MILLONARIO SE ESCONDIÓ PARA PROBAR SU PROMETIDA CON TRILLIZOS… EMPLEADA HIZO LO IMPENSABLE

Eres una traidora. Lárgate de mi casa ahora mismo. No le he hecho nada. No tiene derecho a hablarme así.

Cálmense las dos. No es momento para esto. Millonario se escondió para probar su

prometida con trilliizos. Empleada hizo lo impensable. Saca esa

basura de mi vista ahora mismo. El grito de Vanessa desgarró el silencio de la

mansión, haciendo eco en las paredes y provocando un llanto inmediato y ensordecedor de los tres recién nacidos.

Rosita dio un salto hacia atrás con el corazón golpeándole las costillas como un martillo. Sus brazos, cubiertos aún

por la tela áspera del uniforme y apretando con fuerza los bultos blancos contra su pecho, temblaban

incontrolablemente. No era solo miedo a perder el trabajo, era terror puro ante la mujer que tenía

enfrente. Los trillizos se retorcían sintiendo la tensión en el aire, sus pequeños

pulmones gritando por auxilio. “Señorita Vanessa, por favor”, suplicó Rosita, su

voz quebrada tratando de mecer a los tres bebés al mismo tiempo. Una tarea

imposible que solo la desesperación le permitía sostener. “Los está asustando.

Son unos bebés. Acaban de comer. Necesitan silencio. Vanessa avanzó un

paso, sus tacones resonando como disparos en el piso de madera. Su rostro, habitualmente maquillado a la

perfección para las revistas de sociedad, estaba desfigurado por una mueca de asco genuino. No veía niños,

veía problemas, veía estorbos, veía suciedad en su futuro palacio. “No me

digas qué hacer, criada insolente”, bramó Vanessa señalando con un dedo acusador que casi rozaba la nariz de

Rosita. “Te di una orden directa hace 10 minutos. Dije que no quería escuchar ni

un solo gemido de esas cosas mientras yo estuviera en la casa. Me duele la cabeza

y ese ruido infernal me está taladrando el cerebro. Pero, señorita

Rosita retrocedió hasta chocar contra la pared del pasillo acorralada. Sintió el

frío del muro en su espalda, pero no soltó el agarre. Sus guantes de goma

amarillos, que no había tenido tiempo de quitarse tras fregar los baños de la planta baja, cuando los niños empezaron

a llorar, chirriaban contra las mantas blancas. No tengo a dónde llevarlos.

Su cuarto está arriba, hace frío afuera. Y importa un comino si hace frío.

Vanessa cortó el aire con la mano como si espantara una mosca molesta. Sácalos

al patio, al garaje, o tíralos a la basura, pero haz que se callen ya. El

llanto de los trillizos aumentó de nivel, una sinfonía de angustia que parecía llenar cada rincón de la lujosa

residencia. Rosita bajó la mirada hacia las caritas rojas y arrugadas por el llanto. Eran inocentes, eran sangre de

la familia. ¿Cómo podía esta mujer, la prometida del amable don Alejandro,

tener un corazón de piedra? Al fondo del pasillo, en la penumbra de la puerta de

la biblioteca, una figura se quedó paralizada. Don Alejandro, con el rostro pálido y la

boca entreabierta, sostenía un maletín que estuvo a punto de dejar caer. Había

regresado antes de su viaje de negocios para sorprender a su prometida, pero la

sorpresa se la estaba llevando él. Sus ojos, normalmente cálidos, se abrieron

desmesuradamente al ver la escena. No se movió. Necesitaba ver hasta dónde

llegaba la crueldad. Necesitaba saber con quién se iba a casar realmente.

Rosita, sin saber que su patrón observaba, levantó la vista con los ojos

llenos de lágrimas, pero con un destello de desafío que nunca antes había

mostrado. “No voy a sacarlos al frío, señorita Vanessa”, dijo Rosita con la

voz temblorosa pero firme. “Son los sobrinos de don Alejandro, son familia.

Si usted quiere silencio, váyase a su habitación, pero yo no voy a poner en

riesgo la salud de estos niños. El silencio que siguió a esa frase fue más

aterrador que los gritos. Vanessa se detuvo en seco, parpadeó incrédula. Sus

labios se curvaron en una sonrisa que no auguraba nada bueno. Era la sonrisa de

un depredador que acababa de decidir que no solo iba a morder, sino a destruir.

“¿Cómo te atreves?”, susurró Vanessa con una voz peligrosamente baja,

inclinándose hacia adelante hasta que su aliento chocó contra la cara de la empleada. “¿Me estás desafiando tú?”

Una simple sirvienta que limpia mis inodoros con esos guantes ridículos. Rosita apretó a los niños más fuerte.

Estoy protegiendo lo que don Alejandro más ama. Alejandro no está aquí, escupió

Vanessa irgiéndose con soberbia. Y cuando él no está, yo soy la dueña de

esta casa. Y mi primera orden ejecutiva, estúpida, es que desaparezcas esos

bultos llorones de mi vista antes de que cuente hasta tres. Alejandro, desde las

sombras apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron

blancos. Su respiración se agitó, pero se forzó a quedarse quieto. Resiste

se dijo a sí mismo. Deja que muestre quién es realmente.

Vanessa no esperó a contar hasta tres. La furia le ganaba a la paciencia. Dio

otro paso agresivo, invadiendo el espacio personal de Rosita, obligándola

a encogerse para proteger las cabezas de los bebés. Mírate”, dijo Vanessa

barriendo con la mirada a la empleada de arriba a abajo con un desprecio absoluto. Das pena. Hueles a leche ária

y a desinfectante barato. ¿De verdad crees que tienes el derecho de hablarme de familia? Tú no eres nadie. Eres un

accesorio de limpieza que habla. Y esos niños señaló a los trillizos con una

mueca de repulsión. Esos niños son un error, un accidente que la hermana de

Alejandro nos dejó antes de morir para arruinarnos la vida. No hable así de

ellos gritó Rosita, incapaz de contenerse. El insulto a la memoria de

la difunta hermana del patrón le dolió más que los insultos hacia ella misma.

Son ángeles, no tienen la culpa de estar solos.

Son una carga”, rebató Vanessa gritando aún más fuerte, su voz rompiéndose por

la histeria. “Alejandro es demasiado blando, por eso los mantiene aquí, pero

eso se va a acabar. En cuanto tenga el anillo en mi dedo y firmemos el acta de

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