
Un billonario encuentra a una niña en sila de ruedas vendiendo naranjas bajo
la lluvia. Humillada, olvidada, solo pedía paz. Pero cuando se desmayó vendiendo naranjas bajo la lluvia,
Edward hizo lo impensable. El sol nacía perezoso sobre la pequeña
aldea de Ocbomosho, tiñiendo de dorado los techos de Zinc, mientras el polvo
del camino se alzaba en ligeras nubes, acompañando el canto de las gallinas y
la risa distante de los niños. Allí, entre el bullicio de los vendedores de
mandioca y el olor a aceite de palma, se murmuraba con orgullo y también con
cierto resentimiento, el nombre de Edward Ayodel, un hombre que parecía
haber sido moldeado por el propio destino para ser grande. Multimillonario, dueño de vastas
plantaciones de cacao, minas de oro y negocios en ciudades que muchos del pueblo solo oían nombrar en radios
viejas. Edward era respetado, temido y envidiado. Caminaba en autos negros que
hacían temblar la calle angosta, rodeado de guardaespaldas que miraban a todos como si fueran ladrones en potencia.
Vestía trajes importados que contrastaban de forma escandalosa con el polvo rojo del suelo. A los ojos del
pueblo era casi un rey. Sin embargo, detrás de aquella sonrisa calculada y su
arrogancia se ocultaba un hombre roto por dentro. Su esposa, la amara a
Yodele, era lo opuesto. Una mujer de belleza serena, de ojos profundos e
inteligentes, que cargaba sobre los hombros una tristeza silenciosa. Hija de profesores, se había graduado de médica
y, contra todo pronóstico, se había casado con el hombre más poderoso de la región. Era elegante, culta, admirada
por su paciencia, pero también era blanco de las malas lenguas del mercado, que susurraban siempre la misma frase.
Casada desde hace 10 años y nunca le ha dado un hijo al multimillonario.
En las noches de silencio dentro de la mansión, el vacío gritaba. Edward se
volvía cruel, como si el peso de la ausencia de herederos fuera una piedra imposible de cargar. Amara, ¿de qué me
sirven castillos y tierras si no tengo un hijo que continúe mi nombre?”, decía
muchas veces con la voz cargada de amargura. Ella, siempre firme, respondía con dulzura que el amor debería ser
suficiente. Pero Edward no escuchaba. El orgullo era más grande que el afecto. A
los ojos de todos, él culpaba a Mara. Dentro de la mansión, las cenas
terminaban en discusiones ahogadas. Los pasillos resonaban con portazos y la
soledad se filtraba como viento frío por las rendijas. Amara lloraba en silencio,
no por el juicio de su esposo, sino por sentir que el amor que un día los unió
se estaba perdiendo. Fue entonces que tras la insistencia de su esposa y las
recomendaciones médicas, Edward se sometió a exámenes. Al principio trató
el asunto como quien hace una caridad. Esto es solo un trámite, doctora. Todos saben dónde está la falla”, decía él con
aquella sonrisa cargada de soberbia. Pero el resultado llegó y con él un silencio que pesó más que cualquier
tormenta. El papel en sus manos traía la sentencia cruel. Edward Ayodil era
estéril. Durante largos minutos no respiró, no parpadeó, no habló. Sus
guardaespaldas, acostumbrados a verlo gritar órdenes, nunca lo habían visto
inmóvil como una estatua. La noticia corrió como viento invisible por la casa. De la boca del médico a la
cocinera, del jardinero a la anciana tía que visitaba para rezar.
Pero Edward no quería creerlo. Releyó los papeles, buscó segundas opiniones,
pagó a los mejores especialistas y cada vez la misma respuesta, jamás tendría
hijos de sangre. Fue allí cuando el castillo de arrogancia empezó a resquebrajarse. Por primera vez en años
miró a Amara no como culpable, sino como compañera. Esa noche, con la voz
quebrada, murmuró, “Amara, perdóname. Te he hecho sufrir injustamente.”
Ella entre lágrimas le sostuvo la mano, un gesto simple que tuvo más valor que
todos los diamantes que él le había dado. La transformación no llegó de un día para el otro. El orgullo de Edward
aún se resistía a ceder, pero algo dentro de él comenzaba a ablandarse.
Empezó a fijarse en los detalles, en la sonrisa de Amara al regar las flores, en
el brillo que aún conservaba en los ojos, pese a tantas penas, comenzó a
acercarse, llevándole café por las mañanas, escuchando sus historias del
hospital, riendo de bromas que antes ignoraba. El multimillonario, que siempre creyó que el dinero lo compraba
todo, descubría que existían riquezas que no podían comprarse: cariño,
respeto, complicidad. Y poco a poco la mansión antes fría comenzaba a respirar
de nuevo. Aún así, el vacío era un fantasma que los acompañaba. Las fiestas
de empresarios, los viajes lujosos, los brindis en copas de cristal, todo
parecía menor ante el silencio de los cuartos vacíos. El pueblo seguía comentando siempre con ese aire de
sabiduría popular. El hombre puede tener oro, pero sin niños corriendo por la casa, el fuego de
la vida se apaga. Edward escuchaba de lejos y sonreía amargo. Había días en que intentaba
compensar el vacío con regalos caros para Mara. Joyas que brillaban más que las
estrellas, vestidos que llegaban de París. Ella agradecía con ternura, pero
en el fondo ambos sabían que ningún collar dorado sustituía la risa de un niño. Una vez, durante una cena íntima,
Edward intentó bromear rompiendo el clima de melancolía. Amara, y si
adoptamos de una vez a unos 10 niños del pueblo, así, al menos la cocina siempre
tendría movimiento y yo tendría quien heredara mis plantaciones de cacao.
Amara rió suavemente y respondió, 10. Edward, apenas tienes paciencia con tus
consejeros de negocios. Imagina con 10 pequeños corriendo detrás de ti pidiéndote dulces.
Él rió como hacía mucho no lo hacía. Y en esa risa resonaba una promesa de
esperanza, pero la verdad persistía. El hombre más rico de la región seguía
sintiéndose pobre. La mansión, por más lujosa, sonaba como un tambor vacío. Él
y Amara compartían abrazos sinceros, sí, pero también compartían una soledad que
ningún oro, ningún auto importado, ninguna fiesta lograba. En ese mismo