
Bienvenido a este viaje por uno de los secretos más incómodos y silenciados de la época colonial mexicana.
Antes de sumergirnos en esta historia, te invito a escribir en los comentarios desde qué lugar del mundo nos escuchas y
qué hora exacta es ahora mismo. Nos conmueve saber hasta dónde llegan estas voces que el tiempo y la historia
oficial trataron de enterrar. La madrugada del 19 de marzo de 1786
se dejó caer sobre la hacienda de San Jerónimo como una losa ardiente en las
tierras calientes de Veracruz, donde el aire traía el olor dulzón de la caña quemada mezclado con la tierra roja.
Estaba a punto de nacer un secreto destinado a partir en dos a una familia entera dentro de la casa grande,
levantada con gruesos muros de cantera y techos de teja. El ambiente olía distinto sangre fresca, sudor de agonía
y algo más espeso, casi palpable miedo.
En la recámara principal, la señora María Josefa de Montemayor y Cervantes
gritaba una y otra vez. Tenía solo 26 años. El cabello castaño oscuro que
siempre lucía recogido en peinados elaborados propios de la época.
Ahora caía pegado a su frente, empapada de sudor. Sus ojos color miel, famosos
en toda la región de Veracruz. Habían perdido su brillo dulce lo que se veía en ellos. Ya no era solo dolor físico,
era verdadero pánico. Las cortinas de Damasco color vino,
temblaban al ritmo de cada contracción. Cinco velas de cera de abeja encendidas
en candelabros de bronce proyectaban sombras danzantes sobre las paredes encaladas abarrotadas de cuadros de
santos coloniales. El piso de madera de cedro crujía bajo los papos envitos de
doña Socorro Velázquez, la partera más respetada desde Jalapa hasta el puerto.
Doña Socorro, mujer morena de 62 años, tenía las manos nudosas,
llenas de venas saltadas, pero firmes y seguras.
En cuatro décadas de oficio había recibido más de 300 criaturas.
Esa noche, sin embargo, su rostro arrugado, iluminado por una luz
amarillenta, delataba que algo no marchaba bien.
Empuje, señora doña María Josefa. Empuje, ordenó con voz gastada, pero
firme. El primer niño llegó al mundo con un llanto fuerte, sólido, que llenó la
habitación. El segundo nació poco después llorando con el mismo vigor, como si compitiera
con su hermano por ver quién hacía más ruido.
Pero cuando llegó el tercero, el sonido de la noche se cortó en seco.
El recién nacido no lloró. No obstante, estaba vivo. Respiraba despacio. Con un
suspiro muy leve. Sus ojos permanecían cerrados, temblando bajo la luz dorada
de las velas. Doña Socorro lo envolvió con cuidado en un paño blanco de algodón, lo levantó entre sus brazos y
se acercó a la cama para mostrarlo a la madre. Fue justo en ese instante cuando
todo cambió. La piel de aquel tercer bebé era
notablemente más oscura que la de sus hermanos. Sus rasgos, inequívocamente africanos,
se delineaban en la cara diminuta. María Josefa abrió sus ojos miel y fijó
la mirada en el niño. Su rostro se deformó en un gesto que ya no tenía nada
que ver con los dolores del parto. Era algo más crudo, una mueca de repulsión.
de horror, de rechazo absoluto.
“Saquen eso de aquí”, murmuró entre dientes, casi sin voz. Ahora mismo,
doña Socorro se quedó inmóvil. “Señora, es su hijo. Está vivo. Está
bien. Solo es un poco más.” Sáquelo, la cortó María Josefa con una
voz filosa como vidrio roto. Y no vuelva con él nunca.
En la cocina de la casa principal, Petrona estaba inclinada sobre una olla
de barro donde hervía gallina criolla. Acababa de cumplir 40 años.
Su piel negra, de tono ache conservaba en la espalda las cicatrices antiguas de
los azotes. Sus manos, ásperas y gruesas.
Llevaban 25 años lavando ropa contra las piedras del arroyo.
Había nacido en alguna parte de la costa de Guinea, un lugar borroso en su
memoria al que sabía que jamás regresaría. A los 8 años la habían arrancado de su
tierra y subido a un barco negro con destino a Veracruz. Pueto, ojos oscuros,
lo habían visto todo. Vio a su madre morir de fiebres en medio del océano. Vio como vendían a su primer esposo, a
un ingenio azucarero en Cuernavaca. vio morir a dos de sus hijos antes de
que cumplieran un año. Inés, su única hija viva, tenía 6 años.
Había nacido de una violación del antiguo mayordomo. Petrona vivía con el miedo constante de que algún día también
se la arrebataran. Aquella madrugada,
mientras removía el caldo en silencio, escuchó un grito desde el piso de arriba.
Petrona, suba ahora mismo. El corazón se le aceleró, dejó la
cuchara de madera, se limpió las manos en el delantal y subió las escaleras de
cantera a paso rápido. Cada peldaño sonaba como un golpe hueco en la oscuridad.
Sus pies descalzos apenas rozaban la piedra fría. Al llegar al pasillo del segundo piso, el olor a sangre se hizo
más intenso. Empujó la puerta de la recámara principal.
Doña Socorro la esperaba junto a la ventana que daba al patio interior. En sus brazos llevaba un bulto envuelto en
paños blancos manchados de sangre. Sus ojos estaban enrojecidos y sus labios temblaban.
Llévelo lejos”, susurró la partera con la voz hecha a ñicos muy leje. “Y no
regrese jamás con él. Que Dios la perdone. Que nos perdone a todas.”
Petrona recibió aquel pequeño paquete con cuidado, descubrió un poco el paño y