
Viuda y embarazada, heredó una casa abandonada en lo alto de las montañas. Lo que encontró bajo las tablas del
suelo cambió su destino. Rosa María despertó antes de que saliera el sol,
como siempre. El frío de la sierra zacatecana se metía por las rendijas de la ventana mal ajustada, trayendo
consigo ese olor húmedo de neblina y tierra mojada al que todavía no se acostumbraba. 38 años. Viuda desde hacía
6 meses, embarazada de cuatro, sin dinero, sin familia cercana, sin nada
más que aquella casa vieja que nadie había querido. La muerte de Tomás no
solo se llevó al esposo, se llevó a los amigos que desaparecieron después del velorio, se llevó el cuartito que
rentaban cerca del mercado y que ella no pudo pagar. Se llevó cualquier ilusión de que la
vida continuaría parecida a lo que era antes. Los parientes de él aparecieron
como sopilotes sobre carroña, peleándose por los pocos muebles que quedaban, las
herramientas, hasta las ollas de la cocina. A ella le ofrecieron lástima
barata y la herencia que nadie quiso aceptar. Una casa abandonada en lo alto de la
sierra a tres horas de camino de terracería del pueblo más cercano.
Está muy lejos le dijeron. Muy frío. Nadie aguanta allá a Rosa
María. Véndela por lo que sea y renta un cuartito acá en el pueblo. Pero venderla
a quién, por cuánto y con qué dinero sobrevivir hasta conseguir trabajo,
estando embarazada y sin conocer a nadie que la quisiera contratar. sin alternativa, aceptó. Juntó su ropa en
una caja de cartón, agarró a Ventón con un camionero que iba rumbo a la sierra y
se bajó en la desviación del camino, desde donde caminó los últimos 2 km cuesta arriba. Cuando vio la casa por
primera vez, se le apretó el corazón. Era más grande de lo que imaginaba, pero vieja, muy vieja. Paredes de adobe
deslavadas, ventanas torcidas, techo con tejas quebradas, dejando huecos por
donde seguramente entraba la lluvia. El portón de madera colgaba chueco de las bisagras oxidadas. El patio era puro
monte alto y alrededor solo el silencio pesado de la sierra y el viento frío que bajaba de los cerros. Entró con las
manos temblando, no solo de frío. La puerta principal chirrió al abrirse,
soltando un quejido largo que resonó por toda la casa vacía. La sala era amplia
pero oscura. El piso de madera estaba cubierto por años de polvo y había marcas en el suelo donde alguna vez hubo
muebles. El aire olía a Moono, a tiempo detenido. Aquella primera
noche, Rosa María durmió vestida enrollada en un zarape viejo que traía en la caja, tirada en el piso de la
sala, porque no tuvo valor para explorar los cuartos en la oscuridad. El viento
golpeaba las ventanas con fuerza, haciendo gemir la madera. El piso crujía
solo, como si alguien caminara por los cuartos vacíos. Y el silencio, el
silencio era tan profundo que parecía gritar. Pensó en rendirse ahí mismo.
Pensó en levantarse al amanecer e irse a cualquier lugar. Pero algo en aquella casa la detení. una sensación extraña,
como si el lugar guardara algo que todavía no había sido revelado. En los días siguientes limpió lo que pudo,
barrió el polvo, abrió las ventanas para ventilar, arregló una de las sillas rotas que encontró en el cuartito del
fondo. Comía poco, había traído arroz, frijol y algunos huevos que una vecina
lejana le dio por lástima. Por las noches se sentaba en el corredor de madera podrida y miraba el cielo inmenso
de la sierra, estrellado como nunca lo había visto en el pueblo, pero frío,
distante, indiferente a su soledad. Fue en la tercera noche que oyó el sonido
por primera vez. Estaba acostada en el piso de la sala tratando de dormir
cuando un crujido diferente llamó su atención. No era el viento, no era la madera
ajustándose al frío, era un sonido que venía de abajo, como si algo se
estuviera moviendo bajo el piso de madera. Rosa María levantó la cabeza, el corazón disparado, los ojos fijos en la
oscuridad. El sonido se repitió. Un crujido sordo, apagado, viniendo de
algún punto cerca de sus pies, encendió el quinqué. La casa no tenía luz eléctrica. iluminó el piso alrededor.
Las tablas eran anchas, viejas, algunas flojas en las orillas. Golpeó suavemente
con los nudillos en una de ellas. El sonido resonó hueco, diferente. Golpeó
otra, sólido. Volvió a la primera. Hueco otra vez. Hay algo aquí abajo, pensó.
Pero no tuvo valor para investigar esa noche. Apagó el kinqué, se volvió a acostar y pasó horas despierta.
escuchando el viento y aquel crujido que volvía de vez en cuando, como si algo o alguien estuviera tratando de llamar su
atención del otro lado de la madera. A la mañana siguiente, Rosa María despertó
con el cuerpo adolorido y la mente inquieta. El sol todavía no había salido completamente, pero ella estaba de pie,
mirando fijamente el piso de la sala. La tabla que había crujido durante la noche parecía común a la luz del día, solo una
más entre tantas otras gastadas por el tiempo. Pero ella sabía, sabía que había
algo allí. Esperó a que amaneciera bien. Tomó un café aguado, masticó un pedazo
de pan duro que le quedaba. Trató de ocuparse barriendo otra vez la cocina, pero la mente no se le quitaba de
aquella tabla. Cerca del mediodía, cuando el sol entró por las ventanas e
iluminó toda la sala, ya no aguantó más. Fue al cuartito del fondo y agarró un
cuchillo viejo de cocina que había encontrado días antes. Regresó a la sala, se arrodilló en el piso con
dificultad por el vientre abultado y empezó a hacer palanca en la orilla de la tabla. La madera estaba hinchada por
la humedad. Resistió los primeros minutos, pero poco a poco empezó a ceder. Rosa María metió la hoja en las
rendijas, hizo presión y de repente la tabla se soltó con un chasquido seco.
Debajo, en vez del piso de tierra apisonada que esperaba encontrar, había tierra removida, fresca, demasiado
oscura para estar ahí desde hacía décadas. Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo podía haber tierra
removida en una casa abandonada tanto tiempo? ¿Quién habría excavado allí? ¿Y
cuándo? Y con las manos temblando empezó a acabar. La tierra estaba húmeda,
suave, como si alguien la hubiera movido recientemente, 10 cm, 20, 30, hasta que
sus uñas tocaron algo diferente. Tela, un tejido grueso, áspero, envejecido.
Jaló con cuidado y sacó a la superficie un bulto del tamaño de un puño amarrado con mecate podrido. Deshizo el nudo
despacio. Dentro había una bolsita pequeña de cuero, pesada.