
Mamá, papá, estoy vivo”, dijo el mendigo a la pareja millonaria de ancianos en
medio del cementerio. Lo que ocurrió después cambió la vida de esa familia para siempre. Era domingo y como cada
semana, el silencio del panteón se rompía solo con el crujir de las hojas secas bajo los pasos lentos de Emilia y
Julián. [música] Caminaban juntos, uno al lado del otro, pero sin hablar ya no
hacía falta. Después de tantos años se entendían con solo mirarse. Ella llevaba
un ramo de alcatraces blancos, los favoritos de su hijo. Él, [música] una cajita de madera pequeña con una vela
dentro. Siempre hacían lo mismo. Llegaban a la misma tumba, a la misma hora. Se quedaban un rato en silencio.
Emilia lloraba en silencio y luego se iban sin decir mucho. La tumba estaba limpia. Tenía una placa de mármol con
letras doradas que decían Esteban Ramírez Ortega. 1985-191.
Aunque no había cuerpo ahí, lo que enterraron fue una caja vacía. Después de meses de búsqueda, de noticias, de
amenazas anónimas, de llamadas falsas, la policía los convenció de que lo más
probable era que su hijo estaba muerto, que se resignaran, que hicieran su duelo. Y eso hicieron, o al menos lo
intentaron. Emilia nunca aceptó del todo. Julián sí, pero a su manera,
cerrándose con el mundo, aislándose en su oficina y haciendo crecer el negocio
familiar hasta convertirlo en un imperio. [música] Ese domingo el clima estaba nublado, el aire olía a tierra
mojada. Emilia se agachó frente a la lápida y colocó los alcatraces con cuidado, como si no quisiera molestar al
niño que imaginaba dormido ahí abajo. Julián prendió la vela y se quedó de pie con la mirada fija en la placa. No
hablaban. A veces Emilia decía algo bajito, como si estuviera contándole
cosas a su hijo. Pero ese día ni eso. [música] De repente se oyó un grito. No
fue un grito de miedo ni de dolor. Fue como un rugido desesperado. Julián giró la cabeza de golpe. Emilia se levantó de
inmediato. De entre las tumbas apareció un hombre desaliñado, con la barba
crecida, los zapatos rotos y una chamarra vieja que colgaba de su cuerpo como si no le perteneciera. Tenía los
ojos abiertos como platos desbordados de lágrimas y avanzaba hacia ellos con los
brazos alzados. Mamá, papá, estoy vivo. El silencio que había en el panteón se
volvió más pesado de lo normal. Julián reaccionó primero, poniéndose delante de Emilia como si tuviera que protegerla.
El hombre se detuvo a unos metros. Parecía agitado, nervioso, pero no violento. Emilia lo miró con los ojos
bien abiertos, sin entender. Pensó que era una alucinación o una broma de muy
mal gusto. ¿Quién eres?, preguntó Julián con el tono seco, firme, como cuando
hablaba con empleados que lo habían decepcionado. El hombre levantó las manos tembloroso. Soy Esteban. Soy su
hijo. Me robaron, pero no morí. Estoy aquí. Emilia retrocedió un paso. Sintió
cómo se le doblaban las piernas. Julián ni se movió. Lo miraba como se mira a un mentiroso profesional. De esos que saben
cómo actuar para sacar dinero. [música] Eso no es posible, dijo Julián. Emilia le agarró el brazo. Julián, espera. El
hombre empezó a hablar rápido, como si le urgiera soltar todo. Contó cosas sueltas, confusas, que una señora lo
había tenido encerrado, que luego lo cambiaron de casa, que nunca le dijeron quién era realmente, que un día escuchó
en la radio una historia parecida a la suya y empezó a investigar, que recordó su nombre completo, que se acordaba del
parque donde jugaba, de una canción que Emilia le cantaba antes de dormir. Emilia se quedó helada. El tipo la miró
directo a los ojos. Tú me cantabas eso de que la luna brillaba para mí, ¿te acuerdas? Julián agarró su celular. Voy
a llamar a seguridad. Ya basta. Esto es una locura. No, espera. Pidió [música]
Emilia con la voz temblorosa. Dijo lo de la canción Julián. ¿Cómo lo sabría? Se
lo pudo haber inventado. [música] Respondió Julián sin soltar el celular. Se lo pudo haber dicho alguien. Esto ya
nos ha pasado. Gente que quiere aprovecharse. [música] El hombre empezó a llorar. De verdad, no esas lágrimas de
actor barato, [música] sino como un niño roto. Se cayó de rodillas frente a ellos, metió la mano bajo la chamarra y
sacó algo envuelto en plástico sucio. Era una foto, vieja, manchada, pero se
alcanzaba a ver. Un niño en bicicleta con los dientes chuecos abrazando a un perro blanco con manchas negras.
“Chispa!”, gritó Emilia sin poder contenerse. Esa foto es es del jardín.
Julián se quedó quieto. Algo en su rostro se quebró por un segundo, pero volvió a endurecerse. Emilia se
arrodilló al nivel del hombre. Le tocó el rostro con miedo, como si fuera a despertar de un sueño. ¿De dónde sacaste
esta foto?, preguntó con voz baja, pero firme. El hombre no podía ni hablar de
lo tanto que lloraba, solo movía la cabeza, repitiendo que era él que por fin había logrado escapar. que tardó
años en juntar pedazos de su memoria, que no quería nada más que encontrarlos. Julián respiró hondo, se metió las manos
en los bolsillos y caminó unos pasos. Miró al cielo, [música] apretó los dientes y luego volteó a verlo con una
frialdad que dolía. Vamos a hacer una prueba de ADN. Y si esto es una mentira,
te vas a arrepentir. No es una mentira, dijo el hombre. No quiero su dinero.
Solo quiero saber si puedo volver a casa. Emilia no podía parar de mirarlo. Algo dentro de ella se movía. No era
esperanza, era otra cosa, algo más fuerte, algo que había estado dormido
por años y que ahora despertaba como una ola enorme. Se volvió hacia Julián. Si
es él, si hay una mínima posibilidad de que sea, no voy a dejar que lo eches como a un perro. Voy a averiguarlo.
Julián no dijo nada, [música] solo asintió con la cabeza, llamó a uno de sus asistentes, pidió que enviaran un
coche [música] y que buscaran al mejor laboratorio disponible. El hombre se sentó en una banca temblando. [música]
Emilia se quedó a su lado. No lo tocó más, pero no dejó de mirarlo. Julián se alejó unos metros sin dejar de vigilar.
El viento sopló fuerte, moviendo las flores recién puestas en la tumba vacía. Nadie dijo nada por un largo rato, pero
ese silencio ya no era igual al de antes. En la sala de estar de la casa todo parecía congelado en el tiempo. Las
cortinas seguían siendo las mismas desde hace más de 20 años. Las fotos familiares colgaban como si nadie
hubiera cambiado, como si el reloj se hubiera detenido el día que Esteban desapareció. Esa tarde, Emilia no dejó
de observar al hombre sentado frente a ella. Tenía las manos sucias, [música] las uñas maltratadas y el rostro
desgastado por el sol y la calle. Pero en los ojos había algo. No sabía que era
exactamente, pero lo hacía imposible de ignorar. Lo miraba con miedo, sí, pero