
La Casa de Josefina
Esperanza despertó antes de que el cielo comenzara a aclarar. El frío de la Sierra Zacatecana se colaba por las rendijas de la ventana rota, trayendo consigo ese olor a tierra húmeda y niebla al que todavía no lograba acostumbrarse.
Tenía treinta y cinco años. Viuda desde hacía cuatro meses. Embarazada de cinco. Sin trabajo, sin familia cercana, sin nada más que los pocos pesos que le quedaban en el bolsillo del delantal… y una decisión valiente que había tomado la semana anterior.
La partida de Ramón no solo se llevó a su esposo. Se llevó el cuartito que rentaban cerca del mercado en Fresnillo. Se llevó a los conocidos que dejaron de saludarla después del último adiós. Se llevó cualquier ilusión de que la vida seguiría siendo como antes.
No hubo herencia. Ramón era jornalero. Trabajaba de sol a sol en tierras ajenas y lo poco que ganaba apenas alcanzaba para comer y pagar la renta. Cuando murió súbitamente, vencido por el cansancio y una salud frágil, el patrón dio el pésame, pagó un sepelio sencillo… y desapareció.
Los vecinos ayudaron las primeras semanas: un plato de frijoles aquí, unas tortillas allá. Pero la caridad tiene fecha de vencimiento, y Esperanza lo sabía. Cuando el dueño del cuarto vino a cobrar la renta del tercer mes y ella no pudo pagar, le dio una semana para desocupar.
Fue en esos días de angustia cuando escuchó la conversación en el mercado.
Dos mujeres hablaban de una casa abandonada en lo alto de la sierra, cerca del antiguo camino arriero de Ángeles. Decían que llevaba años vacía, que el dueño había muerto sin herederos conocidos, que el municipio la había embargado por impuestos no pagados y ahora la vendían por casi nada, solo para resolver el trámite legal.
—Está muy lejos —decía una—. Muy vieja. Dicen que las paredes se están cayendo.
—Por eso la dan barata —respondía la otra—. Pero ¿quién va a querer vivir allá arriba, sola, sin luz, sin agua, sin nada?
El corazón de Esperanza latía con fuerza mientras escuchaba.
Esa misma tarde fue a la presidencia municipal. Preguntó por la casa. El empleado la miró con lástima al ver su vientre abultado y su ropa remendada.
—¿Esa casa quiere, señora? Está en ruinas. No tiene luz ni agua. El camino es pura terracería.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó ella.
El hombre revisó unos papeles amarillentos.
—Tres mil pesos. Es lo mínimo que acepta el municipio para cubrir los impuestos atrasados.
Era casi todo lo que Esperanza tenía ahorrado. Dinero guardado peso a peso durante años para emergencias. Dinero pensado para el parto, para la ropa del bebé, para sobrevivir los primeros meses.
Pero si no tenía dónde vivir, nada de eso importaba.
Firmó los papeles esa misma semana. Le entregaron un título de propiedad manchado de humedad y un mapa dibujado a mano.
—Suerte, señora —le dijo el empleado al despedirla—. La va a necesitar.
El camino hasta la casa fue el más largo de su vida.
Tomó un camión hasta donde terminaba el pavimento y caminó tres horas entre cerros pelones y matorrales secos. Llevaba una maleta de cartón con su ropa, una bolsa con arroz, frijol y unas latas, y el peso de su vientre que parecía crecer con cada paso.
Descansó cinco veces. Lloró dos.
Cuando finalmente llegó, el corazón se le encogió.
La casa era más grande de lo que imaginaba, pero estaba muy desgastada: paredes de adobe agrietadas, ventanas sin vidrios, techo con huecos, una puerta colgando de una sola bisagra. El silencio era absoluto.
—¿Qué hice, Dios mío? —murmuró.
Pero no había vuelta atrás. Ese montón de adobe era ahora su hogar.
Dentro, entre polvo y muebles rotos, solo una cosa parecía intacta: un cuadro grande con marco de madera oscura. Un paisaje de la sierra.
Aquella primera noche durmió en el suelo, envuelta en su cobertor, llorando hasta quedarse dormida con una mano sobre el vientre.
Los días siguientes fueron de trabajo constante. Traía agua del arroyo, tapaba huecos, comía lo justo. Por las noches miraba el cielo estrellado y se repetía:
—Es mi casa. Nadie me la puede quitar.
En la segunda semana decidió limpiar el cuadro. Al intentar descolgarlo, la pared crujió. El adobe se agrietó, revelando un hueco oculto.
Dentro encontró un bulto envuelto en tela.
Una caja.
Al abrirla, el mundo se detuvo.
Monedas de plata. Monedas de oro. Joyas antiguas. Papeles. Y una carta.
Dirigida a quien encuentre esto.
Esperanza leyó con lágrimas en los ojos. Josefina Carrasco, una viuda que había vivido allí casi un siglo atrás, había escondido lo poco que tenía esperando un futuro que nunca llegó.
—Gracias, Josefina —susurró—. Gracias.
Pudo haberse ido. Pudo vender todo y empezar de nuevo. Pero no lo hizo.
Decidió buscar a los herederos.
Investigó durante meses. Arregló la casa solo lo necesario. Anotó cada gasto. El embarazo avanzó.
Y una madrugada, sola en la sierra, nació su hija.
—Te llamarás Josefina —susurró al verla.
Un año después llegó una carta. Luego, Carmen Moreno, nieta de Josefina.
Hubo abrazos, lágrimas, historias compartidas.
Esperanza entregó todo el tesoro.
—Somos familia ahora —dijo Carmen—. Y la vida se comparte.
Años después, la casa se convirtió en un refugio para mujeres que buscaban empezar de nuevo. El cuadro seguía en la pared. La carta, enmarcada.
El verdadero tesoro no estaba en el oro, sino en lo que se había construido a partir de él.
Una tarde, Esperanza vio a una nueva caminante subir por el sendero. Sonrió y abrió el portón.
En la sierra, el bien hecho con verdad nunca se pierde.
Se multiplica.