
Rosa limpiaba la mansión creyendo que nadie la veía, pero Alejandro observaba
cada movimiento desde las sombras. Lo que descubrió esa noche cambiaría sus vidas para siempre, revelando secretos
que ninguno esperaba. La lluvia golpeaba con furia contra los ventanales de la mansión Villarreal, creando un ritmo
hipnótico que Rosa conocía de memoria. Cada gota parecía marcar el tiempo de su
vida: trabajar, limpiar, sobrevivir, repetir. Sus manos, agrietadas por años
de detergentes y sacrificio, sostenían el trapo con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su
existencia. Eran casi las 11 de la noche cuando Rosa terminó de pulir el último
jarrón de porcelana en el salón principal. La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral interrumpido
únicamente por el tamborileo constante de la tormenta. El señor Alejandro había salido temprano esa mañana como siempre
y según la rutina que Rosa había memorizado durante meses, no regresaría hasta el amanecer, o eso creía ella. Lo
que Rosa no sabía era que Alejandro Mendoza había regresado horas antes,
entrando por la puerta trasera con un cansancio que iba más allá de lo físico. Desde la muerte de su esposa, la mansión
se había convertido en un mausoleo de recuerdos dolorosos. Cada rincón le gritaba su ausencia. Cada habitación era
un recordatorio de lo que había perdido. Por eso prefería llegar cuando todo estaba oscuro, cuando podía fingir que
la casa estaba vacía de fantasmas. Pero esa noche algo era diferente. Había luz
en el estudio. Su estudio. Alejandro se quedó paralizado en el pasillo, su
corazón latiendo con una mezcla de confusión y algo parecido a la traición.
Nadie tenía permiso de entrar a esa habitación. Nadie. era su santuario
privado, el único lugar donde guardaba los documentos más importantes de su imperio empresarial, las joyas de su
difunta esposa y el efectivo que prefería mantener fuera de los bancos por razones que solo él comprendía. Con
pasos silenciosos se acercó a la puerta entreabierta. Lo que vio lo dejó completamente inmóvil. Rosa estaba
sentada frente a su escritorio de Caoba, rodeada de fajos de billetes cuidadosamente apilados. La luz de la
lámpara iluminaba su rostro concentrado mientras sus dedos, esos mismos dedos
que limpiaban su casa con devoción, contaban metódicamente cada billete. Uno
tras otro, 50, 100, 200, 500. El mundo de Alejandro se detuvo en seco. Durante
meses había notado pequeñas cantidades de dinero desapareciendo. Nada escandaloso, nada que justificara una
investigación formal, pero suficiente para sembrar la semilla de la duda. Había despedido a tres empleados en los
últimos meses, siempre con la incertidumbre carcomiendo su conciencia. Y si se había equivocado y si los
inocentes habían pagado por su paranoia. Pero ahora, frente a sus ojos, estaba la
respuesta que había buscado Rosa, la mujer que llegaba antes del amanecer y
se iba después del anochecer. Rosa, quien nunca pedía días libres y rechazaba cualquier aumento de salario
diciendo que ya era suficiente. Rosa, a quien había comenzado a ver como parte
del mobiliario, tan constante y confiable como las paredes mismas de la mansión, Rosa, la ladrona. Alejandro
sintió como la ira comenzaba a hervir en su pecho, mezclándose con una decepción
que no había experimentado desde que descubrió las primeras traiciones en su mundo empresarial. Apretó los puños,
listo para irrumpir en la habitación, para confrontarla, para llamar a la policía y terminar con esto de una vez
por todas. Pero entonces Rosa hizo algo inesperado. Con movimientos lentos y
deliberados, comenzó a separar el dinero en dos pilas distintas. una significativamente más grande que la
otra. Alejandro observó confundido mientras ella tomaba la pila más pequeña
y la guardaba en un sobre blanco que sacó de su delantal. Luego, con un cuidado casi reverencial, tomó la pila
más grande y comenzó a devolverla exactamente a los lugares de donde la había tomado. Cada fajo regresó a su
cajón correspondiente. Cada billete fue alisado con precisión antes de ser colocado de vuelta. Rosa trabajaba con
una meticulosidad que desconcertó completamente a Alejandro. ¿Qué clase de ladrona devolvía el dinero que acababa
de robar? Cuando terminó, Rosa se quedó sentada durante un largo momento mirando
el sobre en sus manos. Alejandro pudo ver incluso desde su posición en las
sombras como sus hombros temblaban ligeramente. Estaba llorando. Entonces Rosa hizo algo
que cambió todo. Sacó un cuaderno gastado de su delantal, de esos baratos que se compran en cualquier papelería de
barrio. Con una pluma que parecía estar a punto de quedarse sin tinta, comenzó a
escribir. Alejandro no podía ver las palabras desde donde estaba, pero podía ver la intensidad en su rostro, la forma
en que mordía su labio inferior mientras formaba cada letra. Cuando terminó de escribir, Rosa arrancó la hoja con
cuidado, la dobló y la colocó dentro del sobre junto al dinero. Luego se puso de
pie, alizó su delantal con esas manos trabajadoras y caminó hacia un lugar
específico del estudio, el pequeño altar que Alejandro había construido para su difunta esposa. Allí, entre las
fotografías y las velas que Rosa misma encendía cada mañana como parte de su rutina de limpieza, colocó el sobre, lo
apoyó contra el marco de plata que sostenía la foto favorita de Alejandro, su esposa sonriendo en su último
cumpleaños, apenas semanas antes de que la enfermedad se la llevara. Rosa se
quedó allí parada durante un momento que pareció eterno. Sus labios se movían en lo que parecía ser una oración
silenciosa. Luego, con un suspiro que Alejandro pudo escuchar incluso desde el
pasillo, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta. Alejandro apenas tuvo tiempo de esconderse en la
habitación contigua antes de que Rosa saliera del estudio. La escuchó caminar por el pasillo, sus pasos cansados
resonando en el mármol. escuchó cómo recogía sus cosas del cuarto de servicio, cómo murmuraba algo para sí
misma, cómo finalmente la puerta principal se cerraba con un clic suave que resonó en el silencio de la mansión.
Solo entonces Alejandro salió de su escondite. Su mente era un torbellino de
confusión, ira, curiosidad y algo más que no podía identificar. Caminó hacia
el estudio como un hombre en trance, sus ojos fijos en el sobre blanco que descansaba contra la fotografía de su
esposa. Con manos temblorosas tomó el sobre. Era ligero. Contenía quizás unos
pocos billetes. Lo abrió lentamente, como si temiera lo que pudiera encontrar
dentro. Cinco billetes cayeron en su mano. Dinero que efectivamente faltaba
de su caja fuerte. Pero era la nota lo que capturó toda su atención. La letra era irregular, claramente
escrita por alguien cuya educación formal había sido limitada, pero las palabras golpearon a Alejandro con la