EL MILLONARIO SIMULÓ VIAJAR — Y DESCUBRIÓ LO QUE LA NIÑERA REALMENTE HACÍA CON SUS HIJOS

La mansión de don Roberto Sandoval brillaba bajo el sol de la tarde como una joya pulida. Cada mármol, cada candelabro de cristal, cada cortina de seda italiana susurraba la misma palabra: perfección.
Pero dentro de aquellas paredes impecables, el silencio era tan denso que parecía ahogar el aire mismo.
Roberto observaba desde su despacho a la joven que acababa de cruzar el umbral de su hogar. Elena Morales tenía 26 años, mejillas sonrosadas y un vestido floreado que desentonaba escandalosamente con la austeridad monocromática de la casa. Llevaba el cabello recogido en una coleta desprolija y sonreía con una naturalidad que a Roberto le resultaba vulgar.
—Señor Sandoval —dijo ella, extendiendo la mano—. Es un honor trabajar para usted.
Roberto observó esa mano sin estrecharla de inmediato, como si evaluara su limpieza. Finalmente la tocó con la punta de los dedos, apenas un roce protocolario.
—Las referencias de la agencia son aceptables —murmuró—. Pero quiero dejar algo muy claro, señorita Morales. Mis hijos son lo más valioso que poseo. Nicolás y Santiago tienen un año y tres meses. Requieren cuidado profesional, no improvisaciones sentimentales.
—Por supuesto, señor —respondió Elena, aunque su sonrisa no se apagó del todo.
Desde la penumbra del pasillo, doña Gertrudis observaba la escena con ojos de águila. Llevaba treinta años sirviendo en aquella casa, primero con los padres de Roberto y luego con él mismo. Era delgada como un junco, con el rostro surcado de arrugas y una boca perpetuamente fruncida en desaprobación.
—Con todo respeto, don Roberto —intervino acercándose con pasos silenciosos—, esta muchacha no tiene experiencia con niños de la alta sociedad. Los gemelos necesitan alguien más preparado.
—He considerado eso, Gertrudis —dijo Roberto sin mirarla—. Por eso estaré muy atento. Muy atento.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Los primeros días fueron una tortura silenciosa.
Elena se movía por la casa como si caminara sobre hielo delgado. Cada vez que Nico o Santi soltaban una carcajada, Roberto aparecía en la puerta con expresión reprobatoria.
—Demasiado ruido. Los niños deben aprender moderación.
—Pero, señor, son bebés —se atrevió a responder Elena una vez.
—No me pague con impertinencias, señorita Morales. Aquí las cosas se hacen a mi manera.
Y sin embargo, cuando Roberto salía de la habitación, los gemelos estiraban sus bracitos hacia Elena con una desesperación que partía el corazón.
Santi, el más pequeño y débil, apenas podía gatear debido a su hipotonía muscular severa. Los médicos habían sido claros: su desarrollo motor estaba gravemente comprometido.
Pero Elena veía algo diferente. Veía a un niño que necesitaba amor, no lástima; contacto, no distancia.
Una noche, cuando todos dormían, se atrevió a sacar a los gemelos de sus perfectas cunas minimalistas y los acostó sobre una manta en el suelo. Con unos guantes de goma amarillos que había encontrado en la cocina, comenzó a jugar.
—¡Miren, mis pequeños! Soy un dragón con garras mágicas. ¿Me tienen miedo?
Nico respondió con esa risa burbujeante de los bebés. Santi, con esfuerzo, intentó alcanzarla. Elena se echó al suelo, convirtiéndose en montaña humana, en puente, en torre. Los gemelos trepaban sobre ella, se deslizaban, volvían a subir.
Por primera vez en más de un año, aquella casa escuchaba risas verdaderas.
Pero doña Gertrudis también escuchaba.
—Don Roberto, debo informarle de algo muy grave —dijo tres semanas después, con voz que destilaba preocupación calculada—. Esa muchacha está haciendo cosas inapropiadas con los niños.
—¿Inapropiadas?
—Los tira al suelo. Los arrastra. Los hace trepar sobre ella como si fuera un animal de carga. Es peligroso. Es indigno.
La mandíbula de Roberto se tensó.
—Vigílala más de cerca —ordenó—. Y yo haré lo mismo.
Cuatro días después anunció:
—Señorita Morales, debo viajar a Londres por negocios urgentes. Estaré fuera una semana.
Elena asintió, intentando ocultar su alivio.
Pero tres horas después, cuando la noche caía sobre la ciudad, una figura se deslizó por la puerta trasera. Roberto había regresado en secreto.
Se movió por su propia casa como un ladrón hasta que escuchó risas en la sala. Lo que vio lo dejó paralizado.
Elena estaba tumbada boca arriba en el suelo, con los guantes amarillos puestos. Nico estaba sentado en su estómago. Y Santi… Santi estaba de pie, apoyándose en el hombro de Elena, tambaleándose pero erguido, con una sonrisa luminosa.
—Eso es, campeón. Tres pasitos. ¡Tres pasitos diste!
La risa de los gemelos era como campanadas.
Pero Roberto sintió furia.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —rugió.
Elena se incorporó sobresaltada.
—Señor, yo pensé que estaba en Londres…
—¿Pensó que aprovecharía mi ausencia para convertir mi casa en un circo? Está despedida. Fuera de mi casa ahora mismo.
En ese instante, Santi comenzó a llorar. No era un llanto normal, sino un sollozo entrecortado que se convirtió en jadeos desesperados. Sus labios empezaban a tornarse azulados.
—Señor, está entrando en crisis respiratoria. Déjeme —suplicó Elena.
—¡No lo toque!
Pero Santi se retorcía extendiendo los brazos hacia ella.
Y entonces Roberto, con todo su dinero y su control, comprendió algo aterrador: no sabía qué hacer.
—Por favor… —susurró con la voz quebrada—. Ayúdelo.
Elena tomó al niño, lo acunó contra su pecho, tarareando una melodía suave. En menos de un minuto, la respiración se normalizó.
Santi se aferró a ella… y dio cuatro pasos pequeños pero firmes hacia su hermano.
Roberto cayó de rodillas.
—¿Cómo? Los médicos dijeron que tal vez nunca…
—El amor puede más que cualquier diagnóstico —respondió Elena con firmeza—. Su hijo no necesita distancia y protocolos. Necesita sentirse seguro.
En ese momento entró doña Gertrudis.
—Don Roberto, debo informarle de un robo. El broche de diamantes de la señora Sandoval ha desaparecido. Y tengo razones para creer que esta señorita sabe algo al respecto.
El bolso de Elena fue revisado. Allí brillaba el broche.
—Yo no sé cómo llegó ahí —susurró ella.
El silencio fue devastador.
Entonces Roberto recordó las cámaras de seguridad.
Minutos después, en su estudio, las imágenes revelaron la verdad: doña Gertrudis entrando al despacho, abriendo la caja fuerte y deslizando el broche en el bolso de Elena.
—Treinta años, Gertrudis —dijo Roberto con voz helada—. ¿Por qué?
—Porque no era digna. Usted y los niños merecen gente de alcurnia.
—El legado de mi esposa era el amor —respondió él con la voz rota—. Usted no protegió nada. Alimentó mi miedo.
Gertrudis fue escoltada fuera de la casa.
Roberto se volvió hacia Elena.
—He sido un necio. Un clasista que casi destruye lo mejor que les ha pasado a mis hijos. Por favor… no se vaya.
Elena lo miró en silencio.
—¿Está dispuesto a tirarse al suelo, señor Sandoval? ¿A usar guantes amarillos ridículos?
Por primera vez en meses, Roberto sonrió.
—Estoy dispuesto a lo que sea necesario.
—Entonces acepto. Pero ya no soy la niñera. Soy Elena. Y usted jugará con ellos al menos una hora diaria. Sin celular.
—Trato hecho.
Seis meses después, la mansión seguía siendo elegante, pero ahora había calcetines convertidos en títeres, dibujos con huellas de manos en las paredes y una torre de bloques permanentemente en construcción.
Todas las tardes se podía ver a don Roberto Sandoval, el magnate temido en las salas de juntas, tirado en el suelo con el traje arrugado, mientras Nico cabalgaba sobre su espalda y Santi daba pasos cada vez más firmes de su mano a la de Elena.
—Papá, torre, torre —gritaba Nico.
—Muy bien, arquitecto —respondía Roberto riendo—. Pero esta vez no la derribemos en dos segundos.
Elena observaba con una taza de té.
—¿Recuerdas cuando decías que el control era lo único importante?
Roberto levantó la vista, con Santi sentado en su pecho.
—Ese hombre era un idiota.
Santi le dio un beso baboso en la mejilla.
Y en aquella casa que había estado muerta de silencio y perfección, la vida volvía a latir con fuerza.