
El cristal de la limusina reflejaba el
rostro de don Rogelio Mendoza como un
espejo implacable, arrugas de
preocupación talladas por el estrés de
manejar un imperio, ojos grises que
calculaban cada inversión, cada riesgo,
cada movimiento estratégico.
Pero esa tarde, mientras el vehículo se
deslizaba por las avenidas exclusivas de
la ciudad, no pensaba en acciones ni
fusiones.
pensaba en la sesión fotográfica que lo
esperaba en el restaurante más lujoso
del país.
“Señor, llegamos”, anunció el chóer.
Rogelio ajustó su corbata italiana,
revisó que su reloj suizo brillara bajo
la luz del atardecer y respiró hondo. La
revista Forbes Latinoamérica había
solicitado un reportaje especial, el
magnate de corazón de oro que cuida
personalmente a su hijo discapacitado.
Una mentira hermosa.
una mentira necesaria para los
inversores que necesitaban creer en su
humanidad,
porque Carlitos, su hijo de 5 años, no
era más que un problema elegantemente
disimulado.
Desde el diagnóstico, huesos frágiles
como porcelana, columna vertebral débil,
piernas que los mejores neurólogos de
Suiza habían declarado anatómicamente
inviables para la marcha, Rogelio había
invertido millones.
Clínicas en Boston, terapeutas alemanes,
sillas de ruedas italianas con
tecnología de la NASA, todo lo que el
dinero podía comprar, todo menos su
presencia.
Entró al restaurante con la arrogancia
de quién sabe que posee el mundo. Los
meseros se inclinaron.
El Maitre lo saludó con reverencia.
Las mesas murmuraron su nombre, pero sus
ojos buscaban una sola cosa, la silla de
ruedas dorada donde debería estar
Carlitos, perfectamente peinado,
sonriendo para las cámaras como un
pequeño príncipe trágico.
No la encontró.
¿Dónde está mi hijo?, exigió con un tono
que congeló el ambiente.
El maitre tartamudeó.
Señor Mendoza, creo creo que está en el
salón privado con con la señora María.
María, la sirvienta,
una mujer de manos curtidas y rostro
maternal que había llegado a su mansión
tres años atrás, recomendada por no
recordaba quién, alguien insignificante,
alguien que limpiaba, cocinaba y
supuestamente vigilaba a Carlitos cuando
Rogelio viajaba, que era casi siempre.
caminó hacia el salón privado con pasos
furiosos.
¿Cómo se atrevía esa mujer a mover a su