
Pobrecita, ni siquiera puede tener hijos”, dijo la mujer riéndose. Segundos
después, la mujer reveló un secreto que dejó a todos impactados. Daniela tenía 23 años cuando escuchó por primera vez
la palabra que terminaría marcándola por años. Estéril. No se lo dijeron con suavidad ni contacto. Fue en un
consultorio frío con una doctora que apenas la miró a los ojos. No hay ovulación. Tus niveles hormonales son
muy bajos. No podrás tener hijos de forma natural, así sin anestesia, como
si le estuvieran diciendo que no tenía saldo en el teléfono. Salió del consultorio sin entender bien qué
sentía. Primero fue confusión, luego rabia, luego tristeza y luego lo que más
dolía, la vergüenza, porque ni siquiera había contado con que su propio cuerpo le fallara justo en eso. Y lo peor fue
cuando llegó a su casa y se lo contó a Álvaro. Álvaro era su esposo desde hacía casi 2 años. Se habían conocido en la
universidad y se casaron jóvenes con esa ilusión medio ciega de que el amor lo podía todo. Al principio, Álvaro
reaccionó con calma. Le dijo que no pasaba nada, que adoptar también era bonito, que no se casó con ella por los
hijos, pero poco a poco esa calma fue desapareciendo. Daniela lo notaba. Cada
vez que alguien de su familia le preguntaba cuándo iban a tener bebés, él cambiaba de tema rápido. Empezó a evitar
ir a reuniones, se encerraba más y a ella le tocaba tragarse el nudo en la garganta mientras las demás primas
hablaban de pañales, de partos, de nanas, de guarderías. Ella se reía
cuando le decían, “¿Y tú para cuándo?” Pero por dentro se le deshacía algo. La
cosa empeoró cuando la mamá de Álvaro, doña Carmen, una mujer dura y metiche,
le dijo en la cocina mientras lavaban los trastes después de una comida familiar. Mi hijita, no sé qué esperas
para embarazarte. A tu edad ya yo tenía tres. Daniela bajó la mirada sintiendo
cómo se le subía el calor a la cara. Estoy en tratamiento”, murmuró apenas
audiblemente. Y entonces vino la frase que le quedaría grabada por siempre. “Ah, o sea, que el problema eres tú.” No
fue una pregunta, fue una afirmación, como un golpe seco. Desde ese día,
Carmen ya no se refería a ella por su nombre. Le decía la que no puede o
simplemente hacía gestos de lástima. Y luego estaba Leticia, su prima Leticia,
hija de la hermana mayor de su mamá. Siempre fue pesada, siempre competitiva,
siempre queriendo estar por encima de todos. Desde niña se burlaba de Daniela por cualquier cosa, cuando tenía granos,
cuando usaba frenos, cuando sacaba malas notas en matemáticas. Pero cuando Leticia quedó embarazada por accidente a
los 20 fue como si se hubiera coronado reina del universo. Empezó a mirarla con condescendencia, como si Daniela no solo
fuera menos mujer, sino menos persona. En cada reunión familiar hacía algún
comentario hiriente disfrazado de broma. Ay, Dani, te presto uno de mis hijos un
fin de semana para que veas lo que se siente. Oh, ya ves, uno no necesita
estar tan lista para ser mamá. Mientras se reía con otras primas igual de pesadas, Daniela sonreía por fuera, pero
por dentro se hacía chiquita. Los años pasaron. Daniela fue a terapias, tratamientos hormonales, clínicas
privadas. Se inyectaba cosas sin saber bien qué eran. Viajó a Guadalajara a ver a un médico que le recomendaron en un
foro. Nada, nada funcionaba. Y Álvaro ya no era el mismo. Una noche él le dijo
que se iba a dormir al sillón porque necesitaba espacio. A los días le confesó que ya no sabía si la amaba. A
las semanas se fue de la casa y cuando firmaron el divorcio, él ya tenía otra pareja. Dos años después ella se enteró
por redes sociales que esa nueva mujer estaba embarazada. Daniela se encerró en su cuarto y lloró toda la noche, no por
Álvaro, sino porque ahora todo el mundo iba a decir que el problema sí era ella, que ella era la estéril. La palabra se
volvió una sombra. La seguía a todos lados. En cada reunión, aunque nadie lo dijera, ella sentía las miradas, las
preguntas disfrazadas, las burlas que no se decían, pero se pensaban. Hasta su propia madre, que nunca fue cruel, pero
sí poco empática, le soltó una vez. Ya ni pienses en eso. Mejor acepta que no
es para ti. Esa frase la quebró. Daniela empezó a evitar a su familia. Se alejaba
de eventos, ponía excusas para no asistir. Se enfocó en su trabajo en una agencia de publicidad, hacía campañas
para marcas de pañales, leche en polvo, productos de bebés, ironía pura, pero
era buena en su trabajo, creativa, rápida, eficaz. Y ahí, entre ideas y
diseños fue donde conoció a Julián. Julián era nuevo. Llevaba solo dos semanas cuando la invitaron a una comida
de equipo. Ella no quería ir, pero terminó yendo. Se sentaron cerca. Empezaron a hablar de tonterías, luego
de películas, luego de series. Se rieron mucho y algo dentro de ella se sintió
ligero, como si por primera vez en años no tuviera que cargar con nada, ni con etiquetas, ni con expectativas, ni con
la presión de que su cuerpo funcionara como debía. Julián no le preguntó si tenía hijos. No le preguntó si quería
tener, no le preguntó nada de eso, solo la escuchó y eso fue suficiente.
Salieron un par de veces, luego más se fueron conociendo. Y Daniela, que al
principio tenía miedo de contarle todo, un día se lo dijo todo. En un café,
mientras llovía afuera, le soltó la verdad de golpe, que era estéril, que su
ex la había dejado, que su familia era cruel, que a veces se sentía vacía.
Julián no reaccionó con lástima. solo le agarró la mano y le dijo, “No tienes por qué sentir vergüenza por eso. Nada de
eso te define.” Y ahí Daniela sintió que por primera vez alguien no la veía como
una mujer rota, ni incompleta, ni menos. Se fueron a vivir juntos al año y poco
después se casaron. Una boda sencilla con pocos invitados. Casi nadie de la
familia de Daniela fue, solo su papá y un tío. Ella no quería a los demás ahí,
no quería caras hipócritas. ni comentarios incómodos. En esa boda, Daniela se sintió libre, como si todo lo
anterior hubiera sido otra vida, otra persona. Le prometió a Julián que nunca más dejaría que nadie la hiciera sentir
pequeña, pero los recuerdos seguían ahí. Y aunque no lo decía en voz alta, algo
dentro de ella seguía deseando ser mamá, no por probarle nada a nadie, sino por ella, porque todavía había una parte de
su corazón que no se apagaba. Y eso, aunque lo intentara negar, seguía latiendo fuerte, más fuerte de lo que
ella misma quería aceptar. La casa a la que se mudaron no era muy grande, pero tenía lo justo. Una sala iluminada, una
cocina donde cabían los dos sin empujarse y un cuarto con una ventana enorme que daba al parque. Lo que más le
gustaba a Daniela era que por fin sentía que podía respirar tranquila. No había fotos antiguas ni recuerdos que la
persiguieran. Solo estaban ellos dos, Julián y ella, empezando algo nuevo,