Objetivo confirmado a 200 metros. Proceda con extrema precaución.

Marcus Chen apagó el comunicador y murmuró una maldición entre dientes.

Durante diecisiete años había sido el ejecutor silencioso de la Agencia de Seguridad Paranormal. Su trabajo era simple: localizar amenazas, eliminarlas y desaparecer antes de que el mundo normal supiera que había estado en peligro.

Nunca hacía preguntas.

Hasta esa noche.

La selva brasileña lo rodeaba con una humedad sofocante. El aire era tan espeso que parecía pegársele a los pulmones. A través de sus lentes de visión nocturna, todo se veía verde, espectral, como si caminara dentro de un sueño enfermo.

Cada sonido lo mantenía alerta.

El chillido lejano de un mono aullador.
El crujir de una rama bajo algún animal nocturno.
El murmullo constante del río Negro.

Pero lo que realmente lo inquietaba no era la selva.

Era la misión.

La información había sido mínima.

Entidad desconocida.
Seis desapariciones confirmadas.
Eliminar inmediatamente.

Marcus había visto los informes.

Los cuerpos aparecían en la orilla del río con expresiones extrañamente tranquilas, como si hubieran muerto dormidos. Sin heridas. Sin lucha. Sin sangre.

Solo silencio.

Y siempre cerca de las llamadas Piedras Cantantes.

Marcus avanzó entre helechos gigantes cuando lo escuchó.

Al principio pensó que era el viento.

Luego comprendió que era una melodía.

No era exactamente música. Era más bien como si el silencio mismo estuviera cantando entre las hojas. Una melodía imposible que su mente completaba aunque sus oídos apenas la percibieran.

Hermosa.

Hipnótica.

Peligrosa.

—Concéntrate… —susurró para sí mismo.

Activó el implante neural detrás de su oreja. Un zumbido recorrió su cráneo mientras los químicos estabilizadores inundaban su cerebro.

La música no desapareció.

Pero al menos ahora podía pensar.

Minutos después salió de la vegetación y llegó a la orilla del río.

Allí estaban las Piedras Cantantes.

Tres enormes columnas negras emergiendo del agua como dedos de piedra señalando al cielo. La luz de la luna se reflejaba en las extrañas espirales talladas en su superficie.

Y entonces la vio.

Marcus levantó lentamente el rifle.

Su dedo se posó sobre el gatillo.

Diecisiete años de entrenamiento le gritaban lo mismo.

Dispara.

Pero no pudo.

Sentada sobre la roca central estaba una sirena.

Su piel brillaba como porcelana bajo la luna. El largo cabello oscuro caía sobre sus hombros y se mezclaba con las escamas que comenzaban en su cintura.

Su cola se curvaba sobre la piedra con elegancia imposible, las escamas cambiando de color entre turquesa, violeta y plata.

Y cantaba.

La canción era devastadora.

Cada nota llevaba la tristeza de siglos.
El peso de océanos antiguos.
La soledad de alguien que había sobrevivido demasiado tiempo.

Marcus sintió lágrimas correr por su rostro sin entender por qué.

—Dispara… —murmuró.

Pero su cuerpo no obedeció.

Entonces la sirena dejó de cantar.

El silencio cayó sobre la selva como una losa.

La criatura giró lentamente la cabeza.

Sus ojos encontraron los de Marcus a través de la mira telescópica.

Azul profundo. Antiguo. Infinito.

Sus labios se movieron sin emitir sonido.

Marcus pudo leer la palabra.

¿Por qué?

Su rifle bajó lentamente.

La sirena se deslizó desde la roca hacia el agua y nadó hacia la orilla. Sus movimientos eran suaves, casi etéreos.

Marcus retrocedió un paso.

Ella emergió frente a él.

De cerca era aún más increíble.

Pequeñas branquias se abrían en su cuello. Escamas diminutas brillaban en sus hombros como polvo de diamante.

Y había inteligencia en su mirada.

No era un animal.

Era alguien.

Marcus levantó las manos.

—No voy a hacerte daño.

La sirena inclinó la cabeza.

Y habló.

Su voz era como su canción: suave, musical, antigua.

—Mentiroso… vienes con armas de muerte.

Marcus tragó saliva.

—Me enviaron. Creían que eras peligrosa.

Ella bajó la mirada hacia el agua.

—He matado a seis de los tuyos.

Marcus frunció el ceño.

—¿Intencionalmente?

Sus ojos se llenaron de dolor.

—No.

Su voz tembló.

—Estoy sola… desde hace siglos. Cuando canto, los humanos vienen. Escuchan mi canción… y por un momento no estoy sola.

Hizo una pausa.

—Pero sus mentes no soportan el canto de mi especie.

Marcus recordó los informes médicos.

Muerte cerebral inmediata.

—No puedo detenerlo —susurró ella—. El canto es lo único que soy.

Marcus se sentó lentamente en la orilla.

El rifle quedó olvidado a su lado.

—¿Cuánto tiempo llevas sola?

La sirena lo miró.

—Doscientos años desde que murió el último de los míos.

La respuesta lo golpeó como una bala.

—¿Tu nombre?

—Marisol.

El nombre sonó humano.

Demasiado humano.

—Yo soy Marcus.

Ella lo observó en silencio.

—Vas a matarme, Marcus.

Él miró el arma.

Luego volvió a verla.

—No lo sé.

La sirena se acercó un poco más.

—Entonces tienes una elección.

—¿Cuál?

—Ayudarme.

Marcus frunció el ceño.

—¿Ayudarte cómo?

—Llévame al océano.

El nombre del río resonó en su mente.

Amazonas. Atlántico.

Un camino largo… pero posible.

Su comunicador crepitó.

—Chen, reporte su estado inmediatamente.

Marcus lo apagó.

Sabía lo que ocurriría si no cumplía la misión.

Enviarían más agentes.

Y ellos no dudarían.

Marcus miró a Marisol.

Vio siglos de soledad en sus ojos.

Y tomó su decisión.

—Voy a sacarte de aquí.

Ella lo observó con incredulidad.

—¿Por qué?

Marcus pensó en todas las criaturas que había matado.

En todas las órdenes que había obedecido sin cuestionar.

—Porque estoy cansado de ser el arma de alguien más.

Marisol extendió lentamente su mano.

Marcus la tomó.

Su piel era fría como el agua profunda.

Y así sellaron un pacto.


Tres días después, un camión avanzaba por un camino selvático llevando un tanque lleno de agua salada.

Dentro, Marisol viajaba hacia el océano.

Marcus había falsificado informes, creado fotografías falsas de la “eliminación del objetivo”.

No era perfecto.

Pero compraría tiempo.

Antes de separarse, Marisol lo miró desde el tanque.

—Nunca olvidaré esto, Marcus Chen.

Él sonrió.

—Yo tampoco.

El camión desapareció entre los árboles.

Marcus apagó su comunicador por última vez.

Sabía que cuando la Agencia descubriera la verdad lo perdería todo.

Su trabajo.

Su libertad.

Tal vez su vida.

Pero mientras caminaba bajo la luz del amanecer que atravesaba la selva, Marcus Chen sintió algo que no había sentido en años.

Paz.

Porque por primera vez en diecisiete años…

había elegido salvar una vida en lugar de destruirla.

Y muy lejos río abajo, una sirena cantaba una nueva canción.

No de soledad.

Sino de esperanza.