Lista para la boda

—Dios mío… ¿qué es eso?
—No… no… no…

Pamela se llevó la mano al pecho, respirando agitadamente frente al espejo de su habitación. Su vestido blanco estaba listo, su maquillaje impecable… y sin embargo algo le había helado la sangre.

—¿Qué pasó, amor? —preguntó Francisco desde la puerta—. ¿Estás lista para la boda?

Pamela parpadeó varias veces, intentando recuperar la calma.

—Sí… s

Francisco sonrió y l

—Vamos. Hoy comienza nuestra vida

Pamela asintió y subió al auto con él.

El camino hacia la iglesia transcurría en silencio hasta que, de pronto, Francisco frenó.

—El anillo —murmuró—. Lo olvidé en casa.

Pamela frunció el ceño.

—¿Cómo sabes que lo olvidaste… si no lo has buscado?

Francisco tardó un segundo en responder.

—Bueno… solo lo supuse.

El silencio volvió a caer entre los dos.

—Regresemos por él —dijo finalmente.

Cuando volvieron a la casa, Pamela sintió un mareo repentino.

—Creo que se me bajó la presión —susurró.

—Quédate aquí —dijo Francisco—. Yo buscaré el anillo y te traeré agua.

Entró en la casa y Pamela se quedó sola en el auto, intentando tranquilizarse.

Unos minutos después decidió entrar.

La casa estaba extrañamente silenciosa.

—¿Francisco?

Nadie respondió.

Entonces escuchó un golpe suave… proveniente del baño.

Pamela caminó con cautela.

Al abrir la puerta vio algo que la dejó paralizada.

Las manos de Francisco estaban cubiertas de sangre.

—¿Qué… qué es eso? —susurró.

Francisco la miró con expresión extraña.

—Nada… solo me corté.

Pero la sangre corría por el lavabo… como si hubiera lavado algo mucho peor.

El miedo comenzó a crecer en el pecho de Pamela.

—Necesito… lavarme la cara —dijo.

Entró al baño nuevamente y cerró la puerta.

Cuando levantó la vista hacia el espejo… no estaba sola.

Detrás de ella había una mujer.

Pálida.

Con el rostro lleno de golpes.

Y con un hilo oscuro alrededor del cuello.

Pamela gritó y se giró… pero la mujer ya no estaba.

—Estoy perdiendo la cabeza… —murmuró.

Al salir del baño, vio el televisor encendido.

Las noticias mostraban una fotografía.

La sangre de Pamela se heló.

—Joven millonaria fallece después de su boda… —decía el reportero—. Las autoridades investigan un posible caso de femicidio…

En la pantalla apareció la imagen de la víctima.

La misma mujer que Pamela había visto en el espejo.

—No… no puede ser…

Entonces una voz susurró detrás de ella.

—No soy el monstruo… el monstruo es tu esposo.

Pamela se giró lentamente.

La mujer estaba allí otra vez.

—Él acabó con mi vida —dijo el espíritu—. Solo quería mi dinero.

La mente de Pamela comenzó a recordar.

Días antes de la boda…

—Mi amor —había dicho Francisco—. Debemos unir nuestros bienes. Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo.

Pamela había dudado.

Pero él insistió.

—Es lo normal en un matrimonio.

Al final aceptó cambiar los documentos.

Ahora todo encajaba.

—Cuando se deshaga de ti —continuó el espíritu—… él se quedará con todo.

Pamela sintió que el miedo se transformaba en algo diferente.

Determinación.

—Gracias… —susurró.

El espíritu sonrió débilmente y desapareció.

Pamela tomó su teléfono y llamó a su padre.

—Papá… necesito tu ayuda.

Le contó todo.

Y juntos planearon algo.

Horas después llegaron a la iglesia.

—Disculpen la demora —dijo Francisco sonriendo.

La ceremonia comenzó.

—Francisco —dijo el sacerdote—. ¿Aceptas a Pamela como tu esposa?

—Sí, acepto.

Pamela lo observó con calma.

—Pamela —continuó el sacerdote—. ¿Aceptas a Francisco?

Ella respiró profundamente.

—Sí… acepto.

Firmaron los documentos.

Francisco sonrió con satisfacción.

Se inclinó hacia ella y susurró:

—Ahora todo lo tuyo es mío.

Entonces el padre de Pamela se levantó.

—¿Estás seguro de eso?

Francisco frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El padre colocó otros papeles sobre la mesa.

—Lo que acabas de firmar… no es un acta de matrimonio.

El rostro de Francisco se volvió blanco.

—Es una confesión legal de todos los delitos que cometiste contra tu exesposa.

Las puertas de la iglesia se abrieron.

Varios policías entraron.

—Francisco Herrera —dijo uno de ellos—. Queda arrestado por homicidio.

—¡No! ¡Eso es mentira! —gritó él—. ¡Me engañaron!

El padre de Pamela sacó un video.

Era la grabación donde Francisco confesaba todo.

Los policías lo esposaron.

Mientras se lo llevaban, Francisco gritaba desesperado.

—¡Todo esto era mío!

Pamela observó en silencio.

Luego miró hacia el fondo de la iglesia.

La mujer del espejo estaba allí.

Sonriendo en paz.

Por su ambición —susurró el espíritu— me quitó lo más valioso que tenía.

Mi vida.

Pero hoy… la verdad ganó.

El espíritu desapareció lentamente.

Pamela tomó la mano de su padre.

—Gracias por salvarme.

Él sonrió con ternura.

—Los ángeles siempre aparecen cuando más los necesitas.

Pamela miró el cielo a través del vitral de la iglesia.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Respiró tranquila.