
millonario llegó de sorpresa y encontró a su madre con Alzheimer junto a su
novia y no se contuvo. Dicen que el dinero no tiene olor, pero ese día, en
el baño de servicio de una mansión en las lomas, el dinero olía a humedad, a
desinfectante barato y a la traición más amarga que un hijo puede probar. Aquel
martes, Octavio Montemayor, el magnate de la construcción, el hombre que
aparecía en las portadas de las revistas de negocios como El visionario del año,
estaba a punto de firmar la fusión más importante de su carrera. Eran 50
millones de dólares sobre la mesa. Abogados, socios japoneses y prensa
esperaban en la sala de juntas de sus rascacielos en Reforma. Pero una llamada, una simple y extraña llamada
anónima de 3 segundos donde solo se escuchaba un llanto ahogado, hizo que
Octavio sintiera un frío sepulcral en la espina dorsal. Su instinto, ese que le
había hecho ganar millones, le gritó que algo terrible pasaba en su propia casa.
Dejó a los socios con la pluma en el aire, perdió el contrato. Perdió millones en segundos. condujo su auto
deportivo rompiendo todos los límites de velocidad con el corazón golpeándole las
costillas como un martillo. Al llegar a su mansión, el silencio era absoluto,
demasiado silencio. No entró por la puerta principal de Caoba tallada. Entró por la cocina,
guiado por un presentimiento oscuro. Lo que Octavio encontró al final del pasillo, tras la puerta entreabierta del
viejo baño que usaban los jardineros, fue una imagen que le arrancaría el alma
para siempre. Ahí estaba ella, doña Remedios, la mujer que había lavado ropa
ajena durante 40 años para que él pudiera ir a la universidad. La mujer
que tenía las manos deformadas por la artritis y el trabajo duro, su madre,
pero no estaba sentada en su sillón favorito viendo sus novelas. Estaba en el suelo sobre baldosas sucias y rotas.
Llevaba un vestido gris raído, lleno de manchas, como si fuera una indigente.
Doña Remedios, con su cabello blanco revuelto y la mirada perdida del Alzheimer, abrazaba una caja de crayones
contra su pecho, como si fuera su único tesoro en el mundo. Lloraba en silencio
con ese llanto seco de quien ya no tiene lágrimas, temblando de puro terror. Y de
pie frente a ella estaba Ivana, la prometida de Octavio, la mujer que él
creía un ángel enviado del cielo. Ivana lucía impecable en un vestido de seda
color vino, con el maquillaje perfecto y joyas que Octavio le había regalado.
Pero su rostro no tenía la dulzura que Octavio conocía. Su cara estaba contorsionada por una mueca de asco y
crueldad. “Mírame cuando te hablo, vieja inútil”, gritaba Ivana. no con voz
aguda, sino con un susurro venenoso que retumbaba en las paredes. ¿Crees que
Octavio va a venir a salvarte? Él está cerrando negocios. Él está ocupado
siendo importante. Tú eres un estorbo, una mancha en su vida perfecta. Si
vuelves a ensuciar el pañal, te juro que te dejo dormir aquí encerrada con las ratas. Doña Remedios alzó la vista
confundida, buscando una cara amable en la penumbra. Señorita”,
balbuceó la anciana con voz quebrada, “quiero ir a mi casa. Quiero ver a mi
hijo Tabito. Él es bueno. Él me quiere.” Ivana soltó una carcajada fría
cruzándose de brazos. “Tu hijo te vendió remedios, ¿no lo entiendes? Él me paga
para que te cuide porque no te soporta. Le das asco. Por eso te tengo aquí, para
que no arruines sus alfombras persas. Octavio, oculto en la sombra del marco
de la puerta, sintió que las piernas le fallaban. Cada palabra de Ivana era una
puñalada. Recordó todas las veces que Ivana le había dicho, “No te preocupes,
amor. Tu madre está feliz. Yo la cuido. Ella te adora.” recordó las veces que llegó a casa y
encontró a su madre dormida, supuestamente descansando, cuando en realidad estaba sedada para no
molestar. En ese instante, viendo a la mujer que le dio la vida tirada en el
suelo como un animal, y a la mujer que decía amarlo convertida en un verdugo,
Octavio entendió la lección más cara de su vida. Había estado tan ocupado
construyendo imperios de cemento que había dejado que los cimientos de su propia familia se pudrieran. Ivana
levantó la mano amenazando con quitarle la caja de crayones a la anciana. Doña
Remedio se encogió cerrando los ojos esperando el golpe, pero el golpe nunca
llegó porque Octavio dio un paso al frente saliendo de la oscuridad. Sigue
hablando, Ivana”, dijo Octavio con una voz tan baja y cargada de furia que el
aire de la habitación pareció congelarse. “Quiero escuchar cómo le explicas esto a la policía.” Ivana giró
sobre sus talones y el color desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron con
el pánico de quien sabe que su máscara ha caído. Pero para entender como un
hombre inteligente permitió que el entrara en su casa, tenemos que regresar dos semanas atrás, al momento
exacto donde comenzó la trampa, dos semanas antes del incidente en el baño.
La mansión de los Montemayor brillaba como nunca. Esa noche se celebraba el
aniversario número 50 de la constructora familiar. Todo era lujo excesivo,
meseros de guante blanco, candelabros de cristal importados de Austria y la crema
inata de la alta sociedad mexicana reunida en el gran salón. Octavio
ajustaba su corbata frente al espejo. A susco años se sentía en la cima del
mundo. Tenía poder, respeto y, según él, amor. Ivana entró en la habitación
deslumbrante. “Te ves guapísimo, amor”, dijo ella, acercándose para acomodarle el pañuelo
del saco. Su perfume era embriagador, dulce pero intenso. ¿Estás listo para
anunciar nuestro compromiso esta noche? Más que listo, respondió Octavio
besándole la mano. Pero estoy preocupado por mamá. Hoy en la mañana no me
reconoció. Me llamó Rogelio como mi papá. Ivana suspiró poniendo esa cara de
compasión ensayada que le salía también. Ay, Octavio, es tan difícil verla así,