
El niño huérfano encontró millones escondidos en la basura abandonada. Lo que hizo después dejó a todos sin
palabras. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios desde qué ciudad nos escuchas. Dale clic al botón de like y
vamos con la historia. La vida de Sebastián comenzó a desmoronarse el día
que cumplió 8 años. Ese mismo día, una fiebre repentina se llevó a su madre,
dejándolo completamente solo en el mundo. Sin familia conocida y sin
recursos, las autoridades lo trasladaron al orfanato san.
Rafael, un edificio gris y deteriorado en las afueras de la ciudad que
albergaba a más de 150 niños en condiciones deplorables.
El director del orfanato, don Aurelio Mendoza, era un hombre corpulento, de
mirada fría, que veía a los niños como una fuente de ingresos, más que como
seres humanos necesitados de cuidado. Los fondos gubernamentales destinados a
la alimentación, educación y bienestar de los menores desaparecían
misteriosamente mientras los niños vivían asinados en
habitaciones húmedas, comiendo una sola comida al día y usando ropa donada llena
de agujeros. Sebastián, con su cabello castaño despeinado y sus grandes ojos verdes
llenos de tristeza, intentó adaptarse a esta nueva realidad. Durante los
primeros meses lloraba todas las noches recordando las caricias de su madre y
las historias que le contaba antes de dormir. Los otros niños, endurecidos por
años de abandono, lo miraban con una mezcla de compasión y resignación.
Aquí tienes que aprender a sobrevivir solo, le advirtió Carlos, un niño de 12
años que llevaba 5 años en el orfanato. Don Aurelio no se preocupa por nosotros.
Solo le importamos cuando llegan las inspecciones o cuando necesita mostrar niños bien portados a los visitantes.
Las rutinas del orfanato eran brutales. Los niños se levantaban a las 5 de la
mañana para realizar trabajos de limpieza y mantenimiento antes del desayuno, que consistía en un pedazo de
pan duro y agua sucia que llamaban café. Las clases
eran impartidas por una maestra anciana que apenas sabía leer y los castigos por
cualquier infracción menor incluían quedarse sin comida o pasar la noche en
el sótano húmedo y oscuro. Sebastián descubrió pronto que don Aurelio tenía
un negocio paralelo. Algunas noches, hombres bien vestidos
llegaban al orfanato y se llevaban a los niños más grandes para trabajar en
granjas, según explicaba el director. Sin embargo, estos niños nunca
regresaban y los rumores entre los menores sugerían
destinos mucho más siniestros. Mi hermano mayor fue enviado a trabajar el
año pasado”, le confesó una niña llamada Rosa durante una de las frías noches de
invierno. Me prometió que me escribiría, pero nunca llegó ninguna carta. Los
niños que van a esas granjas simplemente desaparecen. La situación empeoró cuando Sebastián
cumplió 10 años. Don Aurelio comenzó a mirarlo con un interés particular que le
helaba la sangre. Durante las inspecciones matutinas, el director se
detenía frente a él más tiempo del necesario, evaluándolo como si fuera
ganado en el mercado. “Tú tienes buena constitución”, le dijo una mañana
mientras revisaba a los niños formados en fila. “Pronto tendrás edad suficiente
para ser útil de verdad.” El terror se apoderó de Sebastián cuando se enteró de que había sido incluido en
la siguiente selección para trabajar en las granjas. Esa noche, mientras los demás niños
dormían, permaneció despierto planeando su escape. Sabía que era su única
oportunidad de sobrevivir. Durante semanas observó las rutinas de los
cuidadores, memorizó los horarios de cambio de guardia y estudió cada rincón
del edificio en busca de una ruta de escape. guardó pequeños pedazos de pan
de sus escasas comidas y robó una manta vieja del almacén para prepararse para
las noches frías que le esperaban en las calles. La oportunidad llegó durante una
tormenta particularmente violenta. Los truenos ahogaron el ruido de sus
pasos mientras se deslizaba por el pasillo principal hacia la puerta
trasera del orfanato. Sus manos temblaron mientras manipulaba el pestillo oxidado, pero finalmente logró
abrirla sin hacer ruido. El viento y la lluvia lo golpearon con fuerza cuando
salió al patio trasero. Por un momento, la magnitud de lo que estaba haciendo lo
paralizó. Era apenas un niño de 10 años, sin dinero, sin familia, sin nadie en el
mundo que se preocupara por él. Pero la imagen de don Aurelio y el
destino que le esperaba lo impulsaron hacia adelante. Se dirigió hacia la
cerca que rodeaba el orfanato y encontró un agujero que algunos niños mayores
habían hecho años atrás para escapar temporalmente. Se arrastró por la abertura, rasgando su
camisa en el alambre de púas, pero logró llegar al otro lado. Una vez libre,
corrió sin rumbo fijo por las calles vacías de la ciudad. La lluvia empapó su
ropa delgada y el frío le caló hasta los huesos, pero no se detuvo hasta estar
seguro de que había puesto suficiente distancia entre él y el orfanato.
Cuando finalmente se refugió bajo el alero de una tienda cerrada, la realidad
de su situación lo golpeó con fuerza. Era un niño fugitivo en una ciudad que
no conocía, sin dinero, sin comida y sin lugar donde ir. Pero a pesar del miedo y
la incertidumbre, sintió por primera vez en años algo parecido a la esperanza.