
El silencio dentro de la suite privada se volvió tan pesado que parecía cortar el aire.
Rodrigo fue el primero en reaccionar.
—¿Qué clase de broma es esta?
Valeria no respondió.
Simplemente acomodó a Mateo contra su pecho con cuidado, como si nada de lo que ocurría alrededor tuviera importancia.
Lucía rodó los ojos.
—Por favor… ¿la dueña del hospital?
Doña Carmen soltó una risa seca.
—Niña, este hospital pertenece al grupo Salazar gracias a nuestros contratos médicos.
Valeria levantó lentamente la mirada.
—¿Están seguros de eso?
Rodrigo frunció el ceño.
—Claro que lo estamos.
En ese momento la puerta se abrió.
Un hombre de unos cincuenta años entró acompañado por dos guardias de seguridad.
Traje oscuro.
Postura recta.
Era el director general del hospital, el doctor Alejandro Fuentes.
En cuanto cruzó la puerta, miró directamente hacia la cama.
Y se inclinó ligeramente.
—Señora Montoya.
El silencio fue absoluto.
Doña Carmen parpadeó.
—Doctor Fuentes —dijo Rodrigo con incomodidad—. ¿Puede explicarle a mi esposa que está confundida?
Pero el director ni siquiera lo miró.
Seguía observando a Valeria.
—¿Se encuentra bien después del parto?
Valeria asintió.
—Estoy bien, doctor.
Rodrigo sintió que algo en su estómago se hundía.
—¿Qué significa esto?
El doctor Fuentes finalmente giró la cabeza hacia él.
—Significa que está hablando con la presidenta del grupo Montoya Medical.
Lucía dejó escapar una risa nerviosa.
—Eso no puede ser verdad.
El director no sonrió.
—El grupo Montoya Medical posee esta red hospitalaria desde hace siete años.
Doña Carmen frunció el ceño.
—Eso es imposible. El dueño murió hace años.
Valeria acarició la cabeza de su bebé.
—Mi abuelo murió.
Miró directamente a su suegra.
—Y yo heredé todo.
Rodrigo retrocedió un paso.
—Eso… no es posible.
—Nunca preguntaste —respondió Valeria con calma—. Nunca te interesó saber de dónde venía mi familia.
Lucía miró alrededor de la habitación como si las paredes acabaran de cambiar de forma.
—Esto es ridículo.
Valeria tomó el sobre de divorcio.
—No.
Firmó los papeles con un movimiento tranquilo.
—Esto es libertad.
Luego miró al director.
—Doctor Fuentes.
—Sí, señora.
—¿Quién autorizó la entrada de estas personas a mi suite privada?
El director se volvió hacia los guardias.
—Nadie.
Rodrigo abrió los ojos.
—¿Qué?
Valeria lo miró con serenidad.
—Este hospital tiene protocolos muy estrictos.
Luego añadió con suavidad:
—Y ustedes ya no son bienvenidos aquí.
Lucía dio un paso adelante.
—¡Esto es absurdo! Rodrigo es—
—Nada —interrumpió Valeria.
Miró a los guardias.
—Por favor.
Los guardias se acercaron inmediatamente.
—Señores, deben retirarse.
Doña Carmen explotó.
—¡¿Saben quién soy?!
El guardia respondió con calma.
—Sí, señora.
Y abrió la puerta.
Rodrigo miró a Valeria con incredulidad.
—¿Hiciste todo esto para humillarme?
Valeria negó suavemente.
—No.
Ajustó la manta de Mateo.
—Ustedes lo hicieron solos.
Lucía apretó los dientes.
—Esto no se va a quedar así.
Valeria sonrió.
—Ya se quedó así.
Los guardias los escoltaron hacia el pasillo mientras las enfermeras observaban la escena en silencio.
La puerta se cerró.
La habitación quedó en paz por primera vez.
El director Fuentes suspiró.
—Lamento que haya tenido que pasar por esto.
Valeria miró a su hijo.
—No importa.
Mateo abrió los ojos lentamente.
Pequeños.
Curiosos.
—Ahora todo empieza de nuevo.
El director sonrió.
—¿Desea anunciar oficialmente su regreso al grupo?
Valeria negó con la cabeza.
—Todavía no.
Miró hacia la ventana donde la luz de la mañana comenzaba a entrar.
—Primero quiero disfrutar algo que nunca tuve.
—¿Qué cosa?
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—Paz.
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