Sebastián señaló el espejo.
Lo hacía todos los días.
No era el gesto casual de un niño.
Era un gesto urgente, casi desesperado.
El espejo estaba en el pasillo del segundo piso de la mansión Mendoza.

Medía casi dos metros de alto, con un marco dorado intrincadamente tallado, tan pesado que había que atornillarlo a la pared.
Adriana, la madrastra de Sebastián, lo había comprado en una subasta de antigüedades europea.
Pero para Sebastián, el espejo no era un adorno.
Era miedo.
«Mamá… allí», susurraba cada vez que pasaba.
«¿Dónde, hijo?», preguntó su niñera, Luz María.
Sebastio temblaba mientras señalaba el espejo.
«En el maldito lugar».
«El lugar al que me llevó».
Pero cada vez que Luz volvía a preguntar, él entraba en pánico.
Jadeaba.
Temblaba. Sollozaba desconsoladamente.
Al principio, Luz pensó que era solo un miedo infantil.
Pero las cosas se ponían cada vez más raras.
Sebastian desaparecía con frecuencia.
Jugaba en la sala… y de repente, se había ido.
Luz lo buscó por toda la casa.
Dos horas después, reapareció en la habitación.
Pálido.
Tembloroso.
—¿Dónde estabas?
Sebastian solo susurró:
—En el lugar malo.
Adriana siempre tenía la respuesta.
—Lo castigaron. Lo hice quedarse en su habitación.
Pero Luz lo comprobó.
La habitación estaba vacía.
No había nadie.
Sebastian también le tenía un miedo extraño a Adriana.
No era el miedo a ser regañado.
Sino un miedo profundo.
Cada vez que Adriana decía:
—Sebastian, ven aquí.
El rostro del niño palidecía al instante.
“No… por favor… no me lleves allí otra vez…”
Adriana solo le dedicó una sonrisa fría.
“No finjas.”
Durante meses, Luz observó.
Un día, mientras Adriana no estaba y Sebastián dormía la siesta, Luz se paró frente al espejo.
Observó con atención.
Los tornillos de la derecha eran más nuevos que los de la izquierda.
Había marcas de neumáticos en el suelo.
Empujó suavemente.
El espejo… se movió.
Se abrió como una puerta.
Detrás del espejo había una pequeña habitación.
No había ventanas.
Solo un colchón sucio en el suelo.
Una manta vieja.
Un vaso de plástico.
Y en el estante…
Ropa de mujer.
Zapatos de tacón alto.
Joyas.
Fotografías.
Luz tomó una fotografía.
Una hermosa mujer morena con un bebé en brazos.
Sebastian.
Junto a ellos estaba Eduardo, su padre. La mujer era Carolina.
La madre biológica de Sebastián.
Se suponía que había muerto en un accidente de coche.
Pero ¿por qué estaban allí sus pertenencias?
Luz encontró un cuaderno encuadernado en cuero.
La primera página decía:
“Diario de Carolina.
Si alguien lo encuentra, por favor, léalo”.
Las páginas siguientes le helaron la sangre a Luz.
Carolina escribió que Adriana la había encerrado en esa habitación muchas veces.
Que Adriana le había puesto drogas en la comida.
Que Adriana la había amenazado con matarla y simular un accidente.
La última página decía:
“Si Eduardo lee esto…
Adriana me matará hoy”.
Luz cerró el cuaderno.
El corazón le latía con fuerza.
Carolina no había muerto en un accidente.
Había sido asesinada.
Pero el verdadero horror llegó cuando Luz volvió a mirar el colchón.
Las manchas eran recientes.
No eran de hacía dos años.
Pero recientemente…
Esta habitación seguía en uso.
Para Sebastián.
De repente, Luz oyó que se abría la puerta principal.
Adriana había regresado.
Rápidamente tomó una foto de la habitación y cerró el espejo.
Mientras Adriana entraba al pasillo, Luz fingió limpiar el espejo.
—¿Qué haces?
—Solo limpio el cristal.
Adriana bajó la mirada al suelo.
Pequeñas marcas de neumáticos.
Su mirada se volvió fría.
—Tú la abriste.
—No, señora.
Adriana sonrió.
Una sonrisa desprovista de calidez.
—No vuelvas a tocar ese espejo.
Esa noche, Luz le envió un correo electrónico a Eduardo en secreto desde su iPad en su estudio.
Lo escribió todo.
La habitación secreta.
El diario.
Sebastian.
Y Adriana.
Poco después, Luz regresó a la habitación de Sebastián.
La puerta estaba abierta. El niño había desaparecido.
Sobre la cama había un papel.
“Si quieres volver a verlo…
ve al espejo.”
Luz corrió por el pasillo.
El espejo estaba abierto.
Adriana estaba en la puerta.
Detrás de ella, Sebastián lloraba en el colchón.
“Pasa”, dijo Adriana.
Luz entró.
La puerta del espejo se cerró tras ella.
Adriana sacó una jeringa.
“Carolina está demasiado débil.
Y tú eres demasiado curioso.”
Sebastián abrazó a Luz, sollozando.
Adriana se acercó.
“Pero está bien.
Un accidente más y se acabó.”
En ese momento…
SONÓ UNA SIRENA DE POLICÍA AFUERA.
Adriana se quedó paralizada.
Luz había enviado el correo electrónico.
Eduardo lo había leído.
La puerta del espejo se abrió de golpe.
La policía inundó el pasillo.
Adriana fue esposada.
Se llevaron a Sebastián.
Se aferró a Luz con tanta fuerza que no la soltaba.
Meses después, concluyó el juicio.
El diario de Carolina se convirtió en la prueba decisiva.
Adriana fue condenada a cadena perpetua.
La habitación secreta tras el espejo fue demolida.
Pero antes de que desapareciera, Sebastián dio un paso al frente.
Miró el espacio vacío donde había estado el espejo.
Entonces susurró:
«Te lo dije».
«Lo malo estaba ahí».
Luz le tomó la mano.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sebastián caminó por aquel pasillo
sin señalar más.
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