
Se burlaron del niño huérfano por ser pobre, pero cuando abrió la boca nadie
lo podía creer. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios desde qué ciudad nos escuchas. Dale click al botón de like y
vamos con la historia. Eduardo tenía apenas 12 años cuando su mundo se
desmoronó por completa. Sus padres, músicos callejeros que llenaban las
plazas de Madrid con melodías que hacían llorar a los transeútes, habían muerto
en un accidente de autobús mientras regresaban de una presentación en un pueblo cercano. En una sola noche, el
niño que había crecido rodeado de música y amor se encontró completamente solo en
el mundo, sin más familia que los recuerdos que guardaba en su corazón. El
orfanato San Miguel, donde fue llevado después del funeral, era un lugar que
había perdido hace mucho tiempo cualquier rastro de compasión.
Las paredes descascaradas y los pasillos fríos resonaban constantemente con los
gritos del director, don Aurelio Vázquez, un hombre corpulento cuya
sonrisa falsa escondía. Un corazón lleno de avaricia y desprecio
hacia los niños bajo su cuidado. Eduardo había llegado al orfanato con una
pequeña guitarra que sus padres le habían regalado en su último cumpleaños.
el único tesoro que le quedaba de su antigua vida. Pero don Aurelio se la
quitó el mismo día de su llegada, argumentando que los juguetes distraen
de las tareas importantes. El niño lloró durante días, suplicando
que le devolvieran el instrumento, pero sus lágrimas solo provocaron la risa
cruel del director. Los niños como tú, le decía don Aurelio
mientras lo obligaba a limpiar los baños con las manos desnudas. Nacieron para servir. No tienen derecho
a soñar con música ni tonterías por el estilo. Tu lugar está aquí obedeciendo y
trabajando hasta que alguien sea lo suficientemente generoso para adoptarte,
aunque dudo que eso suceda pronto. Los otros niños del orfanato, influenciados
por el ambiente tóxico que había creado el director, comenzaron a burlarse de
Eduardo desde el primer día. Se reían de su ropa remendada, de cómo
susurraba canciones por las noches cuando creía que nadie lo escuchaba, y
especialmente de sus manos callosas que delataban su origen humilde. “Miren al
niño músico”, se burlaba Javier, un adolescente de 15 años que había
aprendido a sobrevivir en el orfanato, convirtiéndose en el favorito del director. ¿Crees que tu papito y tu
mamita van a venir a rescatarte con su guitarrita rota? Están muertos y enterrados y tú vas a terminar igual de
miserable que ellos. Las burlas eran constantes. Durante las comidas, cuando
Eduardo intentaba sentarse en alguna mesa, los otros niños le gritaban que se fuera a cantar a las ratas del sótano.
Cuando trataba de hablar con alguien, lo interrumpían imitando el sonido de una
guitarra desafinada y riéndose hasta que él se alejaba con la cabeza gacha y los
ojos llenos de lágrimas. Pero lo que más dolía a Eduardo no eran las burlas de
los otros niños, sino la crueldad sistemática de don Aurelio.
El director había descubierto que el niño tenía una voz excepcional,
pues lo había escuchado cantar mientras trabajaba en las cocinas. Sin embargo,
en lugar de reconocer y nutrir este talento, don Aurelio parecía decidido a
destruirlo. Silencio. Gritaba cada vez que escuchaba a Eduardo tararear mientras realizaba
sus tareas. Aquí no queremos escuchar tu ruido. Si vuelvo a oírte cantar, te quedarás sin
cena durante una semana. Y cumplía sus amenazas. Eduardo había pasado
innumerables noches con el estómago vacío, castigado por el
simple crimen de expresar la música que llevaba en el alma. Los días en el
orfanato se volvieron una rutina de humillación y trabajo forzado. Eduardo
se levantaba antes del amanecer para limpiar todos los baños del edificio.
Luego ayudaba en las cocinas preparando el desayuno para más de 50 niños.
Después limpiaba las ventanas de los tres pisos del edificio y terminaba su
jornada lavando la ropa de todos los internos en el sótano húmedo y
maloliente. Don Aurelio había convertido el orfanato en su negocio personal. Los donantes que
llegaban ocasionalmente eran recibidos con una actuación perfectamente
ensayada. Los niños más presentables eran vestidos con ropa nueva y
entrenados para sonreír y hablar maravillas del lugar. Eduardo, por supuesto, era mantenido oculto durante
estas visitas, trabajando en el sótano o encerrado en su habitación. La
habitación que compartía Eduardo con otros cinco niños era un cuarto pequeño
y húmedo en el último piso del edificio. Las camas eran simples colchones
delgados sobre estructuras de metal oxidado y las ventanas tenían vidrios
rotos que dejaban entrar el frío durante el invierno. Por las noches, Eduardo se acurrucaba
bajo su manta raída y susurraba las canciones que sus padres le habían
enseñado tratando de mantener viva su memoria. “Papá, mamá”, susurraba mirando
hacia el techo agrietado. “No sé por qué me han dejado en este
lugar horrible. No sé qué hice mal para merecer esto, pero prometo que no voy a
olvidar las canciones que me enseñaron. Prometo que algún día voy a salir de
aquí y voy a hacer que se sientan orgullosos de mí. Los otros niños de su cuarto habían
aprendido a ignorar estos susurros nocturnos de Eduardo. Pero algunos noches, cuando el viento soplaba fuerte
y el edificio crujía como si fuera a desmoronarse, incluso ellos encontraban consuelo en