POBRE VIUDA SIN HOGAR ENCONTRÓ UNA CASA ABANDONADA Y SE VOLVIÓ MILLONARIA

La gallina blanca
Olivia caminaba por la carretera polvorienta con sus dos hijas tomadas de la mano, una a cada lado. El sol comenzaba a caer y teñía el cielo de naranja, un color que en otro tiempo habría sido hermoso, pero que ahora solo le recordaba una cosa: pronto oscurecería y no tenían dónde dormir.
Mariana, de ocho años, apretaba su mano con fuerza. Julia, de seis, arrastraba los pies, agotada, dejando escapar pequeños quejidos que a Olivia le rompían el alma. Desde la mañana caminaban sin rumbo, desde que el dueño del cuarto que rentaban las había echado por no poder pagar tres meses de renta.
Todo lo que tenían cabía en una bolsa de tela colgada del hombro de Olivia.
—Mamá, tengo hambre —susurró Julia.
Olivia sintió cómo la garganta se le cerraba. Habían compartido la última tortilla al mediodía, partida en tres. Ya no quedaba nada. Ni dinero. Ni comida. Ni puertas abiertas en el pueblo.
—Aguanta un poquito más, mi amor —respondió, aunque su voz se quebró.
Seis meses atrás, su vida era sencilla pero estable. Roberto, su esposo, volvía cada noche cubierto de polvo de la construcción, cansado pero sonriente. Luego vino el accidente. Los ladrillos. La muerte. La indemnización que nunca llegó. Y ella, sola, con dos niñas y un futuro que se desmoronaba.
Cuando Julia soltó su mano y señaló al campo, Olivia levantó la vista.
—Mami… mira, una gallina.
Una gallina blanca cruzaba el camino, picoteando despreocupada. Nada especial. Y, sin embargo, algo en el pecho de Olivia se movió.
—Vamos por ahí —dijo sin saber por qué.
La gallina se alejó, como esperando que la siguieran. Caminó entre matorrales y pasto seco, alejándolas del camino principal. Tras varios minutos apareció una casa.
Una casa en ruinas.
Pequeña, de madera y adobe, con techo de lámina oxidada y paredes agrietadas. Las ventanas sin vidrio parecían ojos vacíos. A un costado, un coche viejo y descompuesto descansaba como un animal muerto.
Las gallinas corrían libres alrededor del porche.
Olivia se acercó con el corazón acelerado. La puerta colgaba de una sola bisagra. Dentro había polvo, telarañas, muebles rotos… pero también había paredes. Un techo. Un piso.
Un lugar.
Cuando el sol desapareció por completo, Olivia cayó de rodillas en la tierra seca y lloró. No solo de dolor, sino de alivio.
—Gracias… aunque sea esto —susurró.
Esa noche durmieron juntas sobre un colchón viejo, cubriéndose con una manta raída, acompañadas por el sonido de las gallinas afuera. Olivia miraba el techo agujereado y se aferraba a una sola cosa: fe.
Al amanecer, el hambre volvió con fuerza. Olivia exploró el terreno y encontró un huerto abandonado con calabazas silvestres. Halló una olla agrietada, un encendedor viejo que aún funcionaba. Encendió fuego. Hizo un caldo aguado.
—Estuvo rico, mami —dijo Julia sonriendo.
Y Olivia casi lloró otra vez.
Ese día limpiaron la casa. Las niñas rieron persiguiendo gallinas. Y fue entonces cuando Mariana llamó a su madre desde el coche viejo.
—Mamá, mira esto.
Dentro del maletero había tubos oxidados… y una bomba manual.
Esa noche, Olivia salió con una vela y descubrió un arroyo escondido a pocos metros de la casa. Agua clara. Vida.
Las piezas encajaron.
Al día siguiente comenzó el trabajo más duro de su vida. Arrastró tubos, limpió óxido, cavó zanjas con las manos. Falló muchas veces. Lloró de frustración. Pero no se rindió.
Una mañana, al accionar la bomba, el agua salió.
Primero un hilo. Luego un chorro.
Olivia gritó. Rió. Cayó de rodillas otra vez, pero esta vez riendo.
Con agua llegaron los cultivos. Con cultivos, la comida. Con el excedente, las ventas. Primero huevos. Luego verduras. Después, más gallinas. Más tierra recuperada.
Pasaron los años.
La casa abandonada se convirtió en una granja próspera. Olivia aprendió, se capacitó, pidió microcréditos, contrató a otras mujeres viudas. El pueblo que antes le cerró las puertas ahora la llamaba Doña Olivia.
La gallina blanca seguía allí.
Cuando un periodista le preguntó cómo había empezado todo, Olivia sonrió.
—Siguiendo algo pequeño… cuando no tenía nada más.
Hoy su granja vale millones. Sus hijas estudian agronomía. Y cada vez que Olivia ve el atardecer sobre sus tierras fértiles, recuerda aquella noche de frío, lágrimas… y una gallina que la llevó a casa.
Porque a veces, los milagros no caen del cielo.
A veces caminan delante de ti, picoteando el suelo, esperando que tengas el valor de seguirlos.