Lea la parte 2 aquí…
Las figuras avanzaban despacio entre los árboles, silenciosas, casi flotando. Luna tensó el cuerpo como pudo, aunque la cuerda seguía clavándosele en el cuello. Gruñó bajo, apenas un susurro, intentando advertir a aquello que se acercaba que no se rindiría sin pelear. Los cachorros, pegados a su vientre, percibieron el cambio y se quedaron inmóviles, con los ojos muy abiertos.

Cuando la luna salió de entre las nubes, Luna los vio con claridad.
No eran personas.
Eran lobos.
Tres. Grandes. De pelaje oscuro. Sus ojos reflejaban la luz de la luna con un brillo inquietante. Durante un instante eterno, nadie se movió. El bosque parecía contener la respiración.
Luna pensó que todo había terminado.
Intentó incorporarse, pero la cuerda la detuvo con un tirón seco. El dolor la hizo gemir. Uno de los lobos dio un paso adelante, olfateando el aire. Otro ladeó la cabeza, observando a los cachorros con curiosidad.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
El lobo que iba delante se detuvo. Bajó la cabeza lentamente y olfateó el suelo alrededor de Luna. Luego levantó la mirada… y no atacó.
Se sentó.
Luna parpadeó, confundida. Los otros dos lobos hicieron lo mismo. No mostraban los colmillos. No gruñían. Solo observaban.
Uno de los cachorros, temblando, soltó un pequeño gemido. El lobo más joven se acercó con cautela, tan despacio que apenas movía las hojas. Luna reunió todas sus fuerzas y lanzó un gruñido más fuerte, desesperado. El lobo se detuvo de inmediato y retrocedió un poco.
Entonces, el lobo más grande emitió un sonido grave y profundo. No era un rugido. Era algo distinto. Calmado.
Y Luna, sin entender cómo ni por qué, se calmó también.
Pasaron minutos. Tal vez horas. El frío se intensificaba y la respiración de Luna se volvía cada vez más pesada. Los lobos parecían percibirlo. Uno de ellos se levantó y desapareció entre los árboles.
Luna pensó que había ido a buscar refuerzos.
Pero regresó.
En su hocico llevaba algo.
Un trozo de carne fresca.
Lo dejó en el suelo, a una distancia prudente, y retrocedió. Luna no se movió. No confiaba. Pero el hambre era un dolor que le atravesaba el cuerpo. Lentamente, estiró el cuello todo lo que la cuerda le permitía y alcanzó la comida. La devoró con ansiedad.
Los cachorros olieron el alimento y se agitaron. El lobo más joven se acercó de nuevo y dejó pequeños trozos cerca de ellos. Luna los miró, alerta, pero ya no gruñó. Permitió que los pequeños comieran.
Esa noche, los lobos no se fueron.
Se tumbaron alrededor, formando un círculo, como si protegieran a Luna y a sus cachorros del resto del bosque. Cada sonido lejano era respondido por un gruñido bajo, disuasorio.
Al amanecer, Luna seguía atada. Seguía atrapada.
Pero ya no estaba sola.
Con la primera luz del día, uno de los lobos se internó de nuevo en el bosque. Esta vez tardó más en volver. Mucho más. Luna comenzaba a preocuparse cuando escuchó algo distinto.
Un sonido metálico.
Un motor.
El lobo apareció entre los árboles… seguido de un hombre.
Era un guardabosques. El lobo caminaba delante de él, girando la cabeza para asegurarse de que lo seguía. El hombre parecía confundido, pero intrigado. Cuando llegó al claro y vio la escena, se quedó inmóvil.
—¿Pero qué demonios…?
Vio a Luna atada al árbol. Vio a los cachorros, sucios, flacos, temblando. Y vio a los lobos alrededor, quietos, vigilantes.
El guardabosques entendió al instante.
Con movimientos lentos, para no asustarlos, se acercó. Los lobos no atacaron. Solo observaron. El hombre cortó la cuerda con su cuchillo y Luna cayó al suelo, demasiado débil para mantenerse en pie.
El guardabosques se quitó la chaqueta y la colocó sobre los cachorros. Hablaba en voz baja, con cuidado, como si todos pudieran entenderlo.
Cuando terminó, levantó la mirada.
Los lobos ya se estaban yendo.
No miraron atrás.
Luna y sus cachorros fueron llevados a un centro de rescate. Estaban deshidratados, desnutridos, llenos de pulgas y heridas, pero vivos. Contra todo pronóstico, todos sobrevivieron.
La historia no tardó en difundirse.
El guardabosques denunció el abandono. Las autoridades rastrearon la zona, hicieron preguntas. No fue difícil llegar hasta Robert. La cuerda encontrada, las huellas de neumáticos, los testimonios.
Cuando llamaron a su puerta, Robert supo por qué estaban allí.
Intentó justificarse. Dijo que no podía mantenerlos. Que no sabía qué más hacer. Que fue “lo mejor”.
Pero nadie le creyó.
Fue multado, denunciado y se le prohibió volver a tener animales. Su nombre quedó marcado en la comunidad. La gente dejó de saludarlo. El silencio que tanto había buscado se volvió su castigo.
Mientras tanto, Luna se recuperaba.
Una familia se enamoró de ella apenas la vio. Personas pacientes, amables, con un gran terreno y tiempo. Adoptaron también a dos de los cachorros. Los otros tres encontraron hogares distintos, pero cercanos.
Luna nunca volvió al bosque.
Pero cada vez que escuchaba un aullido lejano, levantaba la cabeza. Sus orejas se movían. Sus ojos se suavizaban.
Como si recordara.
Como si supiera que, la noche en que todo parecía perdido, quienes llegaron a rescatarla no fueron humanos.
Y que, gracias a ellos, ella y sus hijos siguieron vivos.
A veces, los héroes no hablan nuestro idioma.
A veces caminan en cuatro patas.
Y a veces… aparecen justo cuando el mundo ya no espera nada bueno.