El campesino que vendió su alma al por una esposa.

Dicen que la soledad no mata, pero tampoco deja vivir, y que hay hombres

tan desesperados por compañía que le pedirían hasta al mismísimo que les consiguiera mujer.

En un rancho perdido entre los cerros de Jalisco, vivía Filemón, un campesino que

llevaba tantos años solo que ya ni los perros se le acercaban. No es que fuera

mal hombre, es que la vida lo había dejado sin nada ni nadie. Y cuando un

hombre no tiene con quién compartir sus tortillas al amanecer, pues algo dentro de él se va secando como milpa sin agua.

Pero te advierto algo, lo que vas a escuchar no es un cuento de amor. Es la

historia de como Filemón consiguió lo que pidió y como ese deseo lo llevó

directo al infierno. Filemón tenía 43 años y una casita de adobe que se caía a

pedazos. Cada mañana se levantaba antes que el gallo, se hacía sus frijoles y

salía a trabajar la tierra. Cada tarde regresaba con la espalda adolorida y se

sentaba en el petate a fumar un cigarro mirando el techo. Y cada noche se

acostaba pensando lo mismo. Así me voy a morir solo como un perro viejo. No es

que no hubiera intentado conseguir mujer. Lo intentó de joven, pero las

muchachas del pueblo le hacían el feo. Decían que era muy callado, muy serio,

que parecía que cargaba una tristeza que ni el cura podía quitarle. Y tenían

razón. Filemón cargaba con algo que nadie sabía. De niño había visto morir a

toda su familia por una enfermedad que llegó al rancho como maldición.

Desde entonces vivía con esa cara de hombre que ya conoce la muerte demasiado de cerca. Los años pasaron y Filemón se

resignó. Ya, para qué, pensaba. Ya estoy viejo, ya nadie me va a querer. Pero hay

noches en las que la soledad pesa tanto que hasta el hombre más resignado se quiebra. Y esa noche llegó un día de San

Juan, cuando todo el pueblo estaba de fiesta y él estaba en su rancho oyendo los cohetes a lo lejos, se sentó afuera

de su jacal con una botella de mezcal que había guardado desde hacía años. Se

puso a beber mientras veía las estrellas y entre trago y trago empezó a hablar

solo. Primero se quejó con Dios. le reclamó por haberlo dejado tan

abandonado. Después se quedó callado un rato largo, nada más oyendo los grillos y el viento

que movía los maizales. Y entonces, ya medio borracho y con los ojos aguados,

soltó lo que llevaba años guardándose. Si Dios no me va a mandar una mujer, que

me la mande el Me da igual de dónde venga. Yo solo quiero tener con

quién hablar en las mañanas. alguien que me haga la comida y me espere cuando regrese del campo. No pido que sea

bonita ni buena, solo que esté aquí conmigo. Ese es mi único deseo. Lo dijo

con tanta tristeza que hasta el viento pareció detenerse. Filemón se quedó ahí sentado esperando

no sé qué, una señal, un trueno, algo. Pero no pasó nada, solo el silencio y la

noche cerrada. Se terminó la botella. se metió a su casa y se acostó pensando que

había hecho el ridículo hablándole a la nada. Pero hay palabras que no se las

lleva el viento. Hay deseos que alguien siempre escucha. Y esa noche, mientras

Filemón dormía con la boca abierta y roncando como tractor viejo, algo en el

mundo cambió. En algún lugar oscuro y lejano, alguien sonríó. A la mañana

siguiente, Filemón se despertó con un dolor de cabeza espantoso. Se levantó mareado, se echó agua en la

cara y salió a hacer sus necesidades detrás del corral. Todo parecía normal.

El sol estaba saliendo, las gallinas cacareaban y el burro rebuznaba pidiendo

su alfalfa. Filemón les dio de comer a los animales y se puso a hacer lumbre para calentar los frijoles del día

anterior. Estaba soplándole al fogón cuando escuchó algo raro, un ruido como

de carreta acercándose por el camino de terracería. Eso era extraño. Nadie subía hasta su

rancho. Estaba tan retirado que ni los vendedores ambulantes llegaban hasta

allá. Filemón salió a ver qué era y lo que vio lo dejó parado con la boca

abierta. Venía una carreta jalada por dos bueyes negros enormes.

Pero no eran bueyes normales. Estos animales tenían los ojos completamente

rojos y echaban vapor por la nariz como si estuvieran hirviendo por dentro. Y

sentado en la carreta venía un hombre que Filemón jamás había visto por esos

rumbos. Era un tipo flaco como palo seco, vestido con un traje gris todo

polvoriento y un sombrero de petate que le tapaba media cara. Pero lo que más le

llamó la atención fueron sus manos. Eran manos largas, huesudas, con unas uñas

amarillas y gruesas como de animal. El hombre lo saludó con una sonrisa que

mostraba unos dientes como si fueran de algún muerto recién desenterrado.

“Buenos días, don Filemón”, dijo el tipo con una voz que sonaba como cuando rasguñas una piedra contra otra. Filemón

sintió un bajón en el estómago. “¿Cómo sabía su nombre ese desconocido?”

“Buenos días”, contestó Filemón sin moverse de dónde estaba. “¿De dónde

viene usted?” El hombre se bajó de la carreta con una agilidad rara. Se quedó parado frente a

él y Filemón pudo verle bien la cara. Tenía la piel muy blanca, como si nunca

le hubiera pegado el sol. Y los ojos, los ojos eran de un color café tan claro

que casi parecían amarillos. Vengo de lejos, pero eso no importa. Lo que

importa es que anoche me llamaste. Filemón se quedó helado. Este tipo lo

había escuchado. No sé de qué me habla, dijo Filemón tratando de hacerse el desentendido.

El hombre soltó una risa seca. No te hagas. Anoche pediste una mujer. Dijiste

que te daba igual si te la mandaba Dios o el Bueno, pues Dios no contestó. Pero yo sí. Filemón quiso

decir algo, pero no le salieron las palabras. El tipo dio un paso hacia él y Filemón notó algo más. No hacía ruido al

caminar. Sus guaraches no crujían en la tierra seca. “Yo te puedo conseguir lo

que pides”, siguió diciendo el hombre. Una mujer que te acompañe, que te haga

la comida, que te espere todas las tardes. Una mujer que no te va a dejar y

que va a estar contigo hasta que te mueras. ¿No es eso lo que quieres? ¿Y

qué quiere a cambio?, preguntó Filemón con la voz quebrada. El hombre sonríó.

Nada que no puedas dar, solo quiero que me prometas algo sencillo. Cuando te mueras, tu alma viene conmigo. Así de

simple. Mientras tanto, tú vives tu vida, tienes tu mujer y eres feliz. ¿Qué

dices? Filemón se quedó callado viendo al tipo. Sabía perfectamente con quién

estaba tratando, pero también sabía que llevaba 20 años solo y que otros 20 más

no los aguantaba. ¿Qué caso tenía una vida larga si iba a vivirla completamente vacía? ¿Y cuándo me va a

traer a esa mujer?, preguntó Filemón. El hombre señaló hacia la carreta. Está ahí

atrás. Filemón caminó despacio hacia la carreta. El corazón le latía tan fuerte

que sentía que se le iba a salir del pecho. Los bueyes lo voltearon a ver con

esos ojos rojos y uno de ellos bufó echando ese vapor caliente. Filemón

rodeó la carreta y vio que atrás había una lona amarrada cubriendo algo. “Ándale, quítale la lona”, dijo el

hombre desde atrás con esa voz rasposa. Filemón jaló la cuerda y la lona cayó. Y

ahí estaba ella. Era una mujer como de 30 años, sentada en la parte de atrás de

la carreta con las manos cruzadas sobre el regazo. Tenía el pelo negro y largo

hasta la cintura, la piel morena clara y unos ojos grandes que lo veían sin pestañear.

Vestía un vestido blanco sencillo y estaba descalza. No sonreía ni fruncía

el ceño, solo lo miraba como esperando que él dijera algo. Se llama Soledad.

dijo el hombre acercándose. Es bonita, ¿verdad? Sabe cocinar, lavar,

remendar ropa y cuidar animales. No te va a dar lata ni te va a estar pidiendo cosas. Es calladita, pero no es muda.

Habla cuando hace falta y te lo voy a decir clarito. Mientras tú cumplas tu parte, ella va a estar aquí contigo.

Filemón no sabía qué decir. La mujer bajó de la carreta con un movimiento suave y se quedó parada junto al hombre

de gris. Filemón la veía y algo en su cabeza le gritaba que saliera corriendo.

Pero otra parte le decía que si dejaba ir esta oportunidad se iba a arrepentir el resto de su vida.

Ella sabe del trato, preguntó Filemón. Ella sabe lo que tiene que saber,

respondió el hombre. No te preocupes por eso. Solo preocúpate por tratarla bien.

Mientras la trates bien, ella se queda. Pero el día que le levantes la mano o la

corras de tu casa, ese mismo día voy a regresar. ¿Entendido? Entonces dime,

¿aceptas el trato o no? Filemón miró a la mujer otra vez. Ella

seguía viéndolo con esos ojos oscuros y profundos. Y por primera vez en años, Filemón

sintió algo que ya ni recordaba. Esperanza.

Acepto, dijo Filemón. El hombre aplaudió una vez y el sonido retumbó como si

hubieran tronado un cohete. Muy bien, entonces ya está hecho. Soledad es tuya.

Cuídala y sé feliz. Nos vemos cuando te toque, Filemón. El tipo subió a la

carreta de un brinco, le dio un chicotazo a los bueyes y el animal arrancó de regreso por el camino.

Filemón se quedó ahí parado, viendo cómo se alejaba la carreta levantando una polvareda.

En menos de un minuto ya no se veía nada. Era como si nunca hubiera estado

ahí. Se volteó a ver a la mujer. Ella lo seguía viendo sin expresión. ¿Cómo te

llamas? Le preguntó Filemón, aunque ya sabía la respuesta. Soledad, contestó

ella con una voz bajita, pero clara. Bueno, Soledad, bienvenida. Esta es tu

casa ahora. Ella respondió y caminó hacia la puerta del Jacal, como si ya conociera el lugar. Entró sin decir más

y Filemón se quedó afuera un rato más tratando de procesar lo que acababa de pasar. ¿De verdad había hecho un trato

con el De verdad, esa mujer se iba a quedar con él. Entró a la casa y la encontró

barriendo el piso de tierra con una escoba vieja que estaba arrinconada. Ella barrió sin decir nada, después

juntó la basura y la sacó. Luego prendió el fogón, puso agua a

calentar y empezó a hacer tortillas con la masa que Filemón tenía guardada desde

el día anterior. Filemón se sentó en su banquito de madera viéndola trabajar. No

podía creerlo. Había una mujer en su casa, una mujer de verdad haciendo tortillas en su comal. El olor del maíz

cocido llenó el cuarto y Filemón sintió que algo adentro de él que estaba roto

empezaba a componerse. ¿Tienes hambre? Le preguntó Soledad sin

voltear a verlo. Sí, contestó Filemón. Ella le sirvió frijoles refritos,

tortillas calientitas y un café de olla que preparó con canela y piloncillo que

Filemón ni sabía que tenía. Se sentaron a comer en la mesita coja y comieron en

silencio. Pero no era un silencio incómodo, era un silencio de esos que se

sienten bien, como cuando estás con alguien y no hace falta hablar. Después

de comer, Filemón salió a trabajar al campo como siempre. Pero ese día todo se

sentía diferente. El sol no quemaba tanto, el trabajo no cansaba igual y el

burro hasta parecía más obediente. Cuando regresó al mediodía, la casa estaba limpia. La ropa que tenía tirada

estaba lavada y colgada en el alambre. Las gallinas tenían agua fresca y maíz.

Y Soledad estaba preparando la comida. Se sentaron a comer otra vez. Esta vez

Filemón intentó platicar. ¿De dónde eres tú? Le preguntó. De lejos, contestó ella

sin dar más detalles. Tienes familia. Ya no. ¿Y estás bien aquí conmigo? Ella lo

vio a los ojos por primera vez desde que llegó. Estoy donde tengo que estar.

Filemón no supo qué más preguntar. Terminaron de comer y él volvió al campo. Esa tarde trabajó más ligero que

nunca. Hasta silvaba mientras desiervaba el maíz. Cuando el sol empezó a bajar,

regresó a la casa y Soledad ya tenía la cena lista. Cenaron, platicaron un poco

más y cuando oscureció, ella preparó el petate en el rincón y se acostó ahí.

Filemón se acostó en su catre al otro lado del cuarto. Antes de dormir la vio acostada de lado con los ojos cerrados.

Se veía tan tranquila, tan real. Filemón cerró los ojos y por primera vez en años

durmió con una sonrisa. Así pasaron los primeros días. Soledad hacía todo sin

que él le pidiera nada. cocinaba, lavaba, barría, le remendaba la ropa y

hasta le cantaba canciones viejas mientras hacía las Filemón estaba feliz, más feliz de lo

que había estado en toda su vida, pero había algo extraño. Soledad nunca salía

de la casa cuando había sol, solo salía en las tardes cuando ya estaba oscureciendo o muy temprano antes de que

amaneciera. Y nunca se reía ni una sola vez. Sonreía tantito a veces, pero nunca

soltaba una carcajada. Pasó un mes y Filemón ya no se acordaba de cómo era la

vida antes de Soledad. Se había acostumbrado a despertarse y encontrarla

preparando el café. a regresar del campo y ver humo saliendo de la chimenea, a cenar acompañado y no

tener que hablar solo mientras fumaba su cigarro en las noches. Era feliz, tan

feliz que a veces se despertaba en la madrugada solo para confirmar que ella seguía ahí. Pero una noche pasó algo que

le revolvió todo. Filemón se despertó porque escuchó un ruido afuera. Parecía

como que alguien estaba raspando algo contra la pared del jacal. Se levantó despacio tratando de no hacer ruido y se

asomó por la ventanita. Lo que vio lo dejó clavado. Soledad estaba afuera

parada en medio del patio. La luna estaba llena y se veía todo clarísimo.

Ella estaba ahí no más parada viendo hacia el cerro con los brazos colgando a los lados. No se movía, no respiraba,

solo estaba ahí como estatua. Filemón se quedó viéndola un rato largo esperando

que hiciera algo, pero ella nada, ni un movimiento. Después de un rato que se le

hizo eterno, Soledad volteó la cabeza despacio hacia la ventana.

Y aunque Filemón estaba en la oscuridad de la casa, supo que ella lo estaba

viendo. Se quedaron así un momento viéndose el uno al otro. Luego ella

regresó al jacal, caminando normal, como si nada, y se acostó en su petate.

Filemón no pudo dormir el resto de la noche. A la mañana siguiente no le dijo

nada. Ella preparó el desayuno como siempre y actuó normal, pero Filemón ya

no la veía igual. Empezó a fijarse en cosas que antes no notaba. Nunca sudaba,

aunque hiciera mucho calor. Nunca se quejaba de nada. Nunca tosía, nunca estornudaba, nunca se enfermaba.

Y sus ojos, sus ojos a veces brillaban raro en la oscuridad como los de un

gato. Pero lo que más le empezó a pesar fue otra cosa. Soledad nunca preguntaba

por el pueblo. Nunca quería ir a misa los domingos. Cuando Filemón le decía

que fueran al pueblo a comprar cosas, ella siempre decía que no, que ella se

quedaba cuidando la casa. Y un día que Filemón insistió mucho, ella le contestó

algo que le eló la sangre. No puedo salir de aquí, Filemón. Este es el único

lugar donde puedo estar. ¿Por qué? Preguntó él. Ella lo vio con esos ojos

oscuros y le dijo, “Porque yo no soy como las demás mujeres. Yo soy lo que

soy y si salgo de aquí me tengo que ir para siempre.” Filemón no quiso

preguntar más. Le daba miedo la respuesta. Pero esa noche, mientras ella dormía, él

se quedó despierto pensando, ¿qué era soledad realmente? ¿Era una mujer de

verdad o era otra cosa? Y si era otra cosa, ¿qué iba a pasar cuando él se

muriera? Los días siguieron y aunque Filemón trataba de ignorar esas dudas,

cada vez le pesaban más. Empezó a tener pesadillas. soñaba que se moría y que el

hombre de gris llegaba por él con esa carreta jalada por los bueyes rojos.

Pero en el sueño, cuando subía a la carreta, Soledad ya estaba ahí sentada

viéndolo con una cara que no era la de ella. Era una cara vacía como de alguien

que nunca estuvo vivo. Se despertaba sudando y con el corazón a 1000. Y ahí

la veía, soledad acostada en su petate durmiendo tranquila. O al menos eso

parecía, porque Filemón ya no estaba seguro de que ella realmente durmiera. A

veces se quedaba viéndola en la oscuridad y juraba que ella también tenía los ojos abiertos viéndolo. Un día

llegó al rancho un conocido de Filemón. Era Jacinto, un viejito que vivía a

varios kilómetros de ahí y que venía a venderle unos pollos. Cuando Jacinto vio a Soledad, se quedó

como impresionado. Ella le sirvió agua y le ofreció tortillas.

Jacinto comió, pero no dejaba de verla con una cara rara. Cuando Soledad entró

a la casa, Jacinto le dijo a Filemón en voz baja, “Oye, compadre, esa mujer

tuya, ¿de dónde salió?” “Es de por aquí”, mintió Filemón. Ah, sí, porque yo

conozco a toda la gente de estos rumbos y nunca la había visto. Además, tiene algo raro. No sé qué es, pero algo no me

late. Está bien, Jacinto. No más no está acostumbrada a la gente.

Jacinto se quedó callado un rato y después dijo, “Mira, Filemón, no me meto

en lo que no me importa, pero si yo fuera tú, tendría cuidado. Mi abuela

decía que hay mujeres que no son mujeres, que son espíritus o cosas peores y se reconocen porque no se ven

en los espejos. Filemón sintió que se le erizó la piel. ¿Qué dices? Lo que oíste.

Consíguete un espejo y pónselo enfrente. Si no se refleja, pues ya sabrás.

Jacinto se fue y Filemón se quedó dándole vueltas a eso. Soledad se reflejaba en los espejos. Trató de

recordar, pero se dio cuenta de que nunca la había visto frente a uno. En el jacal no había espejos, solo un pedazo

de vidrio roto que él usaba para rasurarse y que estaba colgado afuera junto al lavadero. Esa tarde, cuando

Soledad salió a darles de comer a las gallinas, Filemón agarró el pedazo de vidrio y lo metió a la casa. lo puso

parado contra la pared junto a la mesa. Cuando ella entró, Filemón le dijo,

“Soledad, ven tantito, quiero que veas esto.” Ella se acercó y Filemón la puso

frente al vidrio y entonces lo vio, o mejor dicho, no lo vio. El vidrio

reflejaba la mesa, la pared, la luz que entraba por la ventana. Pero donde debería estar Soledad, no había nada,

solo el fondo. Era como si ella no existiera. Filemón dio un paso atrás.

Soledad volteó a verlo con esa cara sin expresión que siempre tenía. “Ya lo

sabes”, dijo ella con voz tranquila. “Ya sabes lo que soy. ¿Qué eres?”, preguntó

Filemón con la voz quebrada. Soledad se quedó callada un momento. Después dijo,

“Soy lo que pediste, una compañía que no te iba a dejar. Pero nunca te dijeron

que las cosas que vienen de allá abajo ya no son de este mundo. Yo estuve viva

alguna vez, Filemón, hace muchos años, pero ahora solo soy lo que quedó.” Una

sombra con forma de mujer. Filemón sintió que las piernas no le respondían.

Quería salir corriendo, pero no podía moverse. ¿Me vas a hacer daño?,

preguntó. No, contestó ella. Yo no vine a hacerte daño. Vine a acompañarte hasta

que te mueras. Ese fue el trato. Pero ahora que ya sabes la verdad, me quieres

aquí todavía. Filemón se quedó viendo al piso. Mil cosas le pasaban por la

cabeza. Debería correrla. debería gritarle que se fuera y nunca volviera.

Pero después pensó en los últimos meses, en despertar acompañado, en comer

caliente, en tener con quién hablar, aunque fuera poco, en no sentirse tan

solo que quisiera morirse. Levantó la vista y la vio. Ella seguía ahí parada

esperando su respuesta. ¿Puedes quedarte así como estás?, preguntó Filemón sin

hacerme nada malo. Sí, dijo Soledad. Yo solo estoy aquí para acompañarte,

nada más. Filemón respiró hondo. Entonces, quédate. Después de esa noche

todo cambió entre Filemón y Soledad. Ella siguió haciendo las mismas cosas de

siempre, pero ahora había un silencio diferente entre los dos. Filemón ya no

platicaba tanto, solo hacía su trabajo y comía lo que ella le preparaba. Por las

noches se acostaba dándole la espalda tratando de no pensar en lo que dormía al otro lado del cuarto, pero la soledad

pesa más que el miedo. Y poco a poco Filemón se fue acostumbrando otra vez.

Al final del día, ¿qué más daba si soledad no se reflejaba en los espejos? Seguía siendo mejor tenerla ahí que

estar solo. Por lo menos eso se decía él para no volverse loco. Pasaron los meses

y Filemón envejeció más rápido. El pelo se le puso completamente blanco y la

espalda se le encorbó como si cargara un costal de piedras. ya no trabajaba tanto

el campo. Soledad hacía casi todo. Ella nunca se cansaba, nunca envejecía,

seguía igual que el primer día. Una tarde, Filemón estaba sentado afuera viendo como el sol se metía detrás del

cerro. Soledad salió y se sentó junto a él. Se quedaron así un rato sin hablar

hasta que Filemón le preguntó, “¿Cuánto tiempo llevas muerta?”

Soledad tardó en contestar mucho. Ya ni me acuerdo bien. Creo que

fue cuando todavía había guerras por aquí. Yo era joven, me enfermé y me morí

en dos días. Después desperté, pero ya no era yo. Me llevaron con él y desde

entonces hago lo que me toca hacer. ¿Y qué es lo que te toca hacer? Acompañar a

los que piden compañía. He estado con muchos hombres antes que tú, Filemón,

todos igual de solos, todos igual de desesperados y todos terminan igual.

Filemón sintió un vacío en el estómago. ¿Cómo terminan? Se mueren y cuando se

mueren, yo regreso con él y espero al siguiente. Y nunca has querido, no sé,

descansar. Soledad lo volteó a ver con esos ojos que ya no le daban tanto miedo. Todos

los días, Filemón, todos los días se quedaron callados otra vez. Después

Soledad se levantó y entró a la casa. Filemón se quedó ahí pensando. Sintió

lástima por ella, no solo por él. Los dos estaban atrapados en algo que no

pidieron. Bueno, él sí lo pidió, pero no sabía que iba a ser así. Esa noche,

Filemón tuvo una pesadilla fea. Soñó que ya se había muerto y que estaba

caminando por un camino oscuro y lleno de gente que lloraba. Al final del

camino estaba el hombre de gris sentado en una silla de madera esperándolo y junto a él estaban todas las mujeres

como soledad, todas paradas sin moverse como muñecas rotas. Se despertó

gritando. Soledad estaba junto a su catre viéndolo. ¿Estás bien?, le

preguntó. Filemón respiró hondo. No, no estoy bien. Ya no quiero esto, Soledad.

Ya no quiero seguir así. Ya es muy tarde, Filemón. El trato ya está hecho.

Cuando te mueras, él va a venir por ti. Y si no me muero y si me quedo vivo para

siempre. Soledad casi sonríó. Nadie se queda vivo para siempre. Filemón se

levantó del catre. Le dolía todo el cuerpo, pero le dio igual. Entonces lo

voy a buscar. Voy a hablar con él y le voy a decir que me deje en paz. No

funciona así, pues voy a intentarlo. Salió del jacal en plena madrugada y

caminó hacia el cerro. No sabía bien que estaba haciendo, pero algo dentro de él

le decía que tenía que intentarlo. Llegó hasta donde había una cueva que los rancheros decían que estaba

Entró gritando, “¡Sal! Sé que me estás oyendo. Sal y deshaz trato. Su voz hizo

eco dentro de la cueva. Esperó. No pasó nada. Gritó otra vez. Nada. Se quedó ahí

parado como tonto hasta que escuchó pasos atrás de él. Se volteó. Era el

hombre de gris, pero ahora se veía diferente, más alto, más oscuro. Los

ojos ya no eran amarillos, eran completamente negros. ¿Para qué me llamaste Filemón? dijo con esa voz

rasposa, “Quiero que me devuelvas mi alma, ya no quiero el trato.” El hombre

se rió. “¿Y qué me das a cambio? Yo te di lo que pediste, una mujer que te

acompañara. Ahí la tienes o ya no la quieres. Ya no. Pues muy mal, porque el

trato no se rompe. Tú pediste compañía y la tienes. Ahora vas a morir acompañado.

¿No es eso mejor que morir solo? No quiero morir todavía.

Todos dicen lo mismo al final, pero el tiempo no perdona Filemón. Ya estás

viejo, ya te toca. Filemón cayó de rodillas. Por favor, te lo pido. Déjame

vivir un poco más. El hombre se agachó frente a él. Te voy a decir algo. Cada

día que pasaste con soledad, te quitó un año de vida. El trato no era solo tu

alma al morir. El trato era que cada momento de compañía se pagaba con tu

tiempo. Por eso envejeciste tan rápido. Y ya no te queda nada, Filemón. Tu

tiempo se acabó. Filemón sintió que todo se le venía encima.

Entonces, ¿para qué me la mandaste? Porque tú la pediste. Yo solo cumplo

deseos, no importa si te convienen o no. El hombre se levantó y caminó hacia la

salida de la cueva. Antes de irse volteó y dijo, “Adiós, Filemón. Nos vemos muy

pronto.” Filemón regresó al Jacal arrastrando los pies. Cuando entró,

Soledad estaba sentada en la mesa esperándolo. Él se sentó frente a ella y

se quedaron viéndose un rato largo. “Ya sé que me voy a morir”, dijo Filemón.

“Sí”, contestó ella. Cuando pronto, Filemón respondió. Se quedaron ahí

sentados en silencio hasta que amaneció. Tres días después, Filemón se murió. No

fue nada dramático, simplemente se acostó una noche y ya no despertó. Soledad lo encontró en la mañana, le

cerró los ojos, le cruzó las manos sobre el pecho y salió del jacal. Afuera

estaba la carreta con los bueyes rojos. El hombre de gris la esperaba.

Ya está listo el siguiente”, le dijo. Soledad subió a la carreta sin decir

nada y se fueron. Dicen que el jacal de Filemón todavía está ahí abandonado, que

si pasas por ese rumbo en las noches, puedes ver humo saliendo de la chimenea, aunque nadie viva ahí. y que a veces se

escucha a un hombre y una mujer hablando bajito como si estuvieran cenando. Pero

si te acercas mucho, el humo desaparece y solo queda el viento. Los rancheros ya

no suben por ahí. Dicen que ese lugar está marcado, que el pasó por ahí

y dejó su huella. y que si estás muy solo y muy desesperado, mejor aguántate,

porque hay compañías que cuestan más de lo que valen.