Mujer Solitaria Acolhe A Una NIÑA FEA Abandonada… Años Después, El Padre Regresa…

Mujer solitaria acoge a un niño abandonado. Años después, el padre regresa con algo

inesperado. Ru era una mujer marcada por el silencio en la última casa de la

aldea de Calumbé. Aquel día escuchó un sonido diferente a los truenos y a la

fuerte lluvia que caía el llanto de un bebé olvidado en su puerta. “Ay, Dios mío, me mandaron un duende”,

murmuró asustada. Era frágil, extraño, casi sin vida. Ru podría haber cerrado

la puerta, pero no lo hizo. Lo tomó en sus brazos, sin saber que en ese

instante cargaba no solo a un niño, sino a un destino que pondría a toda la aldea. En juicio, lo que Ru aún no sabía

es que un día el padre de aquel niño regresaría. [Música]

[Aplausos] En la última casa de la aldea de

Calumbé, donde el viento soplaba más fuerte que las palabras y los ojos de los demás siempre llegaban antes que los

saludos, vivía Ruth. Sus 55 años parecían más largos que los días secos

de la sabana. La mujer, de mirada firme y boca callada cargaba en la espalda el

peso de un pasado que nadie se atrevía a preguntar. Algunos decían que había sido

traicionada, otros que lo había perdido todo en un incendio. La única verdad que

todos sabían era que Ru vivía sola, sola y en silencio. Su casa era pequeña,

hecha de barro, con un techo que crujía como un viejo que no deja de quejarse. En el patio criaba algunas gallinas que

ponían cuando querían y un chivo terco que respondía por pastor.

pastor era el único que aún respondía cuando ella hablaba y aún así solo balaba. Los vecinos murmuraban cosas,

siempre murmuraban. Esa de ahí tiene ojos que secan plantas.

Ella habla con los árboles. Dicen que vio al marido volverse humo. Ruth oía

todo y fingía que no. Quien más habla menos hace, pensaba. mientras cuidaba su

huerto, cosía sus telas o simplemente miraba la nada. Una mañana empapada por

una lluvia que ni parecía pertenecer a esa estación, Ru fue despertada por un

sonido que no venía de pastor ni de las gallinas. Era un llanto débil, extraño,

tembloroso como una vela casi apagándose. Tardó en entender si era sueño o realidad, pero el sonido

persistía viniendo de afuera de la puerta. Abrió. Y allí estaba un cesto viejo cubierto

por un paño remendado y dentro de él un bebé, un hilo de persona arrugado como

un jambo seco, flaco como palo de fogata y tan pequeño que cabía en uno de sus

trapos de cocina. Ru por un momento, pensó que era un animal perdido, un

monito quizás, pero cuando vio los ojos abrirse y llorar de nuevo, un escalofrío

le recorrió la espalda. Ah, Dios mío, me mandaron un duende”,

murmuró rascándose la cabeza con la cuchara de madera. El bebé temblaba, la lluvia mojaba la

orilla del cesto. Ruth miró a los lados. Nadie, ni un alma

viva, solo la lluvia y el valido de pastor al fondo. Pudo haber cerrado la

puerta, pudo haberlo dejado allí, pero no lo hizo. Tomó al bebé con cuidado,

sosteniéndolo como quien sostiene el propio destino sin saber qué quiere. Él era extraño, no tenía ese brillo

bonito de los recién nacidos de novela, pero había algo en él, una pregunta en

los ojos, una carencia en los dedos frágiles. “Fea, pero viva, ya es más que

muchos por ahí”, dijo secando al bebé con el paño de secar platos.

Ruth no era madre, nunca lo había sido. Pero en ese instante algo en su pecho se

removió. Un calorcito casi olvidado, casi prohibido.

Corrió hasta la casa del curandero tío Cefa, un viejo de aspecto misterioso que

usaba hojas hasta en los zapatos y hablaba como si hubiera salido de un libro que nadie terminaba de leer. ¿Qué

es eso que traes ahí, mujer?, preguntó tío Cefa, frunciendo el ceño como quien ve una aparición.

Es un bebé, creo. Cefa examinó, volteó, palpó, olió.

Sí, es gente. Solo que parece que el tiempo corrió mucho en ella y se olvidó de avisar. Desnutrida, débil, pero viva.

Va a necesitar comida, agua, calor. Todo eso tengo. Respondió Ruth firme.

De veras, hace tiempo que no calientas ni tu propia alma, Ruth. Ella no respondió, solo jaló al bebé de vuelta

con una expresión que ni ella conocía. Regresó a casa con el cesto en brazos y

en el camino el bebé se durmió. La llamó Rachel, un nombre que había

escuchado una vez en una historia contada por su abuela sobre una mujer que sobrevivió a un desierto solo con fe

y silencio. Ru pensó que le quedaba bien. Al fin y al cabo, allí fe y

silencio era lo que más había. Ese día, Ru cosió lo imposible. hizo una

cuna con pedazos de madera que estaban en el gallinero, ropita con sobras de tela que usaría para cojines, improvisó

juguetes con cáscara de maíz, tapas de botella y hasta un sonajero hecho con

semillas de moringa. “Si no hay lujo, habrá amor, quieras o no,”, dijo

colocando a Rachel en la cuna improvisada. Y esa noche, por primera vez en muchos

años, Ru encendió el fuego de la cocina solo para calentar leche, algo que ni

para ella misma hacía ya. Pastor balaba desconfiado. Las gallinas

cacareaban con celos y Rut, sola desde hacía décadas descubría que silencio y

soledad no eran lo mismo. Si vas a llorar, llora fuerte, porque llanto bajito ya hubo demasiado en esta casa

murmuró mirando a Reachel dormir. Y afuera por primera vez en mucho

tiempo, el viento sopló suave, como si dijera, “Esta historia va a cambiar.”

En la aldea de Calumbé, los techos no solo guardaban la lluvia, también protegían secretos y esparcían veneno en

forma de chisme. Y cuando Rus apareció por primera vez con la pequeña Rachel en brazos, la lengua del pueblo no descansó

ni un segundo. Robo de criatura. Eso fue lo que pasó. Cuchicheaba doña Málica, que tenía más

tiempo libre que dientes en la boca. Oí decir que fue brujería. Se durmió sola,

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