
Un hombre millonario lo pierde todo y es humillado en la terminal de autobuses [música] hasta que un niño cambia su
destino para siempre. Gerardo Santibáñez se bajó de la camioneta negra con vidrios polarizados justo frente a la
entrada del edificio de cristal. traje oscuro, lentes de sol, reloj carísimo.
Caminaba como si el mundo fuera suyo, porque en ese momento lo era. La gente lo saludaba con una mezcla de respeto y
miedo. Unos lo admiraban, otros lo odiaban en silencio, pero nadie se atrevía a desafiarlo. Su nombre tenía
peso, poder, historia. Desde muy joven había construido un imperio en el mundo
de los bienes raíces. Había edificios completos que llevaban su apellido, contratos millonarios firmados con solo
una llamada. Su oficina estaba en el último piso, por supuesto. Tenía vista a toda la ciudad. Cuando se asomaba por la
ventana, le gustaba pensar que todo lo que veía le pertenecía, era el rey de
ese mundo. Ese día comenzó como todos. La asistente personal, Mónica, lo
esperaba con un café exactamente como a él le gustaba. Frapé de vainilla, sin azúcar, con un hielo menos. Mónica lo
conocía mejor que nadie. Llevaba 7 años trabajando para él. Y aunque nunca cruzaban la línea entre jefe y empleada,
había cierta complicidad. Él le confiaba todo, o eso creía. “Buenos días, ingeniero”, le dijo ella sonriendo. Como
siempre, él no respondió, solo hizo una seña con la cabeza y siguió caminando hacia su oficina. [música] A veces era
amable, a veces no. Dependía del día. de su humor, de si el dólar había subido o
bajado, cerró la puerta y dejó caer el portafolio sobre el escritorio de mármol blanco. Encendió la pantalla de su
computadora y abrió su correo. Todo estaba bajo control. A los pocos minutos
entró Ramiro, su socio y mejor amigo desde hace 20 años. Lo conoció cuando
ambos apenas empezaban, vendiendo terrenos valdíos en los suburbios. Ramiro era el tipo que siempre sabía a
quién llamar, cómo conseguir permisos, cómo convencer a quien fuera. Gerardo era la mente fría, el estratega. Juntos
habían levantado un emporio. Habían empezado con nada y ahora tenían todo. Ramiro se sentó sin pedir permiso como
siempre. Le lanzó una sonrisa burlona. Hoy tenemos reunión con los japoneses,
le dijo. A las 12. Gerardo asintió. No parecía preocupado. [música] Estaba
acostumbrado a cerrar tratos millonarios como quien compra una soda en la esquina. Mónica entró de nuevo, esta vez
con unos papeles para firmar. Él ni siquiera los leyó, solo firmó. Lo hacía
siempre. Confiaba en ella, confiaba en Ramiro. Eran su gente, su círculo, los
únicos que habían estado ahí desde el principio. Antes de la reunión bajó al estacionamiento. Tenía un segundo auto,
un convertible rojo que usaba solo para impresionar. Le gustaba manejar el mismo cuando iba a firmar algo grande. Llegó
al restaurante donde los japoneses ya lo esperaban. Todo era sonrisas, reverencias, números en la mesa. Les
ofreció el doble de lo que valía el terreno, solo para dejar claro quién mandaba. Cerraron el trato, le
estrecharon la mano, lo felicitaron. Otro éxito más. Después del almuerzo,
regresó al edificio. Mónica le tenía preparada una copa de vino. No era costumbre tomar durante el día, pero esa
vez era especial. se sentó en su oficina, puso música suave y cerró los ojos un momento. Tenía 48 años, una vida
entera de trabajo detrás y nadie que le discutiera nada. No tenía esposa ni hijos, nunca se le dio eso. Hubo una
mujer hace mucho, pero no funcionó. [música] Después de ella, nada serio. Algunas aventuras, nada más. Su familia
eran sus negocios, sus empleados, sus socios y, sobre todo su cuenta bancaria.
Por la tarde lo esperaba una entrevista para una revista importante. [música] Llegaron cámaras, micrófonos, luces. Lo
maquillaron un poco. Le preguntaron sobre su infancia, sobre cómo empezó. Él
respondió con frases hechas que ya se sabía de memoria. Con esfuerzo, disciplina y visión. Todo se puede
lograr. México tiene mucho potencial, solo hay que saber verlo. Lo aplaudieron, lo admiraron, le tomaron
fotos frente a su escritorio con la ciudad de fondo. Parecía un rey moderno, un emperador de traje. Nadie se atrevía
a dudar de él, ni siquiera él mismo. Al terminar, se quedó solo en su oficina.
El cielo empezaba a oscurecer. Las luces de la ciudad se encendían una a una como
si le rindieran homenaje. Se sirvió otro poco de vino y se quedó viendo hacia afuera. No pensaba en nada en
particular. O tal vez sí. Tal vez pensaba en que por más que tuviera todo,
había momentos en los que se sentía solo, pero eran segundos nada más. Lo
sacudía de la mente, se reía de sí mismo. ¿Cómo iba a sentirse solo un hombre como él? Cuando bajó al
estacionamiento, Mónica ya se había ido. Ramiro también. Los guardias lo
saludaron con respeto. Subió a la camioneta y le pidió al chóer que lo llevara a su penhouse. Tenía una cena
más tarde con un político importante. Lo de siempre, favores, promesas, oportunidades. Durante el trayecto
revisaba mensajes en su celular. Todo era positivo. Proyectos, propuestas,
invitaciones. El mundo seguía girando a su favor. Ya en casa se cambió de ropa,
se puso una camisa blanca impecable y unos pantalones de lino. Ordenó sushi.
No tenía hambre, pero no podía presentarse con el estómago vacío. Miró su reflejo en el espejo, seguía viéndose
bien, un poco de canas en las cienes, pero eso le daba aporte. Se sonró.
Estaba en su mejor momento. Nadie podía bajarlo de ahí. Esa noche, durante la cena, todos querían sentarse cerca de
él. Le reían los chistes, le llenaban la copa, hablaban de negocios, de futuros
planes, de inversiones. Gerardo asentía, opinaba, tomaba nota mental, prometía
llamadas, [música] contactos, reuniones, como siempre, como el rey que era. Pero
mientras brindaba por su éxito, no tenía ni la menor idea de que en ese mismo momento, [música] a kilómetros de ahí,
alguien ya estaba firmando documentos que lo iban a destruir por completo. Alguien estaba apretando un botón que
activaría una cadena de traiciones, mentiras y ruinas. Y ese alguien no era
un enemigo lejano, era alguien que él saludaba cada día, alguien que sabía todo de su vida, todo. Y así terminó ese
día, un día más de éxito, poder y lujo. Gerardo se durmió en su cama de sábanas
blancas y aire acondicionado, [música] soñando con más torres, más contratos, más aplausos, sin imaginar que en menos
de 24 horas su nombre dejaría de significar algo, que su rostro dejaría de aparecer en revistas [música] y que
su lugar favorito, el último piso de ese edificio de cristal, pronto sería solo