
El terreno tenía dueño.
El nombre de Don Macario Fuentes cayó sobre Estela como una piedra. Guadalajara… demasiado lejos para ir a suplicar. Demasiado grande para que una mujer pobre pudiera siquiera acercarse.
—No sabíamos, señor —dijo con la voz quebrada—. Solo necesitábamos agua… y un techo por unos días.
El hombre mayor la observó en silencio. Luego miró el terreno húmedo junto al manantial, la tierra removida, las herramientas limpias apoyadas contra la pared.
—¿Usted trabajó eso?
Estela asintió.
—Sé sembrar. Mi madre me enseñó. No venimos a robar nada. Solo queremos trabajar.
El joven bufó con desconfianza, pero el mayor levantó la mano para callarlo.
—Mi nombre es Tomás. Yo cuido estas tierras cuando el patrón no puede venir. Y le voy a decir algo, mujer… nadie se había atrevido a tocar esa tierra en años. Dicen que está maldita.
Estela sintió un escalofrío.
—¿Maldita?
Tomás señaló el manantial.
—Ese ojo de agua nunca se seca. Ni en la peor sequía. Mi padre decía que bajo esa tierra hay algo especial. Pero cuando murió la esposa del patrón hace quince años, él abandonó todo. Nunca volvió a sembrar.
El silencio se hizo pesado entre ellos.
—Déjenos quedarnos —suplicó Estela—. Si quiere, puedo trabajar la tierra y darle la mitad de lo que salga. No tenemos a dónde ir.
Tomás la miró largo rato. Luego suspiró.
—Una semana. Eso es lo que puedo permitir sin avisarle al patrón. Si en una semana no demuestra que esa tierra puede dar fruto, tendrán que irse.
Para Estela, esa semana era una eternidad de esperanza.
—Gracias… gracias, señor.
Esa noche casi no durmió. Al amanecer comenzó a sembrar las semillas que había encontrado: frijol, maíz y calabaza. Cada semilla que enterraba era una oración silenciosa.
Los días siguientes trabajó como si la vida dependiera de ello… porque dependía. Sus manos sangraban. Su espalda ardía. Pero cada mañana el manantial seguía fluyendo, y la tierra se mantenía húmeda incluso sin lluvia.
Al quinto día, Lupita gritó desde el sembradío:
—¡Mami! ¡Mira!
Pequeños brotes verdes asomaban tímidamente entre la tierra oscura.
Estela cayó de rodillas. No eran solo plantas. Era una señal.
Tomás regresó al séptimo día. Caminó despacio por los surcos, tocó la tierra húmeda, observó los brotes fuertes y rectos.
—Esto no es normal —murmuró—. Esta tierra estaba dormida.
En las semanas siguientes ocurrió algo que nadie esperaba. Las plantas crecieron con una rapidez sorprendente. El maíz se alzó alto y firme. Las calabazas engordaron brillantes bajo el sol. El frijol trepó con fuerza.
Y Canela… la vieja cabra “inútil”… comenzó a dar más leche que en años.
El rumor corrió por los ranchos cercanos. La tierra abandonada de don Macario estaba produciendo de nuevo.
Un mes después, un automóvil elegante levantó polvo en el camino. De él bajó un hombre mayor, trajeado, con el rostro serio y cansado.
Era Don Macario Fuentes.
Estela sintió miedo otra vez.
—¿Usted es la mujer que está sembrando mi tierra? —preguntó él sin dureza, pero con autoridad.
—Sí, señor. Si quiere que me vaya, lo haré. Pero déjeme terminar la cosecha. Mis hijas…
Don Macario miró a las niñas jugando junto al arroyo. Miró la cabra. Miró el sembradío verde donde antes solo había abandono.
Sus ojos se humedecieron.
—Mi esposa soñaba con ver esto lleno de vida —dijo en voz baja—. Después de que murió, no tuve fuerzas para volver.
Guardó silencio un momento.
—¿Cómo logró que creciera así?
Estela respondió sin titubear:
—No lo logré yo, señor. La tierra solo necesitaba que alguien creyera en ella.
El hombre respiró hondo.
—Quédese.
Estela no entendió.
—¿Señor?
—Quédese y trabaje estas tierras. La mitad de la cosecha será suya. Y la casa… arréglela. Será su hogar mientras quiera quedarse.
El milagro no cayó del cielo. Brotó de la tierra.
Con el tiempo, la pequeña siembra se convirtió en una huerta próspera. Estela vendía verduras frescas en los pueblos cercanos. Sus hijas crecieron sanas, corriendo libres entre árboles y agua limpia.
Y cada tarde, cuando el sol teñía de oro el manantial, Estela acariciaba a Canela y susurraba:
—Dicen que eras una maldición, vieja… pero fuiste el camino.
Porque a veces, lo que parece el final es solo el sendero polvoriento que conduce al lugar donde empieza la verdadera vida.