
Silencio. No mereces estar aquí. Lárgate de mi jeta ahora mismo o te juro que te
arrepentirás. ¿Te atreviste a mirarme?
Sufre, criada. Esto te enseñará tu lugar. Millonario fingió un accidente para
probar a su novia y sus gemelos, hasta que la nueva empleada, el líquido oscuro
y helado, golpeó su rostro con la violencia de una bofetada.
No hubo advertencia, ni siquiera un grito previo, solo el impacto repentino
del vino tinto, empapando su cabello, escurriendo por su frente y cegando
momentáneamente sus ojos. Aitana ahogó un grito, no por el frío ni por la
humillación que le quemaba la piel, sino por instinto puro. En sus brazos,
apretados contra su pecho, como el tesoro más frágil del mundo, estaban Leo
y Mateo. Los gemelos de apenas unos meses de vida se sobresaltaron con el
movimiento brusco y el estallido del cristal contra la alfombra, rompiendo en
un llanto agudo y desesperado que llenó la cabina hermética del avión. “Eres una
inútil.” El grito de Romina retumbó por encima del zumbido de los motores, su
voz cargada de una histeria venenosa. “Mira lo que has hecho. Has salpicado
mis zapatos. ¿Tienes idea de cuánto cuestan estos zapatos? Más de lo que
ganarás en 10 vidas miserables. Aitana no se atrevió a levantar la vista.
sentía las gotas de vino bajando por su cuello, manchando el inmaculado cuello blanco de su uniforme, ese vestido
celeste que se había puesto con tanto orgullo apenas unas horas antes. Pero su
única preocupación eran las mantas blancas de los bebés. Con manos
temblorosas, giró su cuerpo ofreciendo su propia espalda como escudo para
evitar que una sola gota más tocara a los niños. Lo siento, señora Romina, lo
siento mucho, susurró Aitana con la voz quebrada, meciendo frenéticamente a los
pequeños para calmarlos. El avión se movió y no culpes al avión de tu
torpeza, interrumpió Romina dando un paso adelante con los ojos inyectados en una
furia que no correspondía a la situación. Su rostro, habitualmente
hermoso y maquillado con perfección, ahora parecía una máscara deformada por
el odio. De contraté para que fueras invisible, para que esos niños no
molestaran y lo único que haces es estorbar. Hueles a leche agria y ahora a
vino barato. Me das asco. A pocos metros de distancia, en el asiento principal de
cuero crema, Tiago Yascía inmóvil. Su cuerpo estaba reclinado en una posición
que sugería debilidad extrema. Llevaba un vendaje blanco alrededor de
la cabeza, limpio, sin sangre, pero que simbolizaba la supuesta fragilidad de su
estado. Tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con un ritmo
lento, pesado. A simple vista parecía un hombre derrotado, un millonario caído en
desgracia física, desconectado del mundo tras un terrible accidente.
Pero Tiago no estaba inconsciente, ni siquiera estaba dormido. Cada músculo de
su cuerpo estaba tenso bajo el traje de sastre arrugado. Su mano derecha, oculta
estratégicamente bajo una manta ligera, estaba cerrada en un puño tan apretado
que las uñas se clavaban en su propia palma. Escuchaba todo. Cada insulto,
cada sollozo ahogado de la empleada, cada grito de sus hijos.
El deseo de levantarse y detener aquella locura le quemaba las entrañas, pero se
obligó a permanecer inmóvil. Tenía que saber. Necesitaba ver hasta dónde
llegaba la oscuridad en el corazón de la mujer con la que hasta hace una semana
planeaba casarse. “Cállalos”, chilló Romina de nuevo, llevándose las manos a
las cienes, como si el llanto de los bebés fuera una tortura física insoportable para ella. “Me va a
estallar la cabeza. Haz que se callen o te juro que abro la puerta de emergencia
y los tiro a todos.” Aitana se estremeció ante la amenaza. Sabía que
era absurda, que estaban a miles de pies de altura, pero la maldad en la voz de
esa mujer era tan real que el miedo le heló la sangre. Ya se calman, señora.
Tienen hambre. Es solo eso. Por favor, baje la voz. Se asustan más, suplicó la
joven limpiándose el vino de los ojos con el hombro para poder ver a los niños.
Leo tenía la carita roja de tanto llorar. Romina soltó una carcajada seca, carente
de cualquier alegría. Que baje la voz. Tú me estás dando órdenes a mí. Se
acercó peligrosamente, invadiendo el espacio personal de la empleada.
Aitana podía oler el perfume costoso mezclado con el aliento alcohol de la
mujer. Escúchame bien, niña estúpida. Tú estás aquí porque yo lo permito, porque
necesito a alguien que limpie la suciedad que dejan esos mocosos. Pero no
te confundas, no eres nadie. Tiago sintió una punzada de dolor en el pecho,
pero no por sus supuestas heridas. Era dolor por sus hijos. Romina ni siquiera
había intentado consolarlos. En las dos horas que llevaban de vuelo, no se había acercado a ellos ni una sola vez, salvo
para quejarse. La mujer que le había jurado amar a esos niños como si fueran suyos ahora los miraba con la misma
repugnancia con la que se mira a una plaga de insectos. Aitana, acorralada contra la pared del
fuselaje, abrazó más fuerte a los niños. Una lágrima solitaria se escapó de sus
ojos, mezclándose con el vino en su mejilla. Solo quiero prepararles el
biberón, señora. Por favor, permítame ir a la pequeña cocina. Romina la miró con
desdén y luego, con un movimiento deliberado de su pie, pateó el bolso de