
millonario oyó ruidos en el granero. Al llegar [música] encontró a su exesposa
embarazada con su prometida el hallazgo en la niebla. El viento helado de la
madrugada no solo golpeaba las paredes del viejo granero, parecía aullar, como
si la misma naturaleza estuviera advirtiendo sobre la tragedia que yacía
dentro. Julián no sentía el frío en su piel, a pesar de que la temperatura
estaba muy por debajo de cero. Lo que sentía era una mezcla de adrenalina y
furia. Había escuchado el estruendo minutos antes, un ruido seco y metálico
que rompió la paz sepulcral de su propiedad, seguido de un silencio aún
más aterrador. Con la respiración convertida en vapor blanco frente a su rostro, Julián empujó el portón de
madera podrida. Los goznes chillaron, un sonido agudo que resonó en la oscuridad
como un lamento. Llevaba una vieja lámpara de aceite en la mano derecha, su
única guía en esa penumbra azulada que antecede al amanecer. Sus botas de cuero
crujían sobre la paja congelada y la nieve que se colaba por las rendijas del suelo. ¿Quién anda ahí? Gritó su voz
grave rebotando en las vigas altas. No hubo respuesta inmediata, solo el
gemido del viento colándose por las tablas sueltas. Julián avanzó tensando
la mandíbula. Era un hombre que lo tenía todo. Tierras que se perdían en el
horizonte, cuentas bancarias que muchos no podrían ni imaginar y una boda
planeada para dentro de dos semanas, que sería el evento del año. Sin embargo, en
ese instante, en la soledad de ese granero abandonado, se sentía extrañamente vulnerable. Algo en su
pecho le oprimía, una intuición oscura que le revolvía el estómago. Levantó la
lámpara. La luz naranja parpadeó luchando contra las sombras. Y entonces
el círculo de iluminación cayó sobre el montón de Eno en el rincón más alejado.
El mundo de Julián se detuvo. El tiempo pareció congelarse, más frío que el
hielo del exterior. No era un ladrón, no era un animal salvaje, eran dos mujeres.
La lámpara tembló en su mano, proyectando sombras danzantes y macabras en la pared. Julián parpadeó, incapaz de
procesar la imagen que tenía delante, una escena que su cerebro se negaba a
aceptar. A la derecha, recostada y con el rostro contraído por el dolor, estaba
Carla, su prometida, la mujer con la que debía casarse en 14 días. Llevaba un
vestido elegante, ahora rasgado y sucio, de barro y aceite, y se agarraba la
pierna con desesperación. Su cabello rubio, siempre impecable, era
una maraña de nudos y paja. Pero fue lo que vio a la izquierda lo que le robó el
aliento y casi hace que sus rodillas cedan. Junto a Carla, pálida como un
fantasma, con los labios morados por la hipotermia y vistiendo apenas unos
arapos beige que no la protegían de nada, estaba ella, Elena, su exesposa,
la mujer a la que había echado de su vida hacía 8 meses, cegado por los celos y rumores venenosos, la mujer que juró
no volver a ver nunca más. Pero el golpe final, el que le destrozó la compostura
y le hizo soltar un jadeo ahogado, no fue ver su rostro, sino ver su cuerpo.
Elena estaba visiblemente embarazada. Un vientre enorme, redondo y bajo, tensaba
la tela gastada de su vestido. Sus manos, sucias y llenas de rasguños,
rodeaban su estómago en un gesto protector instintivo como si fuera lo único de valor que le quedaba en el
mundo. Julián se quedó paralizado. La imagen era grotesca y surrealista, su
futuro y su pasado. mujer que supuestamente amaba y la mujer que creía odiar juntas, tiradas en la suciedad de
un granero olvidado, unidas por la tragedia y el frío. Carla fue la primera
en reaccionar ante la luz. Emitió un soy agudo, un sonido estrangulado.
“Julián!”, gritó ella, estirando una mano temblorosa hacia él. “Julián,
ayúdame.” El grito rompió el trance. Julián corrió hacia ellas, sus botas
golpeando con fuerza la madera. El instinto de protección se disparó, pero su mente era un caos absoluto. ¿Qué
hacían allí? ¿Por qué estaban juntas? Y de quién era ese niño que Elena cargaba
con tanto recelo. Se dejó caer de rodillas frente a ellas, colocando la
lámpara en el suelo. La luz cálida iluminó los rostros desde abajo, creando
un efecto dramático en sus facciones. Julián miró a Carla, vio la sangre seca
en su pierna, el terror en sus ojos azules. “Dios mío”, exclamó él, su voz
quebrada por la urgencia. “¿Qué pasó? Estás herida. Fue horrible, Julián.
Lloró Carla, aferrándose a la solapa de su abrigo costoso con una fuerza sorprendente.
El auto. Nos salimos de la carretera por la nieve. Pensé que iba a morir aquí.
Pensé que nunca me encontrarías. Julián asintió frenéticamente, revisando
visualmente sus heridas, pero sus ojos traicioneros se desviaron.
No podía evitarlo. Su mirada saltó por encima del hombro de Carla y se clavó en
Elena. Elena no gritaba, no lloraba.
Estaba recostada contra un fardo de eno, respirando con dificultad, con los ojos
cerrados. Parecía exhausta, drenada de toda energía vital. Solo sus manos se
movían, acariciando suavemente su vientre en círculos lentos. Cuando
sintió la cercanía de Julián, abrió los ojos. Esos ojos marrones que él tanto
había amado una vez, ahora lo miraban con una mezcla de miedo y una
resignación infinita. No había odio, solo una tristeza tan profunda que
golpeó a Julián más fuerte que cualquier insulto. Elena susurró él, y el nombre
salió de sus labios con una extraña familiaridad dolorosa. Ella intentó