El Centro de Protección Infantil Nuevo Amanecer estaba escondido al fondo de una calle angosta llena de baches, en la periferia de la Ciudad de México. Por las mañanas olía a atole ralo y por las noches el zumbido de los mosquitos se mezclaba con el ruido lejano de los camiones. Ahí, todos conocían a un niño flaco, de cabello siempre despeinado, por un nombre muy corto: Mateo.
Mateo no recordaba cuándo había llegado a Nuevo Amanecer. Solo sabía que, desde que tenía memoria, dormía en una cama de metal vieja, rodeado de otros niños sin padre ni madre. Las cuidadoras decían que lo habían encontrado una noche lluviosa frente a la entrada de un hospital público, envuelto en una manta delgada, sin documentos, sin nombre, con solo una tarjetita de cartón escrita a mano:
“Te dejo en manos de la vida. Perdóname, hijo.”
Mateo creció junto a esas palabras.
Desde que aprendió a leer, le pidió a una cuidadora que guardara la tarjeta para él. Cada noche, antes de dormir, la sacaba y la leía despacio, como si temiera que, al leerla muy rápido, las letras pudieran desaparecer. No sabía quién era su madre, no conocía su rostro ni entendía por qué había tenido que dejarlo. Pero en su mente, esa madre nunca vista tenía siempre una figura dulce, una voz cálida y unos brazos capaces de abrazarlo fuerte.
En Nuevo Amanecer, los niños comían lo suficiente, pero no siempre recibían todo el cariño que necesitaban. Cada cuidadora atendía a demasiados pequeños, así que los abrazos eran rápidos y las palabras de consuelo se interrumpían constantemente por el llanto de otro niño. Mateo lo entendió muy pronto. Lloraba poco, pedía poco y siempre cedía los mejores juguetes a los más pequeños.
Pero había algo que Mateo nunca cedía: su sueño.
Cada vez que les daban hojas y colores, Mateo dibujaba la misma escena. Una casita pequeña con techo de tejas rojas y, frente a ella, una madre y un hijo tomados de la mano. La mujer no tenía un rostro definido, solo una silueta con vestido largo inclinándose hacia el niño. Cuando una cuidadora le preguntó por qué siempre dibujaba lo mismo, Mateo sonrió tímidamente.
—No sé cómo es mi mamá… así es más fácil que me reconozca cuando regrese.
Cuando Mateo cumplió siete años, el centro empezó a llevar a los niños a una primaria pública cercana. El primer día de clases, Mateo vestía un uniforme usado, con las mangas ya gastadas, y cargaba una mochila donada. En el salón, cuando la maestra preguntó a qué se dedicaban los padres, muchos niños levantaron la mano con entusiasmo. Mateo bajó la mirada y se quedó viendo la hoja en blanco de su cuaderno.
En el recreo, algunos compañeros le preguntaron por su familia. Cuando supieron que vivía en un orfanato, uno de ellos soltó sin pensar:
—Entonces… ¿no tienes mamá?

Mateo no se enojó. Solo negó con la cabeza.
—Sí tengo mamá. Nada más que todavía no ha venido por mí.
La respuesta dejó a los niños en silencio unos segundos antes de irse a jugar. Mateo se quedó sentado en las escaleras, metió la mano en el bolsillo de su camisa y tocó la tarjetita. Él creía que, si se portaba bien y estudiaba mucho, algún día su madre aparecería.
Con los años, Mateo se volvió uno de los niños más responsables del centro. Sacaba las mejores calificaciones, ayudaba a los más pequeños con la tarea y, por las noches, apoyaba a las cuidadoras limpiando el patio o cargando a los bebés. A veces se quedaba dormido de cansancio junto a una cubeta con agua, pero nunca se quejaba.
Una noche de tormenta, muy parecida a aquella en la que lo habían encontrado, el centro se quedó sin luz. Los truenos asustaron a los niños más chicos, que comenzaron a llorar. Mateo recorrió los dormitorios calmándolos uno por uno. Cuando regresó a su cama, vio que la tarjetita había caído al suelo y estaba mojada por el agua que entraba con el viento.
Mateo la levantó desesperado, tratando de secarla con la camisa. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia.
—Mamá… tengo miedo de olvidar lo que dice… —susurró.
Esa noche, bajo la luz temblorosa de una vela, Mateo copió cada palabra de la tarjeta en su cuaderno. Tenía miedo de que, algún día, el cartón se deshiciera y el último mensaje de su madre desapareciera para siempre. Cuando terminó, escribió una frase más, con letra temblorosa:
“Mamá, prometo vivir bien, para que si un día regresas, no tengas vergüenza de mí.”
Fue la primera promesa de Mateo a la madre que nunca había conocido.
A los doce años, Mateo empezó a ver cómo algunos compañeros eran adoptados. Cada vez que un coche se detenía frente al portón del centro, su corazón se aceleraba. Pero nunca pronunciaban su nombre. Al principio los veía irse; después, simplemente bajaba la cabeza y seguía con lo suyo.
—¿No te duele? —le preguntó una cuidadora.
Mateo sonrió con calma.
—No. Mi mamá solo no ha llegado todavía.
Pero por las noches, cuando todos dormían, se volteaba hacia la pared y se mordía los labios para no llorar. Temía que, si lloraba fuerte, su madre lo escuchara en algún lugar y se sintiera triste.
A los quince años, Mateo tuvo que dejar el centro para aprender un oficio, como marcaban las reglas. El día que se fue, se quedó largo rato frente al portón de Nuevo Amanecer. Una cuidadora le entregó una bolsa de tela con ropa usada, unas cuantas monedas… y la tarjeta.
—La guardé para ti todos estos años. Ahora es tuya —dijo.
Mateo apretó la bolsa contra el pecho y se inclinó profundamente.
—Gracias. Si algún día encuentro a mi mamá… volveré a visitarla.
La cuidadora se dio la vuelta para secarse las lágrimas.
La vida afuera no fue fácil. Mateo trabajó como ayudante de albañil, cargador en el mercado y por las noches aprendía electricidad. Había días en los que las manos se le llenaban de ampollas y el cuerpo no le respondía. Pero cada vez que pensaba en rendirse, sacaba la tarjeta y recordaba su promesa.
—Tengo que vivir bien —se repetía.
Pasaron los años. Mateo se convirtió en un buen electricista, respetado en la colonia. Ahorró dinero y rentó un cuarto pequeño. Sobre su mesa colocó un solo marco: el dibujo de la casa con techo rojo, hecho de nuevo con mano firme, junto a la tarjeta ya protegida con plástico.
Una tarde, mientras arreglaba una instalación eléctrica en una casa del barrio, una mujer mayor salió y lo observó fijamente. Sus ojos temblaban, como si buscaran algo perdido.
—Disculpa… ¿cómo te llamas? —preguntó.
—Mateo.
La mujer se llevó la mano al pecho, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Tú… estuviste en el centro Nuevo Amanecer?
Mateo se quedó sin aliento.
—Sí… ¿por qué?
La mujer sacó del bolso un papel viejo y arrugado, con una letra que Mateo reconoció al instante.
“Te dejo en manos de la vida. Perdóname, hijo.”
El mundo pareció detenerse.
—¿Mamá…? —susurró Mateo.
Ella asintió y lo abrazó con fuerza, llorando, como si temiera que volviera a perderlo. Le habló de la pobreza, de la enfermedad, de la noche en que tuvo que dejarlo frente al hospital y del dolor que la había acompañado durante años.
Mateo escuchó en silencio, con lágrimas cayendo sin rencor alguno. Solo sentía una calidez profunda, como si algo que siempre faltó finalmente estuviera completo.
—Viviste muy bien —dijo ella entre sollozos—. Cumpliste tu promesa.
Mateo sonrió.
—No viví bien para que estuvieras orgullosa… viví bien para que, si algún día te encontraba, pudiera tomarte la mano y decirte: estoy bien.
Esa tarde, en un callejón sencillo de la ciudad, madre e hijo permanecieron juntos. No hacía falta la casa del dibujo ni más promesas. Porque la promesa más grande de Mateo —vivir con dignidad— ya se había cumplido.