Una joven embarazada fue acogida en una casa de ancianos — y uno de ellos la esperaba hace años.

La joven embarazada huyó sin rumbo por la carretera de Zacatecas, con la ropa pegada al cuerpo y una maleta temblando

en la mano. El sol se hundía detrás de los cerros, pero ella no sentía el

calor. Sentía miedo, hambre y un peso dentro del vientre que le recordaba que

no podía rendirse. Había escapado del rancho antes del amanecer, cuando el

patrón dormía y nadie la vigilaba. Caminó kilómetros sin mirar atrás, con

la esperanza de que el polvo cubriera sus huellas y su pasado. En cada paso oía el eco de los insultos, las

amenazas, el nombre que no quería volver a escuchar. Cuando la oscuridad cayó del

todo, vio una casa vieja en lo alto del cerro. Tenía las ventanas rotas y el

techo torcido, pero un hilo de humo salía por la chimenea. Lucía apretó el

pañuelo contra su cabeza y subió el camino. Golpeó la puerta tres veces

temblando. Una voz débil respondió desde adentro. ¿Quién llama a esta hora? Una

mujer cansada, dijo ella, y una vida por nacer. La puerta se abrió lentamente.

Entra, hija. Aquí ya nadie tiene fuerzas para juzgar. Lucía cruzó el umbral sin mirar atrás.

El aire dentro de la casa era denso, con olor a cera vieja, madera húmeda y polvo

antiguo. La lámpara de aceite colgaba torcida, lanzando sombras que se movían

como almas cansadas sobre las paredes agrietadas. Frente a ella, la mujer del

hábito gris la observaba sin pestañear, apoyada en un bastón que parecía sostener tanto su cuerpo como su fe.

“¿Tienes hambre?”, preguntó la anciana. Lucía asintió. Hace dos días que no

como. Entonces come primero y explica después. La monja la llevó hasta una

mesa larga donde descansaban restos de pan duro y una olla humeante. Lucía

comió despacio con vergüenza, como si cada bocado necesitara permiso. Cuando

terminó, la mujer le dio una manta y señaló una puerta lateral. Puedes quedarte esta noche. Mañana veremos. El

suelo crujía bajo sus pies mientras la guiaba por un pasillo lleno de retratos antiguos. Rostros de desconocidos

miraban desde marcos dorados con una mezcla de nostalgia y advertencia.

¿Quiénes son?, preguntó Lucía. Los que estuvieron antes. Los que no quisieron

irse, respondió la monja y continuó caminando. La habitación era pequeña, con una cama de hierro y una ventana

tapada con una cortina raída. Lucía dejó la maleta en el suelo, se sentó y

exhaló. Su cuerpo dolía, pero su alma, por primera vez en días estaba quieta.

El viento silvaba en las rendijas y el tic tac de un reloj marcaba un ritmo que parecía ajeno al tiempo. Durante la

noche oyó pasos, bastones arrastrándose, voces que rezaban y murmuraban nombres.

Se levantó, abrió la puerta y vio una fila de ancianos caminando hacia la capilla al fondo del corredor. Ninguno

la miró como si no existiera. Ella lo siguió en silencio. Dentro las velas

iluminaban altares cubiertos de polvo. Rezaban por los muertos. Pero Lucía sintió que también rezaban por sí

mismos. Al amanecer, Sor Eusevia la despertó golpeando la puerta. Arriba,

muchacha, aquí todos trabajan. Lucía se incorporó lentamente, cubriéndose el

vientre con las manos. ¿Qué puedo hacer? Empieza por la cocina. El olor del café

de cebada y del pan rancio llenaba el aire. Los ancianos se sentaban uno por

uno en la mesa. Algunos la miraban con curiosidad, otros con ternura. Había una

mujer que no hablaba, solo tejía bufandas interminables, otro que contaba historias de batallas

imaginarias y un hombre apartado junto a la ventana que no decía palabra. “Ese es

don Esteban”, susurró sobre Eusevia. “No ha hablado desde hace años.” Lucía lo

observó. Tenía el cabello blanco, la piel delgada, los ojos cerrados como si

mirara por dentro. Había algo en su rostro que le resultaba familiar, pero no podía explicarlo. Pasaron los días,

Lucía barría los pasillos, lavaba ropa, cocinaba, curaba heridas pequeñas. Su

presencia comenzó a devolver ritmo al lugar. Algunos ancianos la esperaban cada mañana solo para escuchar su voz.

Ella lesía cartas viejas, los ayudaba a escribir oraciones, a veces reían, otras

lloraban en silencio. Una tarde, mientras limpiaba el desván, encontró un cofre cubierto de polvo. Dentro había

cartas, rosarios, telas viejas y un retrato en sepia. En él, una mujer joven

sonreía con una expresión dulce. Lucía sintió un golpe en el pecho. La mujer

tenía el mismo lunar junto al labio que ella. Detrás una frase escrita con tinta

desvanecida. A mi hija con la esperanza de volver a verla. Sus dedos temblaron. Bajó las

escaleras corriendo y buscó a Sor Eusevia. ¿Quién es esta mujer? Preguntó mostrando

el retrato. La monja lo miró y su rostro se volvió gris. ¿Dónde encontraste eso?

En el desván. Sor Eusevia hizo la señal de la cruz. Se llamaba Dolores Ávila.

Vivió aquí hace 30 años. Un día salió por la puerta principal y nunca volvió.

Lucía sintió que el aire se le escapaba. Dolores Ávila era el nombre de mi madre.

El silencio llenó el comedor. Los ancianos dejaron de hablar. Don Esteban

levantó lentamente la cabeza. Sus labios se movieron sin sonido. Sus manos

temblaron. “¿Qué dijiste?”, susurró con voz débil. Lucía se acercó. Dije que mi

madre se llamaba Dolores Ávila. El anciano la miró fijamente y por un

instante, en sus ojos turbios, se encendió una chispa de vida. Sor Eusevia

respiró hondo. No puede ser, dijo. Dolores murió en el parto. Lucía negó

despacio. No, sobreviví. Me crió una mujer en San Cristóbal. Me dijo que mi

madre murió joven, pero nunca me habló de mi padre. El silencio se volvió más pesado que el

aire. Don Esteban bajó la mirada y dejó caer el rosario al suelo. Dios susurró.

30 años. Lucía no entendió. ¿Usted la conoció?

El viejo no respondió, pero una lágrima le corrió por la mejilla. Esa noche

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