la Sierra de Grazalema.

La cámara del dron captó de repente una imagen extraña:

Un casco tirado cerca del borde del acantilado.

Manchas de sangre.

Sofía frunció el ceño.

Bajó el dron.

Y casi se le paró el corazón.

Un hombre colgaba precariamente del acantilado.

Sin dudarlo,

Sofía corrió hacia la camioneta, agarró una cuerda de escalada y un arnés de seguridad.

Ató la cuerda al tronco de un árbol antiguo.

Luego se adentró en el abismo.

El viento era feroz.

La cuerda vibraba.

Pero Sofía continuó bajando.

Cuando se acercó a Alejandro, lo encontró casi inconsciente.

“¡Oye! ¿Me oyes?”

Abrió los ojos ligeramente.

En la neblina, vio su rostro.

Como un ángel en el abismo.

El secreto bajo la cicatriz

Después de casi 20 minutos de forcejeo, Sofía sacó a Alejandro del acantilado.

Le administró primeros auxilios en la herida.

Mientras le limpiaba la sangre del hombro, Sofía se detuvo.

Debajo de la vieja cicatriz había una serie de diminutos caracteres, tatuados invisiblemente.

Un código.

Reconoció el formato.

Era el código de seguridad de un banco privado de Zúrich.

El tipo de código reservado solo para herederos de familias adineradas.

Sofía volvió a mirar al hombre del andrajoso uniforme de repartidor.

Imposible.

Pero en ese momento, Alejandro murmuró en su delirio:

“Madre… no me dejes… la casa está en llamas…”

Comienza la Guerra

Sofía lo llevó a un hospital privado secreto.

Mientras cambiaba la ropa del paciente, el médico encontró un anillo de plata colgando del cuello de Alejandro.

Dentro estaban grabadas dos letras:

C C

Corporación Castillo.

Sofía se quedó sin palabras.

Veinte años atrás, el hijo de Don Rafael Castillo murió en el incendio de la mansión.

Pero si Alejandro es ese niño…

Entonces la mujer del paso de montaña, Isabella, es la que está detrás de todo.

Afuera del hospital, en la oscuridad, una motocicleta se detuvo silenciosamente.

El asesino de la cicatriz en forma de cruz miró hacia el edificio.

Cogió el teléfono.

—Señora… la presa sigue viva.

Al otro lado de la línea, Isabella Castillo sonrió.

—Entonces… esta vez, mátenlos a ambos.