
Perdida en el invierno, una niña huérfana encontró refugio en una misteriosa casa en el árbol abandonada.
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suscríbete al canal y comencemos con la historia. La nieve caía con un silencio
casi vivo. No era solo frío, era un silencio que dolía, que se metía bajo la
piel. Entre la bruma blanca, una niña de ojos enormes caminaba descalsa, perdida,
temblando. Su nombre, ya olvidado por el mundo, era Elián y llevaba tres días sin
ver un rostro humano. Solo el viento, el bosque y su propia respiración quebrada.
El invierno no perdona, pero aquel día algo cambió. A lo lejos, entre las ramas
congeladas, vislumbró una figura oscura suspendida a media altura. Al principio
creyó que era una ilusión causada por el hambre, pero al acercarse lo vio. Una
casa en el árbol antigua, torcida, casi a punto de ceder bajo el peso del hielo,
un refugio imposible en medio del abandono. Su corazón latía tan fuerte
que pareció hacer eco entre los árboles. ¿Quién habría construido algo así en un bosque que nadie visitaba desde hace
años? El aire olía a madera vieja y secretos. Y aunque el miedo le susurraba que se
alejara, la esperanza la arrastraba hacia la escalera de cuerda que colgaba del tronco principal. Cada escalón
crujía bajo sus pies frágiles. Cada sonido era un recordatorio de que estaba
viva. Al llegar arriba, el viento sopló con fuerza, casi tratando de empujarla
de vuelta al vacío. Pero ella entró y el tiempo pareció detenerse. Dentro no
había polvo ni huellas. solo una mesa pequeña con una vela que increíblemente
aún ardía. Elián se acercó sin entender lo que veía. ¿Cómo podía existir fuego
en un lugar olvidado por todos? Fue entonces cuando lo sintió, una presencia
leve, como un susurro, detrás de su oído. El frío la envolvió de nuevo, pero
no era el del invierno, era otro tipo de frío, el que proviene de lo desconocido.
Y aunque su cuerpo pedía huir, sus ojos brillaban de curiosidad. Elian no
siempre fue una sombra en medio del invierno. Hubo un tiempo tan lejano que parecía un sueño roto, en que su risa
llenaba los pasillos de un pequeño orfanato al pie de las montañas. Tenía 8
años y aunque no conocía el calor de una familia, aún creía en las promesas.
promesas de adopción, de amor, de un futuro donde alguien le dijera, “Te
estábamos esperando.” Pero el destino, cruel y burlón tenía otros planes. Una
noche, el fuego consumió el orfanato. Nadie supo cómo empezó. Dicen que fue el
horno, otros que fue el viento. Elián solo recuerda los gritos, el humo negro
y una mano que la empujó hacia la nieve antes de que el techo se derrumbara. Cuando despertó, todo había
desaparecido. No quedaban paredes, ni voces, ni lugar al cual regresar. Solo el bosque y el
miedo. Los primeros días sobrevivió alimentándose de moras congeladas y agua
de los troncos huecos. Aprendió a escuchar el lenguaje de la tormenta, a distinguir cuando el viento trae peligro
o cuando solo murmura secretos. Pero en las noches, en las noches, el silencio
se volvía un enemigo. Era demasiado profundo, demasiado parecido a la
muerte. Por eso, cuando vio la casa en el árbol, sintió algo más que esperanza.
sintió llamado. No podía explicarlo, pero algo en aquel lugar la estaba esperando. Era como si el bosque mismo
quisiera ocultarla del mundo, como si lo que habitaba entre esas maderas antiguas
conociera su nombre antes de que ella lo pronunciara. Dentro el aire tenía un
olor extraño, una mezcla de resina, humo viejo y canela. En una de las paredes
había grabado símbolos que parecían raíces entrelazadas y en la madera, casi
borrado por el tiempo, un nombre tallado con letra temblorosa, Amara. Elián lo
rozó con la punta de sus dedos. Aquella palabra le quemó la piel, como si despertara algo dormido bajo su propia
carne. De repente, la vela parpadeó. La luz proyectó una sombra que no era suya.
Alguien más respiraba allí. Eliann contuvo el aliento. Su corazón
parecía un tambor dentro del pecho. Dio un paso atrás y un crujido recorrió la
habitación. Lentamente giró la cabeza, pero no vio nada, solo el temblor del
fuego. Intentó convencerse de que era su imaginación, el cansancio, la soledad.
Pero entonces una voz leve, casi imperceptible, susurró detrás de ella.
No estás sola. La niña se congeló, la vela se apagó, la oscuridad la tragó
entera. Por primera vez desde que el invierno comenzó, Elián sintió algo que
no era miedo, sino pertenencia. Era como si aquella voz hubiera estado
esperándola desde siempre. Fuera, el viento aullaba entre los árboles, llevando consigo una frase que parecía
repetirse una y otra vez: “El bosque protege a los que el mundo olvida.”
La oscuridad tenía textura, era espesa, densa, casi tibia. Elián podía sentir
cómo la rodeaba, respirando junto a ella, pulsando con su propio miedo. Los
segundos parecían eternos, pero aquella voz, aquella voz no sonaba amenazante.
Sonaba triste, como si hubiera esperado demasiado tiempo para ser escuchada. De
pronto, un destello azul iluminó la habitación. Un fuego que no ardía. que danzaba en el
aire sin consumir nada. Desde su centro, una figura empezó a formarse. Era una
mujer o al menos algo parecido. Su cuerpo estaba hecho de luz trémula y
su rostro se desvanecía con cada parpadeo. Tenía los ojos llenos de invierno.
Elian susurró la figura. Te perdimos una vez, no otra. La niña retrocedió. Su
garganta ardía. Nadie había pronunciado su nombre desde la noche del incendio.
¿Quién eres?, logró decir, apenas con voz. La mujer bajó la mirada y cuando lo