
No puedo creerlo. ¿Estás embarazada? Sí, lo estoy y no es tuyo. ¿Cómo pudiste? Emjaste esto no acaba aquí. ¿Qué haces aquí con
los niños? Vine por comida. No es tu problema. Son mis hijos y estás embarazada. No te importa. Déjanos en paz.
Millonario vuelve a la casa de su exesposa embarazada tras 15 años y lo que ve lo deja en shock. El reencuentro
imposible. El día que Román vio a sus tres hijos descalzos frente al supermercado, entendió que el orgullo le
había costado una fortuna en amor. Pero eso vendría después, mucho después. Todo comenzó 15 años atrás en una oficina de
abogados del centro de Guadalajara, cuando Román Velázquez firmó los papeles de divorcio sin siquiera mirar a Sitlali
a los ojos. Ella tenía 21 años y estaba embarazada de 4 meses. Él tenía 20 y
acababa de recibir su primera gran inversión para su startup tecnológica. “No puedes pedirme que sacrifique mi
futuro por esto”, le dijo mientras empujaba los documentos hacia ella. “Tú no entiendes el mundo en el que voy a
vivir. No encajas ahí. Sitlali no lloró, solo firmó con mano temblorosa y se fue
sin decir una palabra. Román nunca supo si fue niño o niña, nunca preguntó,
nunca buscó. Bloqueó su número, cambió de ciudad y construyó su imperio con la
determinación de un hombre que huía de su propia conciencia. 15 años después, Román Velázquez era dueño de una de las
empresas de tecnología más grandes de México. Tres oficinas en el país, contratos millonarios con el gobierno,
un Porsche negro estacionado en su penhouse de Polanco, trajes italianos, relojes suizos, cenas con políticos y
empresarios donde el vino costaba más que el salario mensual de una familia promedio. Tenía todo, absolutamente
todo, excepto paz. Ese martes de octubre, Román manejaba por una avenida
comercial de Zapopan porque su chóer estaba enfermo y él necesitaba recoger un documento urgente en una notaría de
la zona. No era su mundo. Calles llenas de gente común, taquerías, tiendas de ropa barata, ese supermercado Soriana
enorme que parecía el centro del universo para los vecinos del rumbo. Estacionó su Porsche frente a la entrada
y salió ajustándose el saco negro. El sol de mediodía era brutal. La gente entraba y salía del supermercado
cargando bolsas. arrastrando carritos, gritando a sus hijos. Román caminó hacia la notaría que estaba a media cuadra
cuando algo lo detuvo. No fue un sonido, fue una presencia. Giró la cabeza hacia
la entrada del Soriana y el mundo se detuvo. Ahí estaba ella, Chitlali.
Después de 15 años, ahí estaba. Pero no era la misma mujer. El tiempo había sido
cruel. Su rostro conservaba esa belleza que Román recordaba en pesadillas ocasionales, pero ahora había líneas
profundas alrededor de sus ojos. Su cabello largo y oscuro, antes siempre cuidado, ahora caía sin brillo sobre sus
hombros. Usaba un vestido gris de maternidad largo y descolorido, claramente de segunda mano, que apenas
cubría su vientre enorme. Estaba embarazada, muy embarazada, y no estaba sola. Tres niños la rodeaban como
satélites orbitando un sol cansado. El mayor de unos 10 años tenía el cabello
oscuro y rebelde, la piel morena quemada por el sol y usaba una camiseta blanca que alguna vez fue blanca, pero ahora
era un tono gris sucio. Sus pantalones cortos estaban rotos en la rodilla, no traía zapatos. Sus pies descalzos
estaban cubiertos de polvo y tierra. El del medio, unos 7 años quizás, tenía una
playera de rayas azules demasiado grande para él y shorts que le quedaban chicos. También descalzo. Miraba hacia la gente
que pasaba con una expresión que Román no supo descifrar. Vergüenza, hambre,
resignación. El más pequeño, no mayor de 4 años, se aferraba a la pierna de Chitlali con una
mano, mientras con la otra se metía el pulgar en la boca. Su ropa era una mezcla de prendas que claramente habían
pertenecido a sus hermanos mayores. Sandalias rotas, rodillas raspadas.
Sitlali tenía ambas manos sobre su vientre en un gesto protector casi inconsciente. Miraba hacia la entrada
del supermercado como si estuviera calculando algo, como si estuviera reuniendo valor para entrar o decidiendo
si valía la pena intentarlo. Román sintió que algo le oprimía el pecho, no
podía respirar, no podía moverse y entonces ella lo vio. Sus ojos se
encontraron a través de la distancia, a través del mar de gente, a través de 15 años de silencio. Sitlalin no gritó, no
corrió, no lloró, solo lo miró con una expresión que Román nunca olvidaría. No
era odio, no era súplica, era algo peor, era indiferencia, como si estuviera
mirando a un fantasma que ya no tenía poder sobre ella. Román empezó a caminar hacia ella sin pensar. Sus piernas se
movían solas. La gente se apartaba al ver al hombre de traje negro caminando con determinación entre los carritos de
compras y las familias. Llegó hasta ella y se detuvo a 2 metros de distancia.
“Sitlali”, dijo, y su vozo no extraña incluso para él. Ella no respondió, solo
lo miró con esos ojos cansados que habían visto demasiado. Los tres niños miraron al hombre de traje con
curiosidad. El mayor dio un paso adelante instintivamente protector,
colocándose entre su madre y el extraño. ¿Quién es mamá?, preguntó el niño con
voz firme para su edad. Sitlali no apartó la mirada de Román. Cuando habló,
su voz fue tranquila, casi suave, pero cada palabra fue una puñalada. Nadie
importante, Santiago, solo alguien que conocí hace mucho tiempo. Román sintió
que el suelo se abría bajo sus pies. Santiago le había puesto. Santiago. Yo
yo no sabía empezó a decir, pero las palabras se le atoraron en la garganta. ¿No sabías qué?, preguntó Sitlali con
esa misma calma terrible. ¿No sabías que el bebé del que huiste se convirtió en este niño? ¿O no sabías que tendría
otros dos después de que otro hombre me prometiera el mundo y luego desapareciera igual que tú? ¿O no sabías
que ahora viene el cuarto y que esta vez ni siquiera hubo promesas, solo un error y más abandono? Los niños miraban a su
madre con preocupación. Claramente no entendían toda la conversación, pero sentían la tensión. Román buscó
palabras, cualquier palabra, pero no había nada que decir, nada que pudiera
arreglar esto, nada que pudiera borrar 15 años. Sitlali acomodó su mano sobre
el hombro de Santiago y le dio un apretón suave. Vamos, hijos, necesitamos
buscar qué cenar. Empezó a caminar hacia la entrada del supermercado, pero Román extendió la mano sin tocarla. solo en un
gesto desesperado. Espera, por favor, déjame, déjame ayudar, déjame hacer
algo. Sitlali se detuvo, no se giró, solo habló mirando hacia adelante.
Ayudar. ¿Quieres ayudar ahora? Después de 15 años, ¿quieres ayudar? Sí, lo que
necesites, dinero, comida, lo que sea, por favor. Entonces ella se giró y por
primera vez Román vio algo más que indiferencia en sus ojos. vio furia, una furia vieja, profunda, que había estado