
50 contos de réis – La belleza que se ve con el corazón
El silencio cayó sobre el patio de la subasta cuando ella fue llevada al centro de la plataforma.
Más de doscientas personas dejaron de respirar al mismo tiempo. Nunca habían visto algo igual.
La esclava tenía el cabello negro, completamente liso, que caía como una cascada hasta más abajo de los glúteos. Y cuando levantó el rostro, todos vieron sus ojos: grises, claros, como plata líquida bajo el sol.
El subastador anunció el precio inicial:
— Cuarenta contos de réis. Ese es su precio. Es una rareza, un lote especial.
Una fortuna.
Los hombres presentes comenzaron a gritar ofertas, cada uno con intenciones más oscuras que el anterior. Fue entonces cuando el Barón Expedito se levantó y pronunció un número que hizo callar a todos.
Esta historia, inspirada en relatos históricos de Brasil, demuestra que la verdadera belleza pertenece a quienes saben ver más allá de las apariencias.
Era agosto de 1861 cuando Isadora fue puesta a la venta en aquella subasta del sur de Brasil. Tenía veintiocho años y era el resultado de una mezcla genética tan rara como improbable.
Su abuela materna había sido una mujer africana traída de Angola. Su abuelo materno, un portugués, dueño de esclavos, mantuvo una relación con ella. De esa unión nació la madre de Isadora.
Su padre, por su parte, era hijo de una mujer inglesa y de un hombre africano libre, que terminó siendo esclavizado ilegalmente por deudas falsificadas.
De toda esa mezcla, Isadora heredó rasgos que obligaban a la gente a detenerse y mirar:
piel negra profunda y tersa, cabello negro y liso que nunca dejó de crecer desde la infancia, y unos ojos grises claros, como la niebla de la mañana, una rareza genética que muy pocas personas en el mundo poseían.
Isadora creció en una hacienda del interior, donde su belleza inusual le trajo más problemas que beneficios. Desde adolescente, los hombres la miraban con deseo. El dueño de la hacienda la mantenía encerrada en la casa grande, supuestamente para protegerla, pero en realidad para controlarla.
Cuando él murió y la hacienda quebró, los herederos decidieron venderla. Sabían que aquella esclava diferente valía una fortuna. Y no se equivocaban.
Aquella mañana de agosto, la subasta estaba más llena de lo normal. La noticia de la esclava de ojos grises se había esparcido. Hombres llegaron desde ciudades lejanas solo para verla.
Cuando Isadora fue llevada a la plataforma, el silencio fue ensordecedor. Ella mantenía la cabeza baja. Sabía exactamente por qué todos estaban allí. Sabía lo que querían de ella. Y tenía miedo.
El subastador, un hombre corpulento llamado Silveira, sonrió satisfecho.
— Señores, esta es Isadora. Veintiocho años, sana, fuerte. Como pueden ver, posee características físicas rarísimas: cabello de longitud extraordinaria y unos ojos que jamás han visto en una persona de piel oscura. Es una pieza única, señores. Única en toda la provincia, quizás en todo el imperio.
— Levanta la cabeza —le ordenó.
Isadora obedeció lentamente. Cuando sus ojos grises recorrieron la multitud, muchos hombres contuvieron la respiración. Era una belleza perturbadora, casi intimidante.
— Oferta inicial: cuarenta contos de réis.
La multitud estalló.
— ¡Cuarenta y dos!
— ¡Cuarenta y cinco!
— ¡Cuarenta y siete!
Cada número representaba al hombre que la compraría no para trabajar, sino para satisfacer sus deseos. Isadora sintió náuseas. Prefería morir.
Entonces, una voz distinta cortó el ruido:
— Cincuenta contos de réis.
Todos se giraron.
Apoyado contra un árbol, estaba un hombre que pocos habían notado al llegar: el Barón Expedito de Sá e Albuquerque. Cuarenta años, alto, porte aristocrático, barba bien cuidada, mirada seria. Era conocido como un hombre justo, aunque distante. Viudo desde hacía cinco años, sin hijos, vivía solo administrando sus plantaciones de café.
El subastador quedó boquiabierto.
— ¿Cincuenta contos, señor Barón? ¿Está seguro?
— Estoy seguro. Cierre el trato.
El silencio regresó. Cincuenta contos de réis era una suma tan absurda que nadie se atrevió a superar. Era más dinero del que la mayoría de los presentes vería en toda su vida.
— Vendida al Barón Expedito por cincuenta contos de réis —anunció Silveira, casi gritando de alegría.
Expedito caminó hasta la plataforma, pagó en efectivo y firmó los papeles. Luego miró a Isadora de cerca por primera vez. Ella temblaba, con la cabeza baja.
— ¿Puedes levantar los ojos? —dijo con calma.
Cuando aquellos ojos grises se encontraron con los suyos, Expedito sintió algo extraño en el pecho. No era deseo. Era una necesidad de proteger.
— Ven —dijo suavemente—. Vámonos a casa.
Durante el viaje de dos días hasta la hacienda, Isadora fue en la carreta, protegida del sol y del polvo. Expedito cabalgaba a su lado, se aseguraba de que comiera y bebiera bien. La trataba con un respeto que ella nunca había conocido.
La primera noche, acampados en un claro, Isadora se atrevió a preguntar:
— Señor Barón… ¿por qué me compró?
— Para sacarte de allí. Para asegurarme de que ninguno de esos animales te tuviera.
— ¿Y ahora qué hará conmigo?
— Trabajarás en la casa grande. Tareas domésticas, nada más. Trabajo honesto.
Isadora lloró de alivio por primera vez en meses.
La vida en la hacienda fue distinta a todo lo que conocía. Tenía su propio cuarto, comida adecuada y respeto. Nadie la tocaba, nadie la amenazaba.
Con el tiempo, Isadora empezó a notar la soledad de Expedito. Supo que había perdido a su esposa por una fiebre. Comenzó a cuidarlo en silencio: flores frescas, té preparado a su gusto, cenas calientes.
Él lo notó.
Las conversaciones crecieron. Expedito descubrió en Isadora una inteligencia natural extraordinaria. Seis meses después, admitió lo inevitable: se estaba enamorando de ella.
Luchó contra ese sentimiento. Ella era esclava. Él había pagado cincuenta contos. Pero el corazón no obedece a la razón.
Una noche, ocho meses después, Expedito le entregó un documento.
— Tu carta de libertad. Eres libre.
Isadora rompió en llanto.
— ¿Por qué?
— Porque nunca debiste ser propiedad de nadie.
Luego, con voz firme, añadió:
— Y si aceptas… quiero darte algo más. Mi corazón.
Ella sonrió entre lágrimas.
— Yo también lo amo.
Se casaron dos meses después, en una ceremonia sencilla. La sociedad murmuró, algunos se alejaron, pero ellos fueron felices.
Tuvieron dos hijos. Isadora fundó una escuela para los hijos de los trabajadores. Enseñó que la diferencia no es una maldición, sino un regalo.
Años después, cuando Isadora murió, más de tres mil personas asistieron a su funeral. La escuela aún existe. En la entrada, un retrato suyo observa a todos: cabello negro hasta el suelo, ojos grises serenos.
No como símbolo de extrañeza,
sino de belleza que inspira.
Porque cincuenta contos de réis pueden comprar libertad,
pero solo el amor verdadero compra la felicidad.