
Apuesto un millón de dólares a que no me ganas en ajedrez, dijo el millonario [música] riéndose del hombre sencillo
hasta que fue humillado. La plaza estaba llena de vida. Era domingo y el sol caía
fuerte, pero la gente no parecía molesta. Había niños corriendo, vendedores de globos, familias sentadas
en las bancas y música de fondo que salía de una bocina vieja colocada junto a un señor que vendía elotes. Justo al
centro, donde siempre se ponían a jugar ajedrez, estaban Mateo y Donteo, como
todos los fines de semana, uno concentrado y rápido, el otro paciente y sabio. Jugaban en silencio, rodeados de
curiosos que aplaudían cada buena jugada. La banca de cemento ya tenía marcas del tiempo, pero ellos ni lo
notaban. Para Mateo, de 23 años, era la única forma de pensar en algo que no
fuera el trabajo o la falta de dinero. Y para donteo, de más de 60, era su manera
de sentirse útil, enseñando lo poco que sabía a alguien que sí ponía atención. A
unos metros de ahí, entre el bullicio y el paso de la gente, se bajó de una camioneta negra una figura que llamaba
la atención. Era Ramiro Delgado, traje azul marino, reloj que brillaba como si
tuviera luz propia, lentes oscuros y una expresión de fastidio. Tenía 45 años y
una fortuna construida en negocios que pocos entendían, pero que todos sabían que daban mucho dinero. Venía acompañado
de dos hombres más jóvenes, uno de ellos, Sergio, que cargaba una maleta negra como si fuera un objeto sagrado.
Ramiro miró alrededor como quien no quiere estar ahí hasta que su vista se detuvo en la banca donde jugaban Mateo y
Donteo. Frunció el ceño y cruzó los brazos. “Siguen jugando esto en lugares públicos”, dijo con tono burlón [música]
mientras se acercaba. Mateo y Donteo lo miraron de reojo. Algunos de los que estaban alrededor voltearon al escuchar
la voz. Ramiro no esperó respuesta. Dio un paso más y se plantó frente a ellos. “¿Quién de ustedes es el bueno?”,
preguntó quitándose los lentes. Su mirada era directa, de esas que buscan provocar. Donteo iba a responder,
[música] pero Mateo lo interrumpió con un simple yo. Ramiro sonríó. No era una sonrisa
amable, más bien una de esas que huelen a soberbia. Se giró hacia la gente que comenzaba a reunirse a su alrededor.
¿Qué les parece si hacemos esto más interesante? Dijo fuerte, como si diera un anuncio importante. Ofrezco un millón
de dólares al que me gane en una partida. El silencio fue inmediato. Hasta el señor de los elotes dejó de
servir. Una señora se persignó. Mateo levantó una ceja dudando si había
escuchado bien. Un millón de dólares repitió Donteo casi en un suspiro.
Ramiro asintió y se giró hacia Sergio, que abrió la maleta negra. Dentro, fajos
de billetes acomodados perfectamente. Era tanto dinero que parecía una escena de película. [música] Algunos dieron un
paso más para mirar de cerca, otros sacaron sus celulares para grabar. Mateo no dijo nada de inmediato. Miró la
[música] maleta, luego a Ramiro, después al tablero. Algo en su cabeza le decía que aquello no era normal. Nadie regala
esa cantidad de dinero, no más porque sí. ¿Y quién garantiza que esto no es puro cuento? Preguntó serio, sin
titubear. Su tono no era altanero, pero sí firme. Quería saber si ese tipo hablaba en serio o solo venía a
burlarse. Ramiro se le acercó un poco más. Yo no juego con mentiras. Ese dinero está destinado a un depósito.
[música] Pero si ganas, es tuyo. ¿Te animas? Mateo volteó a ver a Donteo que
le apretó el brazo con una mano temblorosa. No dijo nada, pero su gesto era claro. Piensa bien lo que haces.
Mateo respiró hondo, [música] miró otra vez el tablero, luego a ese hombre que se creía invencible asintió. [música]
Va. Ramiro tomó asiento frente a él, se quitó el saco y lo entregó a Sergio, que
parecía más nervioso que su jefe. La maleta seguía abierta a un lado, como si fuera parte del espectáculo. Un grupo de
personas rodeaba la banca. Algunos grababan, otros simplemente observaban con ojos bien abiertos. Mateo colocó las
piezas en orden. Ramiro pidió ser blancas. y comenzó la partida. [música] Desde el primer movimiento fue agresivo,
directo, confiado. Movía las piezas como si no hubiera duda de lo que hacía. Pero
Mateo no se dejaba impresionar. Respondía con calma, sin prisa, pero con movimientos certeros. Al quinto turno,
la gente ya murmuraba. Al octavo, uno soltó un no manches. Al décimo, Ramiro
ya no sonreía. Mateo no perdía el enfoque. Sabía que no podía fallar. No por el dinero, por algo más que no
alcanzaba a explicar. Cada jugada era firme, sin miedo. Ramiro empezaba a
sudar, se quitó el reloj, lo puso sobre la banca. En su frente, una vena se
marcaba cada vez que Mateo le comía una pieza importante. Donteo miraba en silencio con los dedos cruzados. En
menos de 10 minutos, la partida estaba resuelta. El jaque mate fue claro, sin
trucos. Ramiro se quedó mirando el tablero como si no entendiera lo que acababa de pasar. Sergio apretó los
labios. Uno de los curiosos aplaudió tímido, luego otro. En segundos todo el
círculo estalló en aplausos y gritos. “Le ganó, le ganó al rico!”, gritó un
niño. Ramiro se levantó sin mirar a Mateo, tomó su saco, se puso los lentes
y dijo en voz alta, “Ese millón no significa nada para alguien como yo.” Sergio cerró la maleta y se la dio a
Mateo, que la recibió con las manos temblorosas, no por el dinero, sino por lo que acababa de sentir. Algo raro,
como si hubiera ganado algo más importante que un premio. Ramiro se alejó sin decir nada más. La multitud se
abrió a su paso. Algunos lo miraban con burla. Otros con respeto. Él no miró a
nadie. Mateo se quedó sentado con la maleta entre las piernas. No sonreía.
Don Teo le puso una mano en el hombro. La gente seguía hablando, [música] grabando, comentando. Pero para Mateo
todo el ruido se desvanecía. Su mente volvía a una imagen guardada desde hace años. Una foto vieja, un rostro parecido
al del hombre que acababa de vencer. [música] La maleta pesaba más de lo que Mateo imaginaba, no solo por el dinero, sino
por todo lo que venía con él. Caminaba por las calles del centro con la cabeza baja y la mochila rota colgando de un
solo hombro. Don Teo lo seguía en silencio. Ya era de noche y el bullicio de la plaza había quedado atrás. La
gente seguía caminando. Las luces de los puestos callejeros alumbraban apenas lo suficiente y el olor a tacos al pastor
se mezclaba con el humo de los escapes de los coches viejos. Mateo no hablaba, tenía la mirada fija al frente, pero en
su mente seguía viendo una y otra vez el rostro del hombre que acababa de vencer. Esa cara, esos ojos, algo en él le
dejaba un hueco raro en el pecho. No era orgullo, era otra cosa, algo que no
entendía. Llegaron a la vecindad donde vivía. Era una construcción vieja con paredes despintadas, puertas de madera