
La puerta se dio con un gemido seco cuando ella empujó el hombro contra la madera hinchada por la humedad. El
sonido se perdió en el interior de la casa como si nadie lo oyera desde hacía años. La joven embarazada quedó inmóvil
unos segundos, respirando con dificultad, una mano apoyada en la pared
y la otra protegiendo el vientre. tenso bajo el vestido gastado. Afuera, el
camino de tierra seguía vacío. Ninguna luz, ningún paso, solo el viento
golpeando los arbustos secos había llegado allí cuando el sol ya se había escondido. Caminó todo el día sin que
nadie la detuviera, sin que nadie le ofreciera agua, sin que nadie le preguntara el nombre. En el último
caserío, una mujer mayor le advirtió que no siguiera, que esa casa estaba mal vista, que nadie entraba desde hacía
tiempo. No explicó más, solo cerró la ventana. Dentro el aire olía a encierro,
a polvo viejo y a algo más difícil de nombrar. La joven dio dos pasos, luego
tres, con cuidado de no tropezar. El piso crujió bajo su peso. Pensó en
salir. Pensó en dormir afuera bajo el cielo abierto. Pero el cansancio le ganó
antes que el miedo. Se sentó en el borde de una silla rota, apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos apenas un
instante. Entonces lo sintió. No fue un ruido claro, tampoco una voz. Fue la
certeza incómoda de no estar sola. Abrió los ojos de golpe y miró hacia el fondo
de la casa. La oscuridad parecía más densa allí, como si el espacio se
hubiera encogido. Tragó saliva. Su respiración se volvió irregular. “Solo
esta noche”, murmuró sin saber para quién hablaba, acomodó el bolso a sus
pies y se recostó de lado, abrazando su vientre. El niño se movió fuerte, como
respondiendo a algo que ella aún no entendía. En ese instante, desde algún
lugar de la casa, una tabla volvió a crujir. Más cerca. Ella no gritó, no se
levantó, se quedó quieta escuchando con el pulso acelerado. Alguien llevaba
mucho tiempo esperando. No se levantó de inmediato. Permaneció sentada contando
respiraciones, como si el aire mismo pudiera traicionarla si se movía demasiado rápido.
El crujido no volvió a repetirse. Tal vez había sido la casa acomodándose,
madera vieja accediendo al frío de la noche. Eso quiso creer. Aún así, no
encendió la vela que llevaba en el bolso. Prefería la oscuridad conocida a una luz que revelara demasiado. La casa
no era grande, pero tenía una distribución extraña. Desde donde estaba sentada, podía distinguir un pasillo
angosto que conducía a dos habitaciones y más al fondo, una cocina pequeña. Las
paredes estaban manchadas por la humedad. Había marcas de manos infantiles cerca del marco de una
puerta. como si alguien hubiera jugado allí mucho tiempo atrás. Eso la inquietó
más que cualquier ruido. Se llamaba Elena. No lo había dicho en todo el día.
Nadie se lo había pedido. Su nombre se había quedado guardado en la garganta, igual que muchas otras cosas. Venía de
un pueblo pequeño, de esos donde todos saben cuando una mujer empieza a esconder el vientre y cuándo deja de
hacerlo. Allí había aprendido a bajar la mirada y a no hacer preguntas. Allí
también había entendido que quedarse ya no era una opción. La mañana anterior,
cuando salió, no llevaba más que un vestido de repuesto, un trozo de pan duro y una carta que nunca se animó a
leer completa. La había escrito su madre antes de morir, años atrás, y Elena la
había guardado sin abrir, como si las palabras pudieran desarmarla si las dejaba salir. Esa carta seguía doblada
en el fondo del bolso. El niño se movió otra vez. Elena apoyó la palma de la
mano sobre el vientre. buscando calma. El movimiento fue lento, como una
respuesta. No sabía cuántos meses tenía exactamente. Nadie se lo había
confirmado. El cuerpo, en cambio, no mentía. Pesadez en las piernas, la
espalda rígida, el cansancio que no se iba ni con el descanso. Decidió
levantarse. No podía pasar la noche sentada. se puso de pie con cuidado,
apoyándose en la pared. El piso volvió a crujir más fuerte. Esta vez esperó nada.
Caminó despacio hacia la cocina, tanteando el espacio con la punta del pie. Tocó una mesa. Estaba cubierta de
polvo, pero firme. Sobre ella había una taza boca abajo astillada en el borde,
como si alguien la hubiera dejado allí a medio uso, y nunca regresó.
Encendió la vela. La luz reveló más de lo que quería ver. Fotografías viejas
colgaban torcidas en la pared. Un hombre joven con sombrero, una mujer de cabello
recogido, dos niños pequeños con la ropa manchada de tierra. Los rostros estaban
serios, como era costumbre en esas épocas, pero no parecían tristes. Elena
sintió un nudo en el pecho sin saber por qué. “Perdón”, susurró casi por costumbre. abrió una alacena, encontró
un plato limpio envuelto en un trapo, demasiado limpio para una casa abandonada. Eso la desconcertó.
También encontró una jarra con un poco de agua. Dudó, olió. Bebió apenas un
sorbo. No sabía de dónde venía esa agua ni quién la había dejado allí. El
silencio volvió a cerrarse sobre ella. No era un silencio vacío, era espeso,
como si la casa escuchara. Elena regresó a la habitación más cercana al pasillo. Había una cama
angosta con un colchón vencido. Quitó el polvo con la mano y se sentó con
cuidado. El cansancio le cayó encima de golpe. Se quitó los zapatos, estiró las
piernas y se recostó de lado, protegiendo el vientre. La vela quedó encendida sobre el piso, proyectando
sombras largas en las paredes. Cerró los ojos. El recuerdo llegó sin aviso. La
voz de su padre seca diciendo que no había lugar para vergüenzas bajo su techo. La mirada de su hermano clavada
en el suelo. El portazo. Nadie la siguió. Nadie la llamó después. No hubo
gritos ni escenas largas, solo ese silencio parecido al de la casa.
abrió los ojos de golpe cuando escuchó un suspiro. No fue fuerte, apenas un